VII GUERRAS EN LAS MEMORIAS DE LA VANGUARDIA
SEGUNDA GUERRA MUNDIAL · 1945, LIBERACIÓN DE DACHAU

"Yo sí he visto el campo de Dachau y quizá por eso no sepa escribirlo"

Es una segunda artillería que le cae encima al corresponsal de guerra: cómo redactar en un par o tres de folios todo el dolor del mundo. Le ocurrió a Carlos Sentís, uno de los primeros reporteros en entrar en un campo de concentración liberado.

Todo empieza con cuarenta y cuatro palabras. Las publicó La Vanguardia el 21 de marzo de 1933. Era una simple nota de la agencia Fabra colocada junto al resultado del partido de fútbol entre Alemania y Francia jugado en Berlín ante 50.000 espectadores (empate a tres).

Cuarenta y cuatro palabras: "Berlín, 20. -El próximo miércoles se inaugurará en Dachau (Baviera) el primer campo de concentración donde serán internados los funcionarios afiliados al Partido Comunista y todas las personas que sean consideradas perjudiciales para el pueblo. Este campo podrá contener cien mil internados. - Fabra".

¿Qué se puede explicar en cuarenta y cuatro palabras? ¿Y en veintiséis?

"Dante no vio nada y por eso pudo escribir sus patéticas páginas del infierno. Yo sí he visto Dachau y quizá por eso no sepa escribirlo".

Veintiséis palabras: las redactó doce años después un reportero de La Vanguardia,Carlos Sentís: fue uno de los primeros periodistas en entrar en un campo de concentración nazi liberado.

Para un reportero de guerra, la búsqueda de las palabras está del todo incrustada - embedded-al dolor mismo del viaje, y el joven periodista barcelonés seguía ese mayo de 1945 dolorido ante un folio en blanco.

"En el vasto mundo anglosajón - escribía- hay una cosa que impresiona casi más que el final de la guerra en sí: el de los campos de concentración alemanes. Yo sólo he visitado uno. El de Dachau, en las afueras de Munich. Casi el último caído en manos del ejército norteamericano. Visitándolo pasé un rato horroroso. Ahora, sobre el limpio papel donde escribo, no lo paso mucho mejor".

¿Qué palabras escoger donde Dios calló?

No era fácil, pero había que encontrarlas, porque - entre otras cosas- para eso nos pagan a los reporteros. Había que torturarse por cada palabra allí donde los nazis hallaron las suyas sin dolerse demasiado. Los nazis, por ejemplo, encontraron fácilmente una para denominar a los eslavos: Untermenschen,los que están en un grado inferior de desarrollo que las personas. Y hallaron tranquilamente otra para los gitanos y los judíos, Lebensunwert,y eso significaba que no eran dignos de vivir.

Las palabras estaban dentro del campo, y el periodista sólo tenía que cruzar el umbral para recogerlas. "Me entran ganas de volverme atrás - sentía el reportero en la puerta-, pero fumando cigarrillos, comiendo pastillas, las manos protegidas en el bolsillo, penetro en el mundo fantasmagórico".

Palabras para Dachau. Millones de palabras: las contenidas, por ejemplo, en los 13.000 libros que acabó por albergar la biblioteca del campo, nutrida por los volúmenes que se iban incautando a los deportados y - con la inestimable ayuda de la incultura de las SS- por los libros que los propios deportados lograban colar en el campo.

Palabras visibles e invisibles. Un libro de Heinrich Heine - el gran poeta del romanticismo alemán, judío convertido al protestantismo y prohibido por los nazis- entró en el campo con la falsa cubierta de un libro del poeta nazi Dietrich Eckart, y así entraron muchos libros: disfrazando sus palabras.

En la biblioteca había diez ejemplares del Mein Kampf.Al principio, la ópera magna de Adolf Hitler era leída con interés por los deportados, a veces para reírse de su pomposo estilo, pero luego ya nadie los pedía. Allí estaban el día de la liberación, bien colocados en su estantería.

Palabras para Dachau, como "elementos asociales": en 1947, el Parlamento de Baviera planeó convertir el ex campo nazi en una prisión para "elementos asociales", dos palabras desoladoramente parecidas a las utilizadas por los nazis en 1933: un campo para las personas "perjudiciales para el pueblo".

Más palabras, como el nombre elegido para la capilla católica construida en 1960: la Mortal Agonía de Cristo.

Pero ninguna palabra sigue doliendo tanto como el propio nombre de la ciudad: Dachau, seis letras que pesan como el plomo para sus cuarenta mil habitantes. La bruma - ¿hasta qué punto su población fue cómplice y responsable?- nunca acaba de disiparse, y en ningún lugar se respira más este espesor que en el gran café del castillo, donde la rica sociedad comarcal devora los domingos por la tarde alucinantes pedazos de tarta que parecen salidos del horno de Hansel y Gretel, pasteles tan barrocos como el propio palacio, la estupenda residencia campestre de los príncipes electores de Baviera.

- Uns xiquets ens tiren rocs - escribe en sus memorias Vicenç Henric, un joven deportado del Rosellón, al explicar su traslado de la estación de ferrocarril al campo atravesando a pie las calles de Dachau.

- ¡Venga a Dachau! ¡Visite la ciudad que ya está preparada para encarar su pasado! - afirma Kurt Piller, el alcalde que en 1996 intentó normalizar la situación, entre otras cosas publicando una Guía histórica del Dachau contemporáneo que asume a fondo la realidad del campo pero insistiendo - ¿exageradamente?- en los actos de solidaridad que los deportados encontraron en la ciudad.

- No le recomiendo esa guía - dice Dirk Riedel, archivero del campo.

- Todo el mundo va a ver el campo. Nadie viene a la ciudad - se lamenta un rubio anticuario, con hartazgo que yo detecto existencial, aposentado en el centro del burgo.

La caída a los infiernos del nombre de Dachau es especialmente dura porque estas seis letras fueron sinónimo de arte e idilio: hacia 1900, uno de cada diez habitantes era un pintor atraído por sus prados, el wagneriano cielo bávaro y los Alpes en el horizonte.

Era el Olot de Alemania, y los folletos culturales del Ayuntamiento intentan hoy, sin demasiado éxito, contrarrestar el pavoroso icono de alambres con viejas fotos de mujeres modernistas pintando vacas al óleo sobre la feliz hierba de Dachau.

Otro idílico paraje germánico, el monte Ettersberg, tuvo mejor suerte con su nombre. En 1937 se fundó en su ladera un campo de concentración, y se le llamó así: campo de concentración de Ettersberg. Resulta, sin embargo, que este monte era famoso porque en los siglos XVIII y XIX se reunían en su cumbre conocidos escritores y filósofos. Por eso, un año después de inaugurarse, la sección cultural del partido nazi juzgó inconveniente relacionar el nombre de un campo de concentración con el legado cultural de la nación alemana, y cambiaron el nombre del campo: de Ettersberg a Buchenwald.

Tal es la fuerza de una sola palabra: los alemanes, sin ella, podían seguir paseando por Ettersberg y discutir relajadamente sobre el sentido de la civilización europea.

Con mayor o menor fortuna, fumando un cigarrillo tras otro, el periodista de La Vanguardia encontró finalmente sus propias palabras para Dachau.

"De una especie de hangar o crematorio - es su penúltimo párrafo- van sacando cadáveres totalmente desnudos para echarlos a 32 carros bávaros conducidos y cargados por alemanes, a los que se les obliga después a pasarlos, plenamente descubiertos, por algunos barrios antes de enterrarlos. A mi vista hay unos trescientos cadáveres que se colocan en carros con parihuelas desde una especie de ventana. Son los que sacan aquella mañana. Cuerpos medio descompuestos. Una especie de vendimia macabra".

¿Existen palabras para diseccionar este abismo? ¿Es un sustrato narrable?

"Ni ustedes ni yo - es la frase final de la crónica- creo debamos entrar en esta perspectiva que todavía me dan las retinas".