Muchas horas con Leo, de Joan Barril en El Periódico
LOS DÍAS VENCIDOS
Hoy se acaba para algunos el famoso puente de la Constitución --o de la Inmaculada, que a efectos de fiesta tanto da que nos la dé el Estado como la Iglesia-- y habrán sido unas pequeñas vacaciones previas al trabajo familiar de las Navidades. A lo largo de esta larga semana he estado en un país muy lejano y me he permitido dejar estos papeles sobrevolando la actualidad. Son lo que en la jerga del periodismo de opinión se considera artículos de nevera. En vez de ser pensados y escritos horas antes de ser leídos, esta semana han sido artículos cocidos a fuego lento, como la escudella, los callos con garbanzos o la lava incandescente de los volcanes.
Cuando uno está acostumbrado a escribir con la premura de tantas cosas que pasan y que no comprendemos, la escritura de anticipación es un verdadero bálsamo. Para evitar ensoñaciones me regalo un fin de semana con Leonard Beard, el ilustrador que desde hace muchos años pone color y forma a mis palabras. Para avanzar en el trabajo y en nosotros, nos damos muchas horas de mesa. De vez en cuando nos levantamos y hablamos. "Mira lo que he escrito". Y él: "¿A ver qué te parece esta imagen?" Con Leonard Beard, los silencios son confortables, la risa es coral y el trabajo es un privilegio.
Le he estado mirando largamente por encima de mi pantalla. Cuando le conocí, Leo hacía sus ilustraciones con una curiosa técnica. Recortaba cartulinas de colores y las iba pegando una encima de la otra hasta que la imagen quedaba perfectamente compuesta. Era un extraño relieve de colores que acababan condensados en una imagen plana. Más que trazo, había corte y confección. Después pasó al lápiz y ahora dibuja sobre la plantilla de un ordenador. Las herramientas le dan una mayor precisión a sus ilustraciones. En vez de dibujar sobre el papel lo hace sobre una pizarra. Y en cada dibujo aprende a superarse a sí mismo. La herramienta le ha permitido concentrar su genio en la cabeza más que en la mano. Cada vez es más pensador y menos artesano. Leo es hoy menos pincel y más esponja: tiene tiempo de absorber este mundo líquido, quedarse con sus nutrientes y metabolizarlos. Le envidio.
Porque en esos años de evolución de su paleta, la escritura, por el contrario, apenas si ha evolucionado. Seguimos escribiendo casi como siempre. La herramienta del escritor continúa siendo la mirada. Pero, para el escritor en periódicos, la mirada está cada día más empañada. Gabinetes de prensa, comentarios críticos, poderes políticos y económicos que se extralimitan, lectores bienintencionados que dudan de los columnistas. Escribir debería ser, ante todo, dudar. Pero la duda no vende. Tal vez porque la función última del escritor en los tiempos de niebla es guiar al lector lejos del abismo. Y, a menudo, el abismo nos rodea por todas partes. Menos mal que ahí está el consuelo del arte, la quintaesencia poética de las cosas, el pulso entre la convicción y el error, la amistad entre las letras y la imagen, entre la nevera y la fragua.
Providencia
El hombre que huye de sí mismo llena el depósito para cruzar la noche. El amanecer le ofrecerá un mundo nuevo y una empresa próspera. Se queda sin gasolina a mitad del camino. Le socorre una mujer que le ofrece casa y cariño. Al día siguiente, la policía cierra la carretera tras el inesperado hundimiento del viaducto. Así se lo cuenta a su nieto aquel anciano que huía hasta que se encontró.
