TRIBUNA LIBRE

Este domingo, cuando se paralizó en Santiago de Chile el asediado corazón de Augusto Pinochet Ugarte, el gorila de capa y espada hizo su último gesto público en contra de Fidel Castro porque lo dejó solo en la pavorosa galería de dictadores autoritarios que gobernaron en aquel continente a punta de pistola.

Lo ha abandonado en la soledad del opresor de fondo. Le ha traspasado la escaramuza final y las negociaciones para entregar la plaza sin condiciones. Le ha cedido, con un rápido saludo militar a la visera, el ambiguo privilegio de clausurar una dinastía que tuvo sus más altos fulgores iniciales a mediados del siglo pasado con el medallero ensangrentado de Marcos Pérez Jiménez, Fulgencio Batista y Rafael Leónidas Trujillo.

Le pasó los despojos de la tropilla de oficiales, a quienes sus compatriotas les pagaron con generosidad sus ciclos de preparación profesional y cogieron el relevo, después, en el Cono Sur para atiborrar cada minuto de aquel tiempo de vergüenza hemisférica y de muertes violentas, torturas, desapariciones y de prácticas esquizofrénicas como la de lanzar al mar a los opositores desde aviones y helicópteros en vuelos nocturnos.

Claro, se va el más rimbombante y legítimo. Un hombre que quizás por la ruta de mediocridad y disimulo por la que transitó hacia sus estrellas de hojalata, necesitó, ya en el poder que consiguió a cañonazos, proyectar esa imagen de dureza, de amo y señor de los fusiles y de la geografía afilada de Chile. Puede explicarse, quizá, esa pasión por las escuadras, ese odio que llevaba en la charreteras junto a las insignias de sus rangos, por la rara noción que tenía (que tienen los dictadores) de la patria. Siempre han creído que la patria son ellos, su familia y sus amigos y los otros hombres y mujeres nacidos en la misma tierra, animales al margen o sirvientes. Cuando más, un hato que se puede poner en movimiento para provecho propio en fechas de peligro o en noches de festejos.

Yo no creo en cuentos de tiranos. Ni en filosofías o políticas económicas que justifiquen la muerte, el exilio, la prisión de miles de hombres y mujeres para avalar la actuación de Pinochet. Nadie me puede convencer tampoco de que el doctor Salvador Allende, con la asesoría de Castro y el Palacio de La Moneda invadido por policías y académicos cubanos, iba a sacar a su país de la pobreza y a ofrecerle un porvenir.

De modo que en aquella encrucijada de septiembre se eligió una vía que enlutó al país, lo dividió y le hizo dar un rodeo doloroso de casi dos décadas para reencontrar un ámbito de democracia y diálogo. Ningún manjar, ningún mantel se puede comparar con la vida de un hombre. No hay automóvil de lujo, ni puente de carretera, ni propiedad horizontal que pueda pagar la humillación y los sufrimientos de la tortura, los años de cárcel o la lejanía de los exilios.

El general murió en una cama después de bajarse del tigre que él mismo puso a galopar en su país. Descendió con cautela. Primero, con el revolver amartillado durante las maniobras de atraque. Peldaño a peldaño. Después, a toda velocidad, acosado por la Justicia, las demandas legales, las denuncias de los familiares de muertos y de los perseguidos. Encorvado y trastabillando. Con el pecho sin medallas, cubierto al final por certificados médicos y copias de electrocardiogramas.

Pienso que Chile, con esa preparación artillera y esas emboscadas legales, ha dado un recital de tolerancia con justicia. De energía sin ensañamiento. La ley inflexible como instrumento de la democracia. Una fuerza de tarea que dejó a Pinochet sin uniforme, sin espada, como un viejo ladrón avaricioso que escondía dineros ajenos. Un despliegue legal que lo bajó del tanque de guerra y lo puso en una silla de ruedas en el camino de la muerte y el olvido.

Raúl Rivero es poeta y colaborador habitual de EL MUNDO. Acaba de publicar Vida y oficios: los poemas de la cárcel, en la editorial Península.

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