¿Hablamos en serio?, de Juan Antonio de Blas en La Nueva España
En 1968 comenzó la guerra en el norte... en el Ulster. La presión protestante, la indefensión católica, la actuación de la Policía, las condiciones laborales y la falta de derecho llevaron a la minoría católica a la rebelión y al IRA, el clandestino ejército republicano irlandés, a la resurrección. Comenzó una guerra sucia que duró tres décadas, en ella hubo más de tres mil muertos. La corona inglesa empleó todos sus medios, una Policía, la Royal Ulster Constabulary digna de toda sospecha, sus mejores tropas, los paracaidistas y hasta un aparato legal en el que los juristas llegarían a practicar la detención preventiva indefinida (Guantánamo tiene precedentes) para los sospechosos de militar en las filas rebeldes.
No hubo victoria siguiendo la máxima militar de que cuando el ejército no gana del todo pierde, el IRA mantuvo el conflicto que terminó por hacer de la violencia una cotidianidad criminal.
Al igual que habían hecho sus antecesores del primer IRA, el de Michael Collins, los irlandeses exportaron la guerra a Inglaterra. Perdieron y ganaron batallas en el enfrentamiento militar y mientras, su brazo político, el Sin Fein, continuaba la beligerancia por otros medios. Cansados de un estancamiento que sólo se traducía en muertos. Los del IRA aumentaron su ofensiva, no vacilan en golpear a los símbolos más tradicionales de Gran Bretaña y atentan contra la familia real matando a lord Louis Mounbatten, tío de la reina, vuelan el hotel en el que se reunían Margaret Tacher y la plana mayor del partido conservador, salvándose la primera ministra por los pelos, pero no alguno de sus colaboradores. Ni siquiera en ese momento al Gobierno británico se le ocurre ilegalizar al Sin Fein. El IRA hizo caso de la teoría de Don Harl, ese alemán que tiene una calle en Gijón, y decidió atacar la economía, que es lo que de verdad importa.
Hubo un par de misiles lanzados contra la city londinense, el centro neurálgico del sistema financiero inglés y entonces todo cambió. La cartera de Interior en el Gobierno inglés la desempeñaba Mo Rowland, una extraordinaria mujer que luchaba contra el cáncer. Rowland se empleó a fondo.
No hizo caso a los militares, que según ellos venían ganando la guerra desde hacía décadas, ni a la Policía, que desarticulaba al IRA un día sí y otro no. Y menos caso hizo aún a la sospechosa lealtad de los privilegiados unionistas. La paz debía ser posible y para ello se tenía que hablar con el enemigo.
Así que la señora Rowland entró en las cárceles, habló con los presos, con los jefes, con los pistoleros. Su fragilidad de enferma fue más fuerte que la de sus irreconciliables interlocutores. Se llegó a un acuerdo, al día siguiente del pacto de Stormont, todos los presos, de uno y otro bando, salieron en libertad...
El dolor, las heridas, las cicatrices que nunca se cerrarían se convirtieron en cuestión personal, no colectivo, y lo que era imposible dejó de serlo. Comenzó el árido camino de los votos y el largo silencio de las armas.
Algún día en Belfast se alzará una estatua para recordar a Mo Rowland, la mujer que hizo lo que los hombres no supieron: traer la paz al Ulster.
¿Dónde está nuestra Mo Rowland?
Juan Antonio de Blas es escritor.
