LA gran paradoja de la moderna derecha española consiste en que su lealtad al proyecto de nación le cuesta en ciertas autonomías los votos que necesita para sostenerlo. En una España cuyo electorado se declara mayoritariamente de centro-izquierda y donde los nacionalismos periféricos gozan de una prima proporcional que multiplica el valor de sus sufragios, lo raro no es que la derecha haya podido gobernar alguna vez, incluso en mayoría absoluta, sino que no haya desaparecido como alternativa política. Éste parece el objetivo del actual Gobierno, mucho menos sensible que el felipismo al concepto de la unidad nacional y dispuesto, por lo que parece, a liquidar cualquier opción de recambio mediante una estrategia que convierte a los nacionalistas -incluyendo su variante secesionista o radical- en eje o bisagra de un proyecto que vacía de competencias el poder del Estado a cambio de mantener su titularidad.
Esa pinza entre nacionalismo y socialismo ha atenazado al centro-derecha desde la refundación democrática, empujándolo en ocasiones a un laberinto sin salida. La muerte de Lauren Postigo, cuya voz de copla impostada de tópicos fue elegida por Suárez y Martín Villa como banda sonora del suicidio político de la UCD al invitar a los andaluces a la abstención en el referéndum autonómico de 1980, ha rescatado de la memoria reciente aquel mayúsculo error táctico que si no se ha repetido estos días ha sido gracias al instinto de Javier Arenas y a la prudencia de Mariano Rajoy. Entre ambos han impedido que los viejos demonios de la intransigencia resuciten el fantasma de un negacionismo sin matices, que el PSOE y sus aliados siempre han sabido agitar como emblema de la falsa incapacidad de la derecha para articular un proyecto moderado de gobernancia susceptible del respaldo de una mayoría social.
Nos guste mucho o poco, para gobernar la España de la Constitución del 78 es menester modular una cierta flexibilidad entre el concepto de nación igualitaria y el diferencialismo autonómico, y el PP sólo podrá romper su aislamiento con un delicado ajuste fino de su estrategia, que aúne la firmeza en los principios y una cierta ductilidad táctica. Es decir, huyendo del «error Lauren» al que, en Cataluña como en Andalucía, en Valencia como en Galicia, lo quiere empujar un zapaterismo que se desentiende de cualquier responsabilidad histórica que tenga que ver con la idea de nación española.
Difícil es, desde luego, sobre todo cuando el presidente del Gobierno proclama su indiferencia sobre ese concepto esencial -«discutido y discutible»- y se alía con unos socios que no sólo descreen de España, sino que se aplican con denuedo a desguazarla. Pero alguien tiene que demostrar aquí que un Estado descentralizado y plural no significa un Estado desigual y fragmentado. En vista de que la izquierda dimite de ese esfuerzo, es al PP a quien corresponde el desafío. Necesita cintura, cautela y un responso para la memoria del pobre Lauren Postigo, que acaso en su buena fe nunca comprendió hasta qué punto perjudicó a su propia causa.

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