La educación es uno de los sectores que más ha notado el fenómeno de la inmigración. La oleada de nuevos alumnos, sobre todo a partir del año 2000, ha aclarado el futuro de muchos colegios de primaria y secundaria amenazados de cierre por el bajo índice de natalidad español.

Incluso algunos, sobre todo en zonas rurales, han podido reabrir sus aulas después de cerrar durante algunos años. La otra cara de la moneda son los problemas de integración o las dificultades pedagógicas de incorporar a las aulas alumnos, en algunos casos, con bajos índices de escolarización o con escaso nivel de español.

Crecimiento inferior

La educación superior, mientras tanto, parece ajena al fenómeno. A pesar de que el número de universitarios extranjeros es más del doble que hace diez años, su crecimiento está muy lejos del de otros niveles educativos: por ejemplo, en educación infantil, en el mismo periodo de tiempo, el número de estudiantes se multiplicó por diez; y en primaria, por seis.

Lógicamente, la inmigración es un fenómeno joven en España y hay razones –económicas, demográficas y sociales– para que su impacto en la Universidad sea menor.

Sin embargo, sorprende que esta institución haya mostrado poco interés de momento por atraer ese flujo de población hacia sus aulas. No en vano, el curso pasado había más de medio millón de extranjeros cursando estudios no universitarios en España.

No es arriesgado pensar que, en muy poco tiempo, una parte de ellos llamará a las puertas de la Universidad. “Por primera vez, hace cuatro meses, nos sentamos siete universidades a hablar sobre el acceso de inmigrantes a estudios superiores”, se queja Liliana Carreras, responsable de la Oficina del Estudiante Extracomunitario de la Universidad Complutense de Madrid. Hasta el momento, sólo otras cuatro universidades tienen órganos similares para atender a este alumnado: Salamanca, Valencia, Pública de Navarra y Santander.

Juan Antonio Vázquez, presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE), reconoce que, a pesar del interés que suscita la inmigración, “no hay ningún estudio, análisis o planes suficientemente elaborados porque el fenómeno es reciente” y añade que, dentro de los planes de captación de estudiantes de las universidades, no hay nada específico para inmigrantes.

Competitividad

Por si esto fuera poco, la Universidad necesita nuevos estudiantes. Los índices de natalidad también han golpeado a esta institución: en los últimos diez años, la educación superior ha perdido más de 100.000 alumnos. Es conocido que la captación de alumnos es cada vez más una cuestión prioritaria para ella, algo que se advierte con claridad en el diseño de carreras atractivas, como dobles titulaciones, fomento de relaciones internacionales o programas de prácticas.

“La incorporación del colectivo inmigrante puede llegar a ser crítica en la subsistencia de las universidades”, confirma Miguel Osorio, director de la Cátedra de Inmigración de la Fundación Social Universidad Francisco de Vitoria.

Este nuevo segmento de mercado se ve “claramente como una oportunidad para las universidades”, reconoce Juan Antonio Vázquez, quien además está convencido de que en este ámbito no surgirán problemas en lo que se refiere al nivel académico de los alumnos: “Al fin y al cabo, la gran mayoría de los inmigrantes que en el futuro accedan a la Universidad lo harán habiendo pasado por la educación secundaria”.

Además, Vázquez asegura que, en muchas ocasiones, frente a los esfuerzos que esos alumnos tienen que realizar para superar las etapas educativas, “ganan como contrapartida una motivación y un interés reforzado, adquieren un papel de colonos del conocimiento dentro de sus grupos sociales”.

Aunque el acercamiento entre Universidad e inmigrantes es una cuestión de tiempo, los beneficios económicos y sociales de tender puentes cuanto antes entre ellos es indudable. Sobre todo si se tienen en cuenta las estimaciones que aseguran que, en 2050, habrá 14 millones de inmigrantes en España.