PREGUERIAS
El Gobierno es ya definitivamente libre de actuar pero también es único responsable de lo que haga - La constitución de las mesas de negociación que propuso Otegi ha perdido ya su viso de ilicitud - El Supremo ha abierto un camino por el que el presidente ha de circular solo y sin muletas
No es que abran un camino, es que abren dos. Las precisiones hechas por el Tribunal Supremo van a permitir al Gobierno hacer su recorrido más ligero de equipaje, aunque también le dejan más desnudo para hacer su arriesgado trayecto. Y no sabemos si el resultado final va a resultar mejor o peor para su estrategia.
La resolución del Tribunal ha devuelto al ámbito político el debate sobre las reuniones que los dirigentes socialistas y nacionalistas vienen celebrando desde hace años con los representantes de Batasuna, un partido declarado ilegal en su día por el propio Supremo. Los magistrados han clarificado el panorama y se han negado a admitir que las decisiones políticas de un Gobierno deban ser controladas por los tribunales. Otra cosa habría sido si la querella de Manos Limpias se hubiese planteado contra la actividad política y pública de Batasuna, pero ésa no es ahora la cuestión.
La cuestión es que tuvo mucha razón la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, cuando dijo el viernes pasado que la resolución de la Sala Segunda «abre un camino». Para empezar, abre el camino para que los encuentros con el partido ilegalizado puedan ser todo lo frecuentes que quieran los líderes del PSOE y del PNV y todo lo públicos que deseen. Abre el camino también para que la iniciativa de constitución de las dos mesas que propuso Batasuna y cuya aceptación por el Gobierno ha sido tan intensamente criticada por la oposición pierda ese viso de clandestinidad vergonzantemente ilícita que la había acompañado hasta ahora.
Eso significa que el proyecto de las dos mesas puede ser abordado ya desde un exclusivo punto de vista político y constitucional, con todo lo que ello suponga. Y significa también que, levantado el techo de la sanción judicial, queda en las exclusivas manos de los partidos y del presidente del Gobierno la decisión de constituir esos foros de negociación extraparlamentaria en los que se va a hablar de cambiar el estatuto jurídico y político del País Vasco, de la autodeterminación y de la anexión de Navarra, que son las exigencias de ETA que ha vuelto a repetir entre amenazas en su ultimo boletín interno, del que EL MUNDO informaba con detalle ayer.
Ahora, pues, el Gobierno es definitivamente libre de actuar. Tan libre como responsable único. Ya tiene el camino judicial despejado para celebrar cuantos encuentros crea convenientes en cualquiera de los formatos posibles. Ya solamente tiene enfrente la rotunda negativa política del principal y único partido de oposición.
Todo lo que haga o deje de hacer, todo lo que admita y todo lo que niegue en esas conversaciones será de su exclusiva competencia y serán los ciudadanos quienes observen, juzguen y sancionen las decisiones que vaya a adoptar. No los jueces, que han dejado muy claro que reunirse con ETA y con Batasuna, que son lo mismo, no es delito y que las políticas gubernamentales no están sometidas a su control.
Ahora vuelve a tener sentido, aunque muy distinto del que tuvo entonces, aquella vieja y famosísima canción de Moncho Alpuente que decía Adelante hombre del 600, la carretera nacional es tuya. En el caso que nos ocupa, es cierto que el camino del que habla la vicepresidenta es la carretera de la política nacional que, por decisión de los tribunales, ha quedado expedita de señales de Prohibido. Toda la vía está ya a disposición de José Luis Rodríguez Zapatero. La carretera nacional es suya.
Pero es muy probable que, al alivio que habrá supuesto para el presidente del Gobierno el levantamiento de ese obstáculo, se haya añadido el peso de una mucho mayor soledad en la medida en que ya no tiene la posibilidad de remitirse a una autoridad ajena a él que, en nombre de la ley, pudiera no permitirle ir por derecho a una negociación, ni siquiera si es una negociación política. Ahora ya puede hacerlo. Con muertos, sin muertos, con Zutabes o sin ellos, con terrorismo urbano o con cartas de extorsión. Nada, salvo sus propias posiciones y lo que la opinión pública determine en las urnas, le impide actuar. Claro que se le ha abierto un camino, pero va solo y sin muletas, dependiente de su propia capacidad para llegar a su término.
También es verdad que el Gobierno y los partidos nacionalistas han perdido, precisamente por esa resolución, una buena coartada: la de esgrimir ante los terroristas el supuesto esfuerzo heroico que suponía mantener su apuesta negociadora frente al formidable peso de oposición no únicamente del PP sino de la ley y de los tribunales, que son palabras mayores. El trabajo de aproximación a los planteamientos de los proetarras ha perdido parte de su épica: ya no será posible argüir que la Justicia no permite ciertas cosas, o que los jueces están en contra del proceso. Ahora ya van a pelo.
Todo lo cual dibuja a su vez un escenario distinto en lo que se refiere al «acoso judicial», que es como califica ETA el cumplimiento de la ley. En ese sentido, la resolución del Tribunal Supremo puede haber abierto otra senda: la que permitiría al Gobierno confrontar la no prohibición judicial de sus reuniones con los proetarras con las auténticas pretensiones de los terroristas y de su brazo político. Ahora debería verse si Otegi y los suyos siguen enarbolando la «animadversión» del poder judicial al proceso para justificar que la banda no renuncie definitivamente al asesinato. Y, en ese sentido, parece que la Sala Segunda ha dado al Gobierno una oportunidad para mantener su esperanza de volver a abrir un espacio de encuentro con ETA. Eso explicaría el que, varios días después de que EL MUNDO desvelara que la banda terrorista había suspendido la cita prevista para agosto pasado, José Blanco haya salido a desautorizar de plano al dirigente socialista vasco José Antonio Pastor, que se había limitado a confirmar lo publicado por este periódico. Quizá sea porque en este momento no conviene al Gobierno incomodar a sus futuros interlocutores con informaciones molestas.
El resultado de todos estos movimientos es que el paisaje se va despejando lentamente de arbustos tras los que esconderse y se va quedando cada vez más pelado. Pronto sólo quedarán a la vista unos pocos individuos negociando en mitad de la pradera.
victoria.prego@elmundo.es
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