Existe cierta comparación entre el movimiento punk de los años 1970 y el modo de actuar de algunos personajes políticos españoles actuales. Recordemos que el movimiento punk de la década de los años 1970 poseía un estilo que articulaba lo que se entendía como rotura del consenso o del orden políticamente correcto, es decir, de lo que parecía dado por añadidura o de lo que se entendía pro una ideología anónima. Su contexto era el de la cultura urbana, y su significado global se dirigía hacia una conclusión final: la negación del todo.
Sus antecedentes, bastante desvirtuados, provenían de la Internacional Situacionista de los años 1950 y 1960, movimiento que anhelaba, a través de la renovación individual, un nuevo estilo de conducta humana asentada en una actividad innovadora. El término situación estaba en contra del de espectáculo, que se relacionaba e igualaba al aburrimiento de una política conservadora que empapaba de comodidad a todo lo que tocaba.
Para los punks de los años 1970, se debían crear situaciones llenas de desencuentros y de momentos de actividad agresiva, dentro, sobre todo, de contextos urbanos, que fuesen capaces de transformar la comodidad en creatividad. Se reprochaba la felicidad del otro y la de uno mismo, para colocarnos en una posición de acción para poner fin a un tiempo histórico que se creía dormido o, más aún, muerto.
Algunos políticos españoles han adoptado el estilo punk y el hacer punk de los años 1970, pero sin ser muy conscientes de ello. Están creándose como personajes que utilizan las categorías punk para definir un entorno punk creado también por ellos. Se dicen frases paralelas a la idea de «Soy yo hasta que no lo soy», mediante lo cual se trata de rechazar, por medio de personajes políticos maleducados y que disgustan con su comportamiento, las teorías sistemáticas, muy construidas y consensuadas, como hacía el estilo del punk.
Las bases ideológicas del estilo punk eran la transitoriedad, el gesto vomitivo, el optimismo perverso y el deseo de cambiar el mundo de manera bastante violenta. Las formas de exteriorizar este estilo eran ruidosas, intransigentes, incoherentes y sin una formulación ideológica clara, aunque se trataba de funcionar como una alarma social. No se daban respuestas, como no lo hacían conjuntos musicales como los Sex Pistols.
El movimiento punk trató de generar shock convirtiendo lo ordinario, la normalidad, en algo extraordinario, muchas veces melodramático y lleno de sentimientos que exigían constantemente una sinrazón egoísta. La forma de dirigirse al público de los punks era directa: Quiero venganza, / quiero poder, / quiero dinero, / deseo ser amado pero no corresponder.
En estos días estamos comprobando cómo algunos políticos españoles siguen el movimiento punk, aunque sin mucha meditación, lo que posiblemente sea más penoso, adentrándose en arenas movedizas que no auguran nada bueno. Para ello, están tomando actitudes definidas ya por la antropología, la filosofía o la sociología y que vemos en personajes como el engañador, prototipo y pancarta de personaje punk.
El origen del engañador no está claro, pero siempre parece referirse al tiempo de la creación de la Tierra. Su nacimiento es un hecho lleno de extraños fenómenos: puede ser hijo de una joven virgen y, además, pertenecer a una familia numerosa. Es de carácter inmortal, poseedor de cualidades divinas y míticas, capaz de transformarse en un objeto, animal o ser humano de cualquier edad y sexo.
Es un personaje especial en muchas culturas, considerado dentro del folclore como esencia del humor que se puede plasmar de muchas formas, a través de acertijos, chistes, cuentos, proverbios, etcétera. Así, vemos que el engañador es una figura bastante extendida, sobre todo en las literaturas de culturas en Norteamérica, Oceanía, el sur de Asia y África. Entre los indios de Norteamérica, el engañador aparece como una figura amorfa en su naturaleza, además de incongruente, pero capaz de llamar la atención del lector. El engañador posee varias representaciones como son la del cayote, en las llanuras americanas; el cuervo, en la costa noroeste norteamericana; la urraca, entre los indios del Estado de Washington, y la liebre, entre los indios algonquiños del sudoeste de los Estados Unidos. Casi todas las figuras del engañador se encuentran asociadas con animales específicos, generalmente de figura antropomórfica masculina, con nombres tales como Gluskabe, Iktomi, Nihasan y Wisoka.
El engañador, biológicamente, está siempre enfadado y buscando comida, para lo cual no duda en cambiarse de aspecto. Tiene una gran capacidad de seducción y hace todo tipo de trampas para conseguir sus propósitos. Entre los más afanados engañadores tenemos a un personaje que se llama tune, que aparece en la narrativa africana y dentro de distintas colecciones de cuentos escritos sobre él. Es muy popular entre el pueblo azanda del este de África que escriben cuentos no en forma circular, es decir, siguiendo un orden cronológico, sino que los redactan sin conexión. Esto quiere decir que cada cuento es independiente y representa en sí mismo un episodio de las aventuras de tune.
El nombre de tune significa araña. Se le considera una persona, aunque puede aparecer como una figura antropomórfica en muchos cuentos. A veces, se disfraza de mujer. Se le piensa como un ser inmortal, aunque muera en algunos episodios, para aparecer vivo en el siguiente. Su primer propósito es satisfacer sus deseos y para conseguirlo no se para en escrúpulo alguno. Es un ser vago, poco trabajador, por lo que tiene que emplear fórmulas mágicas para obtener su alimento y relaciones sexuales. Casi siempre actúa de una forma antisocial, mentirosa y llena de sentimentalismos odiosos.
El engañador es una figura que no acepta ni normas ni valores. Al engañador se le entiende como una fuerza destructiva y, a la vez, graciosa, en un claro dualismo entre lo que significa y lo que realmente hace. Su identidad y forma cambian de una figura antropomórfica a una teriomórfica y de un sexo al otro. En su comportamiento anhela satisfacer sus deseos, para lo que está dispuesto a engañar e injuriar. Su personalidad es compleja por sus muchas combinaciones ya que pueden ser egoístas, poderosos, inteligentes, crueles y, al mismo tiempo, pueden actuar como locos, infantiles, estúpidos, vagos, irreflexivos, sin distinguir el bien del mal.
El engañador puede ser utilizado como origen del humor. Pero el humor que surge de su actividad es debido a la incongruencia. Es decir, del engañador brota lo inesperado, lo descontextualizado, lo inapropiado, lo no razonable, lo ilógico y exagerado, como vehículos del humor grotesco en el que se reúnen las incongruencias biológicas, psicológicas y socioculturales necesarias para hacernos reír.
El movimiento punk de los años 1970 era un estilo que articulaba lo que se podría llamar rotura del consenso, que es algo que está sucediendo en estos días en España.
Pero el hombre y la mujer de la calle de comienzos del siglo XXI se están planteando algunas soluciones para situarse ante el político punk: a) absorber la retórica punk para desmitificarla y seguir sólo a la política muy distante de los intereses de la gente de la calle; b) dedicarnos a hablar de cyberpunk, como de una nueva tecnología con mucho futuro; c) evolucionar hacia la distorsión del humor que producirá el nihilismo y la quietud mental en los grupos sociales que se alejarán de la política cotidiana, o d) jalear los impulsos más ocultos del engañador, centrados en una profunda irracionalidad, con la que el personaje se enfrenta a su vida y trata de conducirnos la nuestra.
De todas formas, y por el momento, de éstas y otras posibles soluciones a los problemas que el engañador nos insinúa, los ciudadanos aún podemos escoger cuál de ellas nos conviene más.
José Luis Caramés Lage, profesor titular de la Universidad de Oviedo.

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