BULEVAR
Ustedes se lo han perdido. Me refiero a los que se han ido de puente al Pirineo, a París o a Tenerife. Durante los largos días en que ustedes nos han dejado la ciudad para nosotros solos, Barcelona estaba magnífica. Llena a rebosar en el centro y las zonas comerciales, pero casi vacía en el resto. Ir de compras, ese último placer del Occidente laico y democrático, ese ritual pararreligioso, esa orgía parasexual, era un pasatiempo agradable.Todos lo sabemos: en soledad sería deprimente. El secreto está en las masas, por parafrasear el eslogan de Telepizza. Pero las masas descontroladas que habrá en esos mismos lugares justo antes de Navidad, justo antes de Reyes, serán insoportables.En cambio, durante la semana del superpuente había la cantidad exacta de personal que hace falta para disfrutar del paseo por las tiendas, la compra de ese artículo innecesario, la prospección del mercado.
Además, Barcelona estaba distinta, espectacular y cambiante, gracias al paso de los frentes y la alternancia de la lluvia, el sol, el viento. La ciudad revelaba su mejor cara, con puestas de sol que hubiese firmado un pintor rococó, e instantes en los que las olas rompían con fuerza contra las playas, desde la Barceloneta hasta la zona del Fórum.
Se circulaba de maravilla. Aparqué uno de estos días, el miércoles, frente a uno de los merenderos de la playa, comí unas navajas a la plancha que estaban de cine, y me quedé con mi señora mirando el mar un buen rato. El cielo estaba plomizo y el mar también, con una insólita gama de azules oscuros interrumpidos a veces por una ola algo más alta que transparentaba un verde claro, como el vidrio de una botella de Coca-Cola. Saliendo de allí me dirigí hacia la zona Fórum y vi gente que salía con bolsas.¡Mi despiste es tal que no me había enterado de que había libertad de apertura de comercios!
No me negué al desafío. Aparqué en el Indico, que, por si ustedes no han estado allí, es la planta menos cuatro de Diagonal Mar, y me fundí en la masa de gente que miraba las televisiones de plasma, los gepeeses, las muñecas y el gigantesco árbol de Navidad con sus Reyes Magos y sus pajes y sus niños haciendo cola. Había mucha, muchísima gente, pero el gentío era tolerable.
Otra tarde estuve de compras en la zona de Plaza de Catalunya, y me llevé un rotulador y unas carpetas de la planta Sexta de El Corte Inglés de Portal del Angel. Pero sobre todo el 7 fue un día importante porque me compré unas zapatillas a cuadros.Lo hice en la manzana de Travessera junto a Quevedo. Van a tirar una docena de comercios, y fue un placer charlar una vez más, la última, con la dependienta y con el amo de la La Central del Calçat. Nunca más podré comprar en una tienda en la que las alpargatas y las zapatillas caen desde el cielo. Vayan ustedes, hay grandes ofertas, y la experiencia es única. Pides un 42, te traen a mano un pie, y luego, si te va bien, levantan la cabeza y piden el otro, que en un instante es lanzado con precisión desde las alturas.La tienda no está en Bombay, sino en Gràcia. Literal y maravilloso.Pero cierran en fin de año.
© Mundinteractivos, S.A.

Escribe un comentario