La Coctelera

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11 Diciembre 2006

La muerte de Pinochet: ni una lágrima por este reo de la justicia universal, de Antonio Casado en El Confidencial

Ni una lágrima por este reo de la justicia universal que ayer murió en la cama. Se marcha de este mundo Augusto Pinochet coincidiendo con el 58 cumpleaños de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Un macabro guiño de la Historia. Muere el siniestro dictador de las gafas oscuras con un edema en el alma: el odio de miles de familias chilenas. Sepulcro blanqueado con nombre de dictador. Como el individuo mejoró la especie, mucha gente habla de pinochetismo sin tomarse la molestia de llamar por su nombre a los imitadores.

Ha muerto Pinochet en el Hospital Militar de Santiago mientras muchos se maliciaban una nueva recaída utilitaria. Se decía que al final había encontrado en los hospitales su burladero para escapar a la justicia de los hombres. No fue así esta vez, la última. No importa. Murió en la cama pero no se va de rositas. Gracias, en parte, a un juez español, Baltasar Garzón, que en 1998 reverdeció para el tirano, cuando se acababa de asegurar la jubilación como senador vitalicio, el principio de la justicia sin fronteras para crímenes de lesa humanidad.

Sobre el cuerpo presente de este lamentable personaje cae hoy el desprecio de millones de chilenos y no chilenos. Amarga despedida, exenta de compasión, la de este asesino de vidas y de razones, como diría Lluís Llach, que se hizo dictador (1973-1990) para apuñalar una esperanza. Hoy se nos recuerda el golpe del 11 de septiembre, cuando aquel oscuro militar, cinturón negro de kárate, coleccionista de gomas de borrar y experto tirador de pistola, se levantó en armas contra el Gobierno democrático de Salvador Allende "para liberar al país del yugo marxista". O un guiñol de la CIA para poner orden en el patio trasero de América, según el lugar común glosado para el cine por Costa Gavras en Missing. En todo caso, heraldo de una secuencia de dictaduras militares en el cono sur que, como en el caso chileno, dejaron un rastro de crímenes.

Pinochet había cumplido 91 años el mes pasado. Noventa y un años de vida innecesaria e incluso tóxica para la causa del ser humano. Este tirano sin escrúpulos hablaba entonces del comunismo internacional como otros hablan hoy del terrorismo islámico. Un paradigma sustituido por otro apenas treinta años después, del que se puede colgar cualquier cosa en materia de violación de derechos humanos.

Desapariciones, torturas, asesinatos, secuestros, allanamientos de domicilio y toda suerte de barbaridades atribuidas al régimen de Pinochet, no desmerecen de las guerras preventivas, asesinatos selectivos, detenciones extrajudiciales y torturas televisadas que se han multiplicado desde que hirieron al oso, precisamente otro 11 de septiembre. Y esta es la estirpe del tirano, que aún habita entre nosotros, dicho sea 24 horas después de haber dedicado una jornada a los derechos humanos, los primeros en pasar por el arco de seguridad cada vez que el poder, para reafirmarse, necesita al enemigo exterior.

Ahora, ya digo, por lo visto estamos en guerra contra el Islam. De momento, fría, aunque han empezado los ensayos (Afganistán, Irak, Líbano). Pero a poco que les den cuerda a los que siguen el rastro de Pinochet, a lo mejor lo acaban consiguiendo.

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