El aniversario de Alfredo Mendizábal, de Benjamín Rivaya en La Nueva España
En Asturias y, más en concreto, en la Universidad de Oviedo, hay muchas razones para recordar y homenajear a Alfredo Mendizábal, más allá de que se cumplan este año los veinticinco desde su fallecimiento en 1981, en Almería. El recuerdo es más merecido aún cuando aquí resulta un desconocido para casi todos. Valga el esbozo de su biografía para justificar lo que digo.
Alfredo había nacido en Zaragoza, en 1897, el mismo año que su padre obtenía la cátedra de Elementos de Derecho Natural. El dato es fundamental porque Luis Mendizábal crearía escuela y porque mantuvo en España una doctrina iusnaturalista cristiana, pero modernizada, abierta a las corrientes foráneas. Con premio extraordinario, Alfredo se licencia en 1917, gana unas oposiciones de técnico de la Administración y trabaja en su tesis sobre Derecho Internacional. Pero su primer trabajo, con el que gana el certamen de la Universidad de Salamanca sobre el pensamiento de Tomás de Aquino, lo dedica a la teoría de la justicia de éste. Ya entonces proclama su «ferviente adhesión a las doctrinas de Doctor Angélico». En 1926 se presenta y obtiene la cátedra todavía llamada de Elementos de Derecho Natural de la Universidad de Oviedo.
Ya en Asturias, Alfredo Mendizábal sigue desarrollando sus estudios de signo tomista, pero llegando a conclusiones que a muchos les resultarían llamativas: la defensa del Estado de Derecho, la democracia, el principio de igualdad y la no violencia. O Estado de Derecho o un «sistema legal de coacción», venía a decir. Su opción no resultaba ajena a la anómala situación que vivía España, bajo la dictadura de Primo de Rivera, y es que Alfredo se integraba en el grupo que dirigía Ángel Ossorio, que tanto leía en clave democrática a Tomás de Aquino como luchaba contra la dictadura. Como los demás seguidores de Ossorio, el monárquico sin rey, saludaría con entusiasmo a la nueva República, integrándose al comienzo en la Derecha Liberal Republicana de Alcalá Zamora y Miguel Maura. A la vez, sus trabajos comienzan a ser políticamente más comprometidos: en 1933 expresa su radical crítica que le merecen el nazismo y el comunismo (sus artículos sobre el fascismo alemán fueron los primeros que se publicaron en España); en 1934 vuelve a deslegitimar las concepciones nazis, a la vez que el conservadurismo estrecho, incapaz de comprender la realidad que no se aviene con sus intereses; en 1935 de nuevo arremete contra el fascismo; y el mismo año que comienza la guerra civil manifiesta a las claras su postura, que disiente tanto de cualquier tipo de extremismo como de toda praxis política interesada, que no tiene en cuenta el bien común.
Pero no todo fue teoría. En 1934 Alfredo sufrió directamente la revolución. Hasta podríamos reconstruir su peripecia en aquel Oviedo revolucionario. Cuando los mineros entraron en la capital, se refugió con un grupo en el Hotel Inglés, que hacía esquina con las calles Fruela y San Francisco. Desde allí pudo ver cómo los mineros tomaban el palacio de la Diputación. Luego entraron en el hotel: parece que mataron a algunos y, tras decidir no pasar por las armas a los demás, Alfredo entre ellos, detuvieron a los allí escondidos, repartiéndolos en viviendas y locales que hicieron las veces de centros de detención. Prisionero en una pensión de la calle Fruela, Mendizábal hizo llegar una nota a Teodomiro Menéndez en la que le contaba lo sucedido. El dirigente socialista le contestó inmediatamente que no estaba arrestado y que tuviera a sus captores, con quienes entablaría amistad, por una «guardia roja» para su protección. Tras los sucesos revolucionarios, Mendizábal abogó por una política de perdón y sacrifico, a la vez que reaccionó agriamente contra quienes desde la derecha justificaban la lucha de clases, aquellos que sin haber sufrido ningún daño exigían venganza. Entre los sectores conservadores, de los que se alejaba cada vez más, su postura fue incomprendida y censurada: había que desarmar la revolución y dijo que eso exigía, más que hacerla imposible, que reprimirla, hacerla impensable, lo que requería que los poderosos modificasen su actitud hacia los humildes. Junto con Maximiliano Arboleya, José Gafo y otros formó parte de la Comisión Social Diocesana, creada tras octubre por el obispo de Oviedo para propagar la doctrina social de la iglesia.
A estas alturas ya era un caso aparte: en lo político, un democristiano avanzado, demasiado avanzado; en lo filosófico, un tomista seguidor de Maritain, de quien sería íntimo amigo y a quien traduciría. De hecho, si a alguien se le debe llamar el «Maritain español» no es a Bergamín, como a veces se ha hecho (con quien colaboró, por cierto, en el interesante proyecto de «Cruz y Raya»), sino a Mendizábal, que también se integraba en el mouneriano grupo de Amigos de «Esprit», dirigido por su inseparable José María Semprún, el padre de Jorge Semprún. Así las cosas, el 18 de julio de 1936, Alfredo se encontraba en París, dedicado al estudio. Acertadamente (visto lo que le ocurrió a su compañero y amigo Leopoldo Alas, por ejemplo), decidió no volver y se dedicó a dirigir muy activamente el Comité español por la paz civil, organismo análogo al francés y al inglés, donde militaban Maritain y Sturzo, respectivamente. También a preparar su libro sobre los tiempos previos a la guerra, «Aux origines d'une tragédie», que prologaría Maritain. Por cierto, que esta obra se tradujo prontamente al inglés y al sueco, pero a estas alturas aún no está traducido al castellano. Aunque sin duda atribuía mayor responsabilidad a los alzados en armas, su opción por la paz le llevó a no adherirse a uno ni otro bando. Cuando José Gaos, representando al Frente Popular, le pidió que se uniera a la causa republicana, le dijo que no, que abominaba del milicianismo y del militarismo que habían intoxicado de mitos bélicos a la juventud, y que no pensaba dedicarse a «cazar» a sus hermanos en el frente ni a colaborar con la propaganda en que se había convertido la cultura. Le condenaron desde ambas partes: los sublevados le sancionaron separándole definitivamente de la cátedra por, entre otras razones, ser discípulo de Ossorio y Gallardo, por ser un católico terco y tenaz, «de los que discuten hasta al Sumo Pontífice» y por haber pedido el indulto para Teodomiro Menéndez y González Peña; y la misma medida tomó el otro bando, el Ministerio de Instrucción Pública, dirigido por Jesús Hernández y Wenceslao Roces. Sus amigos de uno y otro signo también lo repudiaron: nada menos que Ossorio, su maestro político, dijo que en semejantes momentos ser tan «ecuánime» era censurable; Legaz Lacambra, que provenía de la escuela de su padre y amigo suyo, convertido al fascismo, le acusó de «demócrata». Parece que en los círculos vaticanos también fue condenada su actitud. Con el paso del tiempo, qué curioso, sería reivindicando por casi todos como un referente moral: desde Ossorio hasta la Pasionaria pasando por algunos católicos del régimen de Franco.
Al término de la guerra, el balance personal no podía ser más lamentable: su madre se encontraba enferma y necesitada en Madrid (Alfredo le enviaba paquetes de comida desde Francia), algún familiar suyo había sido fusilado por los republicanos, y él malviviendo en París. Se marchó a Nueva York a dar clases, pero pronto tuvo que dejar la docencia y dedicarse a tareas administrativas en algún organismo de la ONU, primero en América y luego, a partir de 1953, en Europa. En el ámbito doctrinal, su última aparición se produjo en 1966, cuando reeditó su traducción de «Humanisme integral», de Maritain. Con el paso del tiempo, no sé cuándo, volvió a España. Hace unos días, un joven doctorando de la Universidad de Oviedo que precisamente trabaja sobre la historia de ésta en el siglo XX, Rafael Sempau, me daba la noticia de que Alfredo dejó escritas unas memorias que cuanto antes deberían dejar de ser inéditas. Miro las fechas y me doy cuenta de que hace 25 años del fallecimiento de Alfredo Mendizábal.
Benjamín Rivaya, profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad de Oviedo.
