El pasado 25 de octubre Valencia inauguró su temporada de ópera por todo lo alto, con un Fidelio que cantaron Waltraud Meier, Peter Seiffert y Matti Salminen bajo la batuta de Zubin Mehta. Si el reparto fue de campanillas, el escenario no se quedó atrás: la ciudad estrenaba el espectacular Palau de les Arts, obra del arquitecto Calatrava, cuyo coste ronda la módica suma de 300 millones de euros.

La oposición socialista habló de "auténtico despilfarro". Pero desde las filas populares, que dominan la Generalitat y el Ayuntamiento de Valencia, se subrayó la ambición del proyecto operístico, que en esta primera temporada se concreta en un presupuesto de más de 55 millones de euros, y embarca a estrellas como Lorin Maazel, Milos Forman, Plácido Domingo o Lluís Pasqual.

Todo funcionó correctamente los primeros días. Pero el sábado 2 de diciembre se averió la plataforma móvil situada en el centro del escenario, que quedó atascada catorce metros por debajo de las tablas, en las simas de la caja escénica. Más o menos, como queda una persiana vieja cuando se rompe la correa: inmovilizada a media ventana e inclinada.

Por desgracia, las similitudes entre un mecanismo y el otro acaban aquí. Porque la persiana es poca cosa y se arregla en un pispás. Pero lo de la plataforma móvil - con sus 289 metros cuadrados de superficie, sus 27 millones de euros de coste y sus muchas toneladas de peso- va para largo. De momento, el escenario del Palau de les Arts es un inmenso e impracticable cráter.

De modo que el domingo 3 se suspendió la representación de La Bohème. El lunes 4 se suspendió un recital de Ana María Sánchez. El martes 5 se reconoció que no había manera de reparar la plataforma móvil antes de fin de temporada, por lo que algunas obras iban a caerse del cartel, y otras se salvarían mediante la construcción de una plataforma fija provisional. Y ya el miércoles 6, en un rapto de optimismo, se afirmó que Don Giovanni se estrenaría a tiempo, el 16 de diciembre, "aprovechando una parte de la amplia superficie del foso" de la orquesta, "lo que producirá una gran cercanía de los cantantes con el público que exaltará la teatralidad de la representación". Pues qué bien: la avería, al decir de la Generalitat valenciana, va a resultar una bendición.

Otras fuentes se empeñan en observar el caso desde otra óptica, y censuran la desmesura del plan operístico valenciano. Consideran desproporcionado que el Palau de les Arts arranque con un presupuesto superior al de instituciones como el Reina Sofía o el Prado; que supere también el del Liceu de Barcelona o el del Real Madrid, o que cada una de sus funciones cueste el doble que las de estos coliseos; y que la aportación pública para sufragarlo roce el 80%. Por último, recuerdan que la inauguración del Palau de les Arts se produjo, desoyendo el consejo de los técnicos, antes de realizar las pruebas que requiere una instalación de esta complejidad.

Hacer las cosas a lo grande, o incluso con prisas, es una opción. En Valencia, donde ya se lanzaron otras empresas culturales públicas muy bien dotadas, como el festival teatral de Sagunt o la Bienal de Arte, hay experiencia en la materia. Ahora bien, no conviene olvidar que el faraonismo presenta un riesgo: rige lo mismo para los éxitos que para los fiascos. Y eso es lo que representa la avería del Palau de les Arts: un fiasco de dimensiones piramidales. Subsanable con tiempo y dinero, sí. Pero a todas luces enorme.