Los asesinatos a tiros de la periodista Anna Politkovskaya y por envenenamiento del ex espía Alexander Litvinenko han suscitado en muchos países occidentales la sospecha de si el actual inquilino del Kremlin, Vladimir Putin, no es en realidad un asesino, digno sucesor de sanguinarios dirigentes soviéticos de la catadura de Stalin o Beria. Ya Raimon cantó aquello de mans brutes dels que maten i mans fines dels que manen matar,pero, en realidad, la opinión pública siempre ha sentido una fascinación insana por la implicación de un líder político en una ejecución - ya no digamos si esa implicación es física, material, es decir, con las propias manos-, muy superior a los casos en que esa responsabilidad es de tipo administrativa, a pesar de que cause muchas más muertes.
Por supuesto, hay muchas formas de matar. En las elecciones presidenciales del 2004, el senador John Kerry desactivó las críticas por su oposición a la pena de muerte comentando fríamente que a él nadie le iba a dar lecciones al respecto, no en vano había matado a un número indeterminado de personas. Se refería, por supuesto, a su participación en combates cuerpo a cuerpo en la guerra de Vietnam, pero tampoco eso es garantía de nada. Un ex colega, Bob Kerrey, también conocido por su noviazgo con la actriz Debra Winger, se vio obligado a abandonar sus aspiraciones presidenciales cuando se descubrió que su pasado supuestamente heroico en ese conflicto incluyó también algún episodio inconfesable, como la ejecución deliberada de civiles. Deliberadamente, he ahí un concepto clave. Cuando el presidente Bush ordenó en marzo del 2003 el inicio de la intervención armada en Iraq, pocas dudas podía albergar de que esa decisión causaría numerosas víctimas, pero ni el enemigo más acérrimo del presidente podría acusarle de haber asesinado deliberadamente a los aproximadamente tres mil norteamericanos que ya han encontrado la muerte en esa contienda.
Ojos que no ven... Dicen que el conde Ciano, yerno de Benito Mussolini, quedó horrorizado cuando, en marzo de 1938, una bomba de la aviación italiana impactó sobre un camión cargado de trilita estacionado en la esquina de Balmes con Gran Via, causando una espantosa matanza de ciudadanos. Desde la guerra civil española hasta el ataque de Israel sobre Líbano del pasado verano, los bombardeos aéreos se han convertido en la forma más eficiente de matar mujeres y niños sin que los verdugos se manchen las manos ni oigan los gemidos de sus víctimas.
Gary Gilmore fue en 1977 la primera persona ejecutada en Estados Unidos desde la reimplantación de la pena de muerte en ese país, muerte que le fue administrada por un pelotón de fusilamiento en el que uno de los rifles, al azar, había sido cargado con munición de fogueo. Es una anécdota que simboliza como pocas el deseo de los verdugos de liberar sus conciencias.
En este sentido, el caso de Sadam Husein, del que está sobradamente acreditado que en sus años mozos mató personalmente a varios rivales políticos en su ascensión en el escalafón baasista, sería la excepción que confirma la regla. En efecto, lo más habitual de estos asesinos en serie es el caso de Adolf Hitler, cuya máxima preocupación parecía residir en que los campos de exterminio funcionaran de la manera más eficaz posible o el de Francisco Franco, que firmaba los enterados de las penas de muerte mientras degustaba un cafelito.

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