EL VOYEUR
Tengo una incapacidad notable para captar los fundamentos de la ciencia y aunque haga esfuerzos siempre me pierdo en los programas divulgativos y didácticos que pretenden hacerme cristalinos esos farragosos enigmas. Pero aunque sólo me apasione lo que veo y palpo intento penetrar en los misterios de la genética en el programa que le dedica la siempre cuidada e instructiva La noche temática. Y el lector se preguntará: ¿Pero no tiene otra cosa mejor que hacer este excéntrico tío en la lúdica noche del sábado? Pues sí. Por ejemplo: leer con infinito placer las inencontrables Historias de Londres de Enric González y la tragicómica y magnífica novela de mi amigo Pascual García, Carta de ajuste. Pero como me pagan por esto, por relatar lo que ocurre en un aparato casi siempre deprimente, tengo que demorar el gustazo de seguir paladeando la excelente escritura de gente a la que quiero.
Pero hacer los deberes sobre la genética me aburre, no entiendo nada, me ocurre lo mismo que con las intelectuales aunque crípticas Redes del divulgador Punset, por lo que cambio al exquisito Dolce vita con la esperanza de que den sabrosas noticias sobre mi ídolo, el acorralado Paquirrín, o que la racial Mayte Zaldívar nos ofrezca otra clase de ética sobre los intentos de mancillar su transparente inocencia, pero esta noche no están, me han fallado. Homenajean al recién fallecido Lauren Postigo, aquel prodigio verborreico, al que no conocí, pero que alguna vez me llamó por teléfono acordándose de mi madre y de todos mis muertos por haber escrito algo malévolo sobre sus tonadilleros, exóticos e indescriptibles programas. Y lamentando su defunción, como la de cualquiera que no sea un bicho (categoría en la que siempre ocupará un lugar relevante el finado Pinochet), desconecto de la previsible hagiografía sobre el lírico conductor de los folclóricos Cantares.
No se le conocen frases espectaculares al asesino en serie del bigotito, al militar con engañoso nombre de payaso experto en traiciones y genocidios. Su dialéctica era tan paupérrima como su pensamiento. No se le ocurrió en su decadencia, cuando hasta sus acólitos tuvieron que reconocer que entre sus aficiones irreprimibles, además de matar rojos, estaba la de meter continuamente sus ladronas manitas en la caja del Estado, soltar alguna memez enfática como: «La Historia me absolverá».
Jamás habrá absolución moral para su planificada barbarie, pero tampoco la Justicia ni el castigo se han encariñado con él en su miserable existencia. El monstruo mediocre la ha palmado en la camita, sin que nada ni nadie le ajustara cuentas por haber causado toneladas de intolerable sufrimiento. Que no sigan engañando a los niños asegurándoles que la ley siempre se impone, que los hombres castigan a los malos en la Tierra o Dios en el Infierno. Cualquier aspirante a dictador sabe que lo peor que le puede ocurrir es que los libros de Historia digan que fue muy malvado.
© Mundinteractivos, S.A.

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