Recientemente en estas mismas páginas y en un artículo de despedida a sus lectores Pedro Schwartz, resumiendo el sentido de sus intervenciones a lo largo de varios años en favor del liberalismo económico, se refería al absurdo de mantener los nacionalismos en nuestros días con una clara alusión al nacionalismo catalán y terminaba citando unas contundentes afirmaciones de Popper: "Nadie ha sabido explicar nunca lo que significa nación"... "El principio del Estado nacional es un mito. Es un sueño irracional romántico y utópico, un sueño de... un colectivismo tribal".

En principio los juicios de Popper pueden considerarse plenamente justificados, lo que sea una nación se ha definido a lo largo de la historia de tantas maneras distintas que bien puede decirse que hoy resulta difícil aclarar lo que significa y que, en la medida en que signifique algo, parece ridículo reivindicar la soberanía nacional plena en una época de globalización creciente cuando los problemas y las posibles soluciones se plantean en niveles supranacionales y, en último término, en un ámbito mundial. Pero la realidad siempre es más complicada que nuestras interpretaciones y aunque es evidente que los problemas de nuestro tiempo desbordan los viejos esquemas, todo hace suponer que tenemos naciones y nacionalismos para rato.

Empecemos por recordar que la nación Estado como forma superior de la organización política de un espacio geográfico y social es un invento europeo, gestado a lo largo de la historia de Europa a partir de la edad media feudal, una gestación en la que Francia tuvo un papel ejemplar. Y si Luis XIV, una vez dominados y convertidos en cortesanos los señores feudales, podía decir "el Estado soy yo" la Revolución

Francesa lo corrigió con "el Estado es el pueblo francés", o sea, la nación francesa, mientras por los mismos días, comienzos del siglo XIX, en Alemania se formulaba la teoría de la nacionalidad como una sociedad con una cultura y una lengua propias que se refleja en todas sus actividades y en todas sus creaciones y que justifica sus aspiraciones al autogobierno. En el mismo siglo XIX los grandes estados nacionales organizan administraciones públicas altamente eficaces y se convierten en motores de la industrialización y del progreso. Y en el siglo XX, primero con la Sociedad de Naciones y luego con la ONU, se consagra el principio de que la totalidad de la humanidad está estructurada en estados nacionales soberanos conviviendo en un plano de igualdad de derechos.

Algo así como la apoteosis de los estados nacionales.

Aunque también es cierto que a pesar de esta historia de éxitos la justificación de la nacionalidad de los estados nacionales es, en muchos casos, muy ambigua. Piénsese, como ejemplo, en los países de la América hispana, donde la independencia respecto de España debía producir un Estado independiente o, a lo sumo, tantos estados como virreinatos o como herencias culturales indígenas subsistían, pero donde en la práctica lo que surgió fue un gran número de nuevos estados con fronteras más o menos arbitrarias o gratuitas pero que engendraron unos nacionalismos rampantes que, con el paso del tiempo, todavía se exasperan. Peor todavía es el caso de África, donde las fronteras de las colonizaciones europeas, tan absolutamente arbitrarias, no tenían nada que ver con la realidad africana, y sin embargo con la descolonización se han mantenido inalterables y han engendrado entidades nacionales celosas de su integridad. Y no digamos el Próximo Oriente, las fronteras del Iraq, de Siria o del Líbano fueron trazadas con tiralíneas en alguna oficina de Londres o de París para delimitar áreas de influencia de ingleses y franceses en la zona, pero se han convertido en soportes de estados nacionales heterogéneos pero inamovibles. Y volviendo a Europa, ya no se trata sólo de que muchos estados europeos incluyen territorios muy diferenciados, algunos con aspiraciones nacionales, o de que las fronteras de los distintos estados europeos han tenido una historia azarosa a lo largo de los siglos, sino de que, a partir de la última guerra mundial, quedó claro que los estados europeos habían dejado de constituir el centro del mundo y que la única manera como podían mantener alguna forma de influencia era uniéndose en una unidad supranacional y supraestatal y desde entonces han avanzado tanto en esta dirección que han renunciado a lo que tradicionalmente era la prueba mayor de la soberanía nacional, el derecho a crear moneda propia, y lo han transferido a Europa, con lo que la economía europea se ha constituido en un espacio único. Pero a pesar de haber avanzado tanto en esta dirección y a pesar de sus evidentes ventajas, basta con imaginar cómo estaría la economía de muchos países europeos sin la unidad monetaria, la verdad es que no sólo la reivindicación de las peculiaridades y los intereses nacionales se ha mantenido muy fuerte, incluso en el campo de la economía, sino que cuando se ha planteado reforzar la unidad europea con una nueva Constitución las voces discordantes lo han impedido en nombre de los intereses y de las identidades nacionales. Y más todavía, hoy vemos como ante el avance de la globalización, de la deslocalización industrial y sobre todo ante una inmigración exterior cada vez más numerosa se alza, en muchos lugares de Europa, la bandera de un populismo nacionalista que predica el rechazo al extranjero en nombre de la identidad nacional.De manera que todo hace suponer que los nacionalismos no van a desaparecer en un futuro próximo ni aquí ni fuera de aquí. Lo que sí va a ocurrir, aquí y en todas partes, es que habrá que elegir entre unos nacionalismos solidarios e interdependientes en el marco de proyectos comunes y nacionalismos excluyentes en su interior e insolidarios en su exterior. Y esto será verdad para los nacionalismos en el conjunto de España, tanto para el nacionalismo español como para los periféricos, y será verdad para los enfrentamientos nacionales en el interior de Europa, y lo será también, y sobre todo, en el ámbito mundial, en el marco del mal llamado conflicto de civilizaciones, con el telón de fondo del colapso energético y del cambio climático para recordarnos que todos viajamos en el mismo barco. Ojalá lleguemos a tiempo.

MIQUEL SIGUAN , catedrático emérito de la UB.