No acabó en pánico, ni es el Transiberiano exactamente, pero ha sido lo más parecido a aquella película española así titulada, dirigida por un tal Gene Martin -en realidad, Eugenio Martín-, y con Peter Cushing, Christopher Lee, Telly Savalas -Kojak-, Helga Line y Silvia Tortosa en el elenco actoral. «Pánico en el Transiberiano», serie «B» total, iba de un interminable viaje en tren en el que un geólogo trasladaba desde Manchuria el cadáver de un homínido congelado que revivía, salía de su cajón y la armaba.

También la armaron hace unos días dos individuos que narcotizaron con sprays, antes de desvalijarlas, a varias viajeras del tren Barcelona-Gijón, que, junto a la relación que une Vigo y La Coruña a la Ciudad Condal, es el ferrocarril que cubre la mayor distancia kilométrica de España, con unas trece horas de viaje desde la estación de Jovellanos a la de Sants, después de atravesar nueve o diez provincias. Por su parte, los gallegos tardan dieciséis horas, que serán diecisiete en cuanto cambien el huso horario.

Para hacernos una idea, trece o dieciséis horas es lo que se tarda en viajar en avión a Los Ángeles, y con generosas escalas, o a Brasil y a otros lugares australes del Cono Sur.

Éste es el Transiberiano español, al que aquí nos hemos referido en otras ocasiones, y que supone la trituración del concepto de líneas transversales, esas mismas que pretende fomentar el Ministerio de Fomento, caso del Corredor del Mediterráneo, el del Ebro, las conexiones con Portugal, o el no-AVE del Cantábrico, que por ahora nos niegan de modo descarado.

Precisamente ese AVE norteño ayudaría a reducir esa conexión tremenda con Barcelona, pero habrá que esperar lustros a que el Ministerio se percate del error y de la discriminación cometida con Asturias y sus vecinos de Cordillera. Evidentemente, en un viaje como el del Transiberiano español, da tiempo a que sucedan todo tipo de maldades, como la referida. No hubo pánico, pero lo que nos aterra es que un tren así no vaya a tener arreglo.