VII GUERRAS EN LA MEMORIA DE LA VANGUARDIA
Aguiluchos de la FAI y perfume a camionero en el corazón de Los Monegros
Es la última alarma antiaérea de la guerra civil española. Cada día, a la una en punto de la tarde, en Bujaraloz siguen activando la sirena instalada por los republicanos. Las tiendas cierran y los talleres bajan las persianas: todo el pueblo se paraliza para comer.
"Sobre nuestras cabezas - relataba en agosto de 1936 el primer reportero de La Vanguardia en el frente- evoluciona un avión que se eleva y desaparece en dirección a Quinto, donde, antes de bombardear, ha lanzado millares de proclamas invitando a los rebeldes a rendirse. Como puede verse, nuestras fuerzas recurren a todos los medios para evitar derramamiento de sangre. Pero - concluía Francisco Carrasco de la Rubia- como la razón y la fuerza están de nuestra parte, entraremos en Quinto, aunque para ello sea necesario arrasarlo todo".
Ningún problema, reportero: lo que no arrasaron las bombas lo está arrasando el tiempo y la indiferencia. Los Monegros van diluyendo sus rastros de la guerra civil exceptuando (curiosamente) la alarma antiaérea reconvertida en sirena gastronómica.
- Podría estar conservado y no lo está. En Alcubierre han restaurado alguna cosa porque allí estuvo George Orwell. Pero Orwell no estuvo en Bujaraloz- se lamenta José Manuel Arcal mostrando una de las cuevas escarbadas bajo lomas de yeso que hacían de refugios antiaéreos-.
José Manuel es autor del libro esencial para esta comarca - Bujaraloz, 1205. VIII centenario de su fundación,Centro de Estudios del Bajo Aragón- y el único que por aquí cultiva la memoria.
- Bujaraloz - dice- se fundó tomando como referencia Els Costums de Lleida.
Sabor a Corona de Aragón y Vías Augustas: a carretera Nacional II y autopista AP-2. Por el retrovisor no se ven las trincheras y nidos de ametralladora que lluvia y viento van borrando del relieve. Sólo se recorta un perfil: el toro Osborne de Candasnos donde se filmó Jamón Jamón.
"Un miliciano - relataba un día el periodista- mira serenamente el lugar en que truena el cañón de los facciosos y, alzando el puño, dice lacónicamente:
- Pronto callarás".
Casi acertó. En 1938 los nacionales sobrepasaron Bujaraloz a la velocidad de un AVE que también cruza la comarca sin detenerse. Con el tren supersónico de fondo, por el páramo monegrino camina hoy un hombre.
- Debe ser un peregrino a Santiago, por aquí pasa un camino - dice José Manuel-.
"La jornada de hoy ha sido más activa - explicaba otro día nuestro reportero-. Hubo fuego abundante, y ha habido momentos en que creíamos que sería necesario emplear el fusil que desde ayer llevo en bandolera".
"A la entrada de Pina vemos un autocar volcado sobre la cuneta, que está totalmente perforado por proyectiles de ametralladora.
Nos asomamos al interior y vemos grandes manchas de sangre".
- Al cura de Bujaraloz no lo mataron los de fuera - afirma José Manuel-. Lo mataron los del comité antifascista del pueblo cuando Durruti no estaba. Es triste pero es así. Son cosas que la gente no quiere recordar y por eso no quiero hacer más entrevistas a la gente mayor del pueblo.
Durante la guerra, la plaza de Bujaraloz se llamó Buenaventura Durruti, el dirigente anarquista de la FAI y responsable de que por estas comarcas - por primera y última vez en Occidente- se aboliera la moneda. Hoy, la misma plaza lleva el nombre de Ramon Artigas, el bujaralocense que tras la guerra estampó su firma en todos los billetes de peseta: fue gobernador del Banco de España.
Un día, Durruti invitó al reportero de La Vanguardia a recorrer el frente en su coche.
"Oyendo hablar a Durruti - escribe- se siente uno como dominado por la fuerza persuasiva de su verbo cálido, y la sangre se enciende en las venas (...) Sólo tiene un defecto: que es impenetrable. No hay manera de enterarse nunca de lo que se prepara".
Por el camino, Durruti se encuentra a un hombre mayor detenido por sus milicianos y separado del burro en el que viajaba.
- ¿Cómo se llama, amigo? - le pregunta Durruti-.
"El viejo saca un papel muy sucio, doblado, en el que el alcalde de Tabernas (Almería) certifica que es natural de dicha población - relata el reportero-. Entre las dobleces del documento Durruti encuentra una pequeña medalla con la efigie de Jesús. Los chicos la cogen y le gastan algunas chirigotas al aturdido viejo, que no sabe qué hacer".
- ¿De dónde viene? - continúa Durruti-.
- De Zaragoza. Quería ir a Barcelona. Allí tengo una hija que hace mucho tiempo que no la veo.
- ¿Cómo ha podido llegar hasta aquí? ¿No comprende que le podían haber matado?
- No, señor. Yo soy un hombre tranquilo. No llevo encima ninguna navajita. A la salida de Zaragoza me encontré a la Guardia Civil y me dijo que no viniera, que aquí estaban los revolucionarios y me fusilarían. Pero yo seguí, y ahora quiero que me den mi borrico, que hace mucho tiempo que lo tengo, y me iré para Barcelona.
"Durruti, al ver al pobre viejo tan harapiento y descalzo, le da unas alpargatas y una chaqueta, le da 25 duros y le pone en un coche hasta Lérida para tomar gratuitamente el tren hacia Barcelona".
Setenta años después, busco a alguien que haya conocido a Durruti, y en el bar del centro de la tercera edad Virgen de Pilar encuentro a Manuel Berenguer, de 88 años.
- Pues muy sano era, las cosas como son - afirma con un fuerte acento aragonés-. Era recio. Les teníamos que dar vino porque aquí era el comunismo. En Caspe no era el comunismo. Durruti era sano, algunos no lo eran. Aquí había mucho jaleo, había muchos coches de todos los colores. Llenaban cantimploras...
Durruti tuvo su cuartel general en la venta de Santa Lucía, en la carretera de Bujaraloz a Pina. Parada y fonda obligatoria.
- Es que aquí la historia no nos gusta mucho - comenta el nieto de la venta rebuscando una foto antigua que dice que tienen pero que no encuentran por ninguna parte-.
El restaurante está lleno de camioneros ibéricos y eslavos, ciudadanos todos de la Nacional II. Comen sin saber que los aguiluchos de la FAI tomaban en este comedor sus buenos tragos de vino. Ni los aguiluchos sospechaban que, camino de Barcelona, Felipe II comió donde ellos giraban el mundo.
"En la venta de Santa Lucía - relata Enrique Cock, arquero del Rey- quedó su Majestad a comer y vió con el Duque y el Príncipe y sus hijas dançar a los labradores".
Hoy, en Santa Lucía se respira a cabina de Pegaso, venden encendedores en forma de pistola, ofrecen desgastados CD con jotas y sirven jamón a un camionero lituano.
Y, para terminar, gambitas.
Resulta que unos científicos de la Complutense descubrieron en unas salinas de Bujaraloz - agua de lluvia, sales de la tierra- unas gambas microscópicas que sólo existen en el mar Muerto y justo aquí, en Bujaraloz.
- Si fuera por los del pueblo, ni las gambas quedarían. Aquí desaparece todo, todo, todo... - insiste José Manuel-.
De Los Monegros han desaparecido incluso los cojones del toro de Jamón Jamón.Se los llevó Bigas Luna. "Es - confiesa el director- uno de mis mejores tesoros".
Efectivamente, flotamos por un sensualísimo mar Muerto sin mar.
"A los lados de la carretera - escribía un día el reportero- se ven bastantes montones de tierra que ocultan a la mirada de los cuervos los cadáveres de muchos fascistas".

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