Unos pensamientos atraen a otros, como mantos de agua, y se empujan y se ensanchan o se encogen y se extienden sobre la arena de la razón para demostrarnos que estamos vivos, que nuestra existencia no es un mero pasar. Pensar es vivir. Dudar es avanzar. De esta manera, pienso ahora en la dictadura mundial de las finanzas como el impedimento mayor para un desarrollo digno del ser humano. Pienso hoy en el absoluto poder de ese capital que no tiene ideología y que ha perdido el sentido ético de la vida. Harto estoy de oír que la democracia es el sistema menos malo de todos los posibles, y aunque esta afirmación le supone ciertas insuficiencias o carencias a esta forma de gobierno, no esconde la intención de impedir de forma tajante un análisis sobre la conveniencia o no de otros sistemas ya inventados o por inventar, o de dificultar una simple reflexión sobre el concepto de democracia. La duda es el caldo de cultivo para el germen del conocimiento.
Ya hace décadas que el maestro de periodistas, Claude Julien, advirtió que a menudo la democracia se reduce a una técnica electoral que ofrece a los ciudadanos la ilusión de estar definiendo su destino cuando, en realidad, ellos saben que, a la hora de la verdad, no serán tenidos en cuenta. Los atenienses inventaron este término con el que querían expresar el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. La definición admite pocas explicaciones y enfrentándola a los hechos de la historia de los gobiernos que se han autodenominado democráticos o intentando ajustarla a los acontecimientos contemporáneos, salta a la vista (o a la razón) que o renombramos los actuales sistemas de gobierno o redefinimos el término democracia.
LA DEMOCRACIA es a menudo un recurso para la dialéctica vacía del poder financiero, un instrumento de dominio de ese poder, el cual (unido ineludiblemente al poder político) es incapaz de controlarse a sí mismo, de aparecer como exento de abusos y corrupción y, en definitiva, de mostrarse capaz de ejercer la justicia y reducir la desigualdad. Los eficaces, activos y omnipresentes canales de comunicación que sostienen y sirven al poder económico se han ocupado durante años en la tarea de procurar que en las mentes de los ciudadanos se asociaran de manera incuestionable y definitiva los términos democracia y capitalismo, esto es, sociedad libre y sociedad de consumo. A tal punto ha llegado esta viciada e intencionada asociación que la idea de libertad ya tiene más que ver con el consumo que con el pensamiento o la posibilidad de expresarlo. Hay una enfermedad muy actual que un psiquiatra, cuyo nombre ahora no recuerdo, definió como imbecilidad al cubo, la cual consiste en comprar lo que no se necesita con dinero que no se tiene para aparentar lo que no se es.
Los actuales sistemas se encargan de generar la convicción de que no vale la pena cambiar, de que el cambio supone inestabilidad, peligro, riesgo de quiebra; de que la forma en que ya tenemos lo que tenemos es la menos mala de las posibles, de que los defectos de la democracia son inevitables y consustanciales a la democracia misma. Quienes más y mejor han contribuido a pervertir y deformar la idea original de democracia han sido sin duda muchos de los políticos elegidos, porque se han dedicado a representar su propia megalomanía recitando las palabras vacías dictadas por el poder económico y suponiendo (creyendo adivinar) los pensamientos de unos electores que ellos ven como idiotizados, dignos de compasión y objeto de sus ( válgame Dios!) Capacidades mesiánicas. El egoísmo de los políticos y su afán de poder han corrompido nuestra esperanza y, lejos de servirnos, se han dedicado a servirse e instalarse en las redes de ese capitalismo despiadado para quien el tamaño de la plusvalía justifica todas las actuaciones. Políticos (y corporaciones enteras) se han vuelto locos con la alucinógena peste de las plusvalías. La plusvalía es el Dios.
La democracia exige transparencia para que el pueblo conozca cada una de las actuaciones que sus representantes realizan en su nombre, exige información para que los votantes sepan qué y a quién votan, exige libertad en la decisión (algo que no existe mientras se tenga que votar a gente que no se conoce, a personas que van en unas listas impuestas por unas siglas que las cierran y blindan para asegurarse un control incompatible con la democracia), exige representatividad y no manipulaciones de los resultados con leyes matemáticas que impiden la representación directa.
LOS SISTEMAS comunistas dejaron constancia de su incapacidad para hacer compatible el espíritu de la igualdad y la justicia con sus fórmulas de represión, imposición y deshumanizada burocracia. Los sistemas capitalistas, al convertir el tiempo de ocio en tiempo de consumo, al considerar a las personas como arcilla moldeable en sus manos ávidas de plusvalías, al determinar y definir un mundo de falsa satisfacción utilizando la permanente mentira publicitaria y al ignorar hasta el abandono ignominioso a aquellos que no poseen recursos para la compra, el capitalismo, digo, también ha demostrado con creces su incompatibilidad con una sociedad que practique el auténtico espíritu democrático. Quizá la democracia no sea un sistema de gobierno, sino un camino aún sin arreglar, una vereda todavía cubierta de muchas y espinosas malezas, una vía incompatible con sistemas que favorezcan la represión, la deshumanización y el pensamiento dirigido y único.
La democracia se ha impuesto como palabra, pero no como valor de referencia. Dudemos para avanzar.
Fulgencio Argüelles. Psicólogo y escritor.

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