Trident y las murallas de Cáceres, de Melvyn Krauss en Expansión
Hace poco estuve en una conferencia en Cáceres con uno de los asesores de Tony Blair en Downing Street. Fuimos de paseo por la preciosa ciudad extremeña con un guía de la localidad y él nos explicó que las sólidas murallas defensivas se remontan al siglo XVIII cuando se hizo una renovación total, aunque por entonces ya no había amenaza de guerra.
Yo le comenté que recordaba mucho al proyecto actual del Gobierno británico, que estaba a punto de gastar un montón de dinero en un sistema nuclear de defensa –precisamente la actualización del sistema Trident– en contra de una amenaza inexistente. Mi compañero de Downing Street se enfadó brevemente y exclamó “No, no la actualización de Trident es esencial para la seguridad del Reino Unido en el futuro.”
El Gobierno británico ya ha anunciado oficialmente que pretende seguir adelante con la renovación de los submarinos y misiles nucleares Trident. Pero es una decisión arraigada tanto en la psicología del pasado como en las futuras necesidades de la defensa del reino.
La decisión para construir armas atómicas independientes fue tomada en una reunión secreta presidida por el entonces primer ministro Clement Attlee en 1947. Ni se le informó al Parlamento ni a la mayoría del gabinete. “No son de fiar”, dijo en su escueto estilo propio, aunque probablemente daba voz alta a un sentimiento compartido por muchos primeros ministros sobre sus colegas.
El razonamiento de Attlee sobre un arma nuclear británica tenía como telón de fondo la Guerra Fría. Se sabía que la URRS estaba desarrollando su capacidad nuclear y a Attlee le parecía imprescindible que el Reino Unido tuviera su propio sistema de defensa nuclear. En aquella época no estaba nada claro que EEUU ayudaría al Reino Unido o a Europa si eran atacados. La lógica de la Guerra Fría se basaba en un concepto de destrucción mutua asegurada (MAD en sus siglas en inglés, que significa loco).
Todos tenían claro que cualquier intercambio nuclear les llevaría a la aniquilación total. Y esto fue suficiente para garantizar que no se usarían nunca. Pero la Guerra Fría terminó hace quince años y, desde entonces, varios países desde Ukrania hasta Sudáfrica se han desecho de sus armas nucleares, y los demás tienen una capacidad muchísimo inferior a la que tenían.
Si vamos más allá de los países con capacidad nuclear para analizar las amenazas a la seguridad en el mundo actual, la lógica de MAD ya no funciona bien. El mismísimo Tony Blair ha descrito terrorismo y los Estados fallidos como “la amenaza más importante a la seguridad del mundo en el siglo XXI”. Si él tiene razón, no está nada claro cómo un sistema nuclear renovado nos va a ayudar a mantener la seguridad. EEUU y el Reino Unido han sufrido las consecuencias de ataques terroristas a pesar de sus arsenales de armas nucleares.
Tampoco parece probable que la política de disuasión nuclear va ser muy eficaz contra unos terroristas suicidas o regímenes fanáticos si éstos obtienen armas nucleares propias en el futuro. De hecho, es probable que ellos evaluasen las represalias como una consecuencia positiva con valor añadido.
Seguridad y estabilidad
Tenemos que pensar de nuevo si queremos enfrentar con éxito unos de los retos que amenazan nuestra seguridad en el futuro. Blair tiene razón en identificar el terrorismo como un amenaza grave, pero también hay muchas otras que plantean problemas para la seguridad y estabilidad del mundo. Se calcula que la población de la tierra va a crecer de los seis billones de personas actuales a casi diez billones en 2050 y esto conllevará consecuencias importantes en términos de recursos.
El cambio climático afectará la agricultura y la cadena alimentaria. A medida que las economías emergentes como China y la India vayan desarrollándose habrá una competencia cada vez más feroz para los escasos recursos como la energía –concretamente petróleo y gas–, hasta el agua. Todos ellos son retos reales y previsibles. Exigen debates importantes, nuevas formas de pensar y sobre todo necesitarán mecanismos y niveles de cooperación internacional sin precedentes, si queremos solucionarlos con éxito.
Mientras tanto, la renovación del sistema nuclear Trident proporcionará una solución costosa –se estima que el coste final será alrededor de 40.000 millones de euros– para un problema que se ha visto superado por otros y que quizás ya no existe. Es muy probable que el Gobierno británico va a seguir adelante con la renovación por razones propias. Pero esto no significa que el sistema nuevo vaya a proporcionar mucha más seguridad que las murallas de Cáceres.
Melvyn Krauss. Miembro de la Hoover Institution, Universidad de Stanford.
