Durante bastantes meses antes de que ETA anunciase su “alto el fuego permanente” del pasado 22 de marzo, José Luis Rodríguez Zapatero exhibió un optimismo a prueba de bombas sobre un hipotético final de la violencia terrorista. El motivo: desde el verano de 2004 tenía en su poder una carta que le habían remitido los dirigentes de la banda armada en la que le anunciaban su intención de no cometer más asesinatos, según han confirmado a El Confidencial fuentes conocedoras de los contactos que desembocaron finalmente en la tregua etarra.
Siempre según estas fuentes, los jefes de ETA apuntaban en la misiva que con este gesto pretendían abrir un periodo de “distensión” que facilitara el inicio de una negociación con el entonces recién creado Ejecutivo socialista. En dicho texto -cuya existencia se conocía, aunque su contenido estaba al alcance únicamente del reducido número personas que asesora a Zapatero en el proceso de paz-, la organización terrorista hablaba concretamente de no realizar más “ekintzas (‘acciones’, en euskera) importantes”, en clara alusión a la comisión de atentados con víctimas mortales.
Ya para entonces, los terroristas llevaban más de un año sin causar muertes. Su último atentado mortal se había producido el 30 de mayo de 2003, cuando una bomba-lapa acabó con la vida de dos policías en la localidad navarra de Sangüesa. Desde entonces y hasta la llegada de los socialistas a Moncloa, la banda había intentado otros asesinatos, pero la eficacia policial, en algunos casos, y la fortuna, en otros, lo habían impedido. La última vez había sido sólo unos meses antes de la misiva, en concreto el 29 de febrero de 2004, cuando la Guardia Civil interceptó en Cañaveras (Cuenca) una furgoneta cargada con 536 kilos de explosivos que se dirigía a Madrid.
Llegó con un mensajero francés
El encargado de hacer llegar al Gobierno la carta con el compromiso de ETA fue François Maitia, dirigente del Partido Socialista Francés (PSF) en la región de Aquitania y con buenos contactos en la izquierda abertzale, como ya adelantó El Confidencial en exclusiva el pasado 13 de noviembre (ver noticia). El político galo -que fue alcalde de la pequeña localidad de Ispoure durante 23 años y que actualmente ocupa el cargo de vicepresidente del Consejo Regional donde está incluido administrativamente el País Vasco francés- recibió el encargo del entorno de la banda y lo aceptó, no sin antes comunicar lo que iba a hacer a los dirigentes de su partido en París e, incluso, al inquilino del Palacio de El Eliseo, el conservador Jacques Chirac.
Con el documento de la organización terrorista en su poder, Maitia se puso en contacto con el que en más de una ocasión ha calificado como su “amigo personal”, Jesús Eguiguren, presidente del PSE, quien ya entonces llevaba varios años de contactos en la sombra con el líder de la ilegalizada Batasuna, Arnaldo Otegi. El político francés concretó con él un encuentro en una localidad del Sur de Francia y allí le hizo entrega de la carta, que el dirigente socialista vasco hizo llegar inmediatamente al Palacio de La Moncloa. Tras leer aquella carta, Zapatero comenzó a introducir cambios en su discurso y ese mismo verano anunció en la localidad madrileña de El Escorial que iba a aplicar una “agenda progresista” contra el terrorismo.
La existencia de esta primera misiva -aunque no su contenido- se conoció públicamente en mayo de 2005, cuando el filósofo Fernando Savater, después de reunirse con el presidente del Gobierno, declaró que éste le había informado de que había recibido una carta en la que ETA le proponía dejar las armas a cambio de una salida de los presos. Aunque Moncloa le hizo desmentir rápidamente dicha afirmación, la documentación incautada en octubre de ese mismo año al dirigente de la banda armada Mikel Albizu, Antza, confirmó finalmente que sí había una carta.
Entre la carta y la tregua, 86 atentados
Desde la carta y hasta el anuncio del “alto el fuego permanente” del 22 de marzo, ETA colocó un total de 86 artefactos de potencia muy desigual, ya que iban desde pequeñas cargas explosivas a coches bomba. En numerosas ocasiones avisó telefónicamente de su colocación para minimizar los riesgos de que se produjeran víctimas e, incluso, en algunos casos llegó a colocar carteles de ‘cuidado, bomba’ para evitar que estallasen por la manipulación accidental de quien los encontrasen.
Así, aquel verano de 2004 y en el transcurso de su campaña contra el turismo, ETA colocó ocho pequeños artefactos explosivos en diferentes localidades de Cantabria, Asturias y Galicia. A aquellos le siguieron en los restantes meses de 2004 otras 25 bombas, según los datos del Ministerio del Interior. Las estadísticas oficiales indican también que al año siguiente la banda armada cometió 39 atentados, a los que se sumaron otros catorce en los días de 2006 que precedieron a la tregua.

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