La proximidad de las torres de viviendas que ya existían desde hace unos 40 años con el nuevo complejo edificatorio presidido por el Palacio de Congresos, la defiende el Arquitecto Calatrava diciéndonos que el Proyecto se concibe de tal modo que se establezca un "diálogo" entre lo preexistente y las nuevas instalaciones de Hotel, Oficinas, Palacio de Congresos, actividad comercial, ocio...

Los arquitectos recurrimos a este concepto de "diálogo" entre dos edificaciones, cuando tenemos que proyectar un nuevo edificio en las proximidades de otro(s) ya existente(s), y al que por tanto se le suponen ciertos derechos. Los nuevos volúmenes proyectados más los vacíos que se generan en el conjunto edificado configuran el total de un determinado espacio urbano. Pues bien, hemos de suponer que el "diálogo" se establece entre lo viejo y lo nuevo a través de la aceptación de un principio elemental como es el respeto a lo preexistente, utilizando como instrumentos para alcanzar ese fin a los volúmenes arquitectónicos, a los espacios vacíos y a los materiales que se nos presentan a la vista. Y si lo viejo no tiene interés arquitectónico y por tanto no merece la búsqueda de ese "diálogo", muchos arquitectos tienen tendencia a ignorarlo y a definir su nuevo proyecto al margen de lo preexistente. Y, a mi juicio, esto es lo que ha pasado cuando se concibe el nuevo artefacto arquitectónico que dispone como centro al Palacio de Congresos, no apreciando el interés social y urbano del entorno más inmediato ni el resultado urbanístico de un rincón histórico y planificado de la ciudad.

El resultado es que la ciudad protesta a través de las múltiples opiniones de sus ciudadanos y como respuesta, el arquitecto estrella nos responde que eso ya estaba previsto y que el "diálogo" era la expresión (mágica, añado yo) a la que debemos atenernos. Para consolidar ese argumento, nos riñe el señor Calatrava al hacernos notar que las torres están aún más juntas entre sí, y que al elevar el hotel y otras dependencias, sobre una gigantesca estructura, se libera suelo y se recrea una zona verde que, de otro modo, jamás se hubiera obtenido; es decir, nos cuenta que la concepción arquitectónica de su obra, tiene una base social en el "regalo" de espacios verdes que consigue para la ciudad y en el "respeto" a los edificios preexistentes; y todo ello sin advertir la ofensa que puede significar para el Movimiento Moderno cuando concibe esta teoría higiénica frente a la ciudad industrial contaminada y hacinada.

EN MI OPINION, este tipo de argumentación explicada a última hora por el arquitecto no se sostiene, y por tanto nada de ello siento como cierto si nos atenemos a lo que se está edificando. Como anécdota, le cuento al lector que un buen amigo foráneo, altamente cualificado como profesional de la arquitectura, pasó por las proximidades de las torres que rodean al Palacio y, sin prestar excesiva atención a lo que se construía al lado, me preguntó: ´Oye, por cierto, cómo permitís aquí en Oviedo el paso de una autopista por el centro de la Ciudad y al borde de las ventanas de unos edificios?´. Hay que admitir que en aquel momento existía solamente la estructura y podía dar lugar a este tipo de irónica reflexión, pero resulta sintomático de la disparatada proporción que se estaba manejando. Más que un diálogo, parece un susurro al oído de esos edificios en que parece decirles: ´ Fuera de aquí, que estáis molestando!´. Eso sí, sin gritar, dialogando.

Y tal parece, pues ya son varios los ciudadanos expectantes e ilusionados con el artefacto arquitectónico, que con inocencia y buena voluntad nos recuerdan que el siguiente paso debiera ser la demolición de las torres de las viviendas de VPO, para que aparezca con resplandor la obra maestra.

Yo les recuerdo a todos ellos y al dadivoso arquitecto que "regala" zonas verdes a la ciudad que las torres se conciben así a finales de los pasados años 60, para mantener el derecho a una edificabilidad que el Plan Urbanístico vigente confería al conjunto del Polígono de Llamaquique, dado que era obligado se recuperase para zona verde lo que entonces ocupaba el estadio Carlos Tartiere, pues el Plan Urbanístico Municipal reservaba para un nuevo estadio otros terrenos situados en el entorno de San Claudio. Las torres de viviendas responden, pues, a una estrategia urbanística municipal bien definida y totalmente consciente, como era la de recuperar como zona verde todo el espacio que ocupaba el campo de fútbol y su entorno para aparcamiento; y no es nada baladí lo de la zona verde, pues por Ley los planes urbanísticos debían, y deben, reservar un mínimo de superficie de suelo para parques, jardines y espacios libres, en función del número de viviendas/habitantes a los que servía. Se trataba así de dar respuesta a una exigencia legal.

LO MAS sorprendente es que para modificar una zona verde por otro uso, la Ley establecía un sistema complejo para que no resultara fácil tal modificación, y reservarlo solo para casos excepcionales, y en ella, en la Ley, se exigía el acuerdo del Consejo de Ministros y, en caso de ser aceptado, habría que prever otra zona verde de similares dimensiones en las proximidades de la anterior que se sustituía. Y esta exigencia legal, vigente desde 1976, nunca fue derogada aunque pasara a las Autonomías ese intencionado camino complicado para poder sustituir una determinada zona verde. Y todavía es el día de hoy que no alcanzo a comprender qué mecanismos legales se han utilizado para edificar sobre esa zona verde el artificio arquitectónico que se está construyendo, pero esto es ya otra historia.

Así pues, tengo que afirmar con disgusto y con respeto que yo no me creo nada de ese "diálogo" ni de ese "regalo de espacios verdes" ridículos y cubiertos por la inmensa estructura en arco que soportan simplemente cuatro plantas encima, y todo ello a escasa distancia de los edificios para viviendas. No me creo que el "diálogo" sea una estrategia teórica del Proyecto, sino más bien parece una excusa ante la opinión de los ciudadanos, que, atónitos, vemos y escuchamos y protestamos; ni me creo tampoco que nadie haya regalado una zona verde a la Ciudad sino que alguien nos la ha rapiñado y que, si no se realiza esa carísima y artificiosa superestructura para el lugar, el Arquitecto no podría impresionarnos a los ciudadanos que, boquiabiertos, asistimos al espectáculo.

ENTIENDO, como colofón a este breve comentario, que el arquitecto autor, realmente, ha ignorado el lugar donde se construye, o más bien parece haberlo despreciado, y el recurso al "diálogo" me resulta tan rebuscado y amanerado como lo que concibió para este especial lugar de la ciudad. Vendrán peregrinos a visitar la fastuosa obra del premio Príncipe de Asturias pero algunos de ellos, los más avisados, tendrán derecho a preguntarse si tras este desatino urbanístico, esa arquitectura debe considerarse como tal, y si debería dejar de premiarse. Más tarde se dirá que lo de Oviedo es un ejemplo de mala reordenación de un espacio urbano consolidado y, por tanto, pasa a ser algo lejano de la arquitectura. Sinceramente, no entiendo el "diálogo" al que se refiere el autor de tal desproporción, y más bien observo, por el contrario, que los viejos y nuevos edificios se repelen.

Ya en la torre de Telefónica de Montjuich (Barcelona), ejecutada para las Olimpiadas de 1992, el prestigioso profesor Federico Correa le planteó a nuestro arquitecto la inconveniencia de introducir aquel artilugio retorcido en un ambiente tan elaboradamente racional y de exquisita sensibilidad. No confundir escultura con arquitectura. A ello respondió el joven Calatrava que no tenía por qué considerar el entorno donde se realizaba. Era más importante, para él, el hecho de que se notara su torre aunque fuera por su "deformidad"; había que llamar la atención y alimentar su exigente egolatría.

Arturo Gutiérrez de Terán. Arquitecto.