Los líderes africanos dejaron la Conferencia Ministerial de la semana pasada con sus contrapartes europeas en Trípoli sin haber obtenido el fondo especial para la migración que habían anhelado.
Louis Michel, el comisario europeo para el desarrollo, reiteró el compromiso europeo de aumentar la cantidad total de ayuda exterior proporcionada a los países africanos, pero argumentó que un fondo especial pondría en riesgo la capacidad de las naciones europeas de cumplir con los compromisos ya existentes. Quizás no sea tan grave: aunque más ayuda será necesaria para mejor extender los beneficios asociados con la migración, la idea de aumentar la ayuda europea para frenar la migración africana –y es ésa la idea fundamental de tal fondo– no rendiría los frutos esperados.
No fue el encuentro libio la primera vez que líderes africanos y europeos hicieron la conexión entre un incremento de la ayuda exterior y la reducción de la inmigración. De hecho, difundieron el mismo mensaje en otra conferencia euro-africana en Marruecos en julio, y tales preocupaciones yacían ciertamente detrás de unos nuevos programas de ayuda anunciados por las autoridades españolas en Rabat y Dakar. La ecuación ayuda-inmigración seguramente será invocada de nuevo, dado su atractivo político.
Los líderes europeos pueden así demostrar que afrontan unos graves problemas del mercado de trabajo doméstico que sus conciudadanos creen exacerbados por la inmigración, al tiempo que plantean una justificación constructiva para la ayuda exterior. Los líderes africanos dirigen la atención mundial hacia la necesidad de mejorar las oportunidades de empleo en sus países, mientras recaudan recursos urgentemente necesarios para fomentar el progreso económico. El problema es que la ecuación ayuda-reducción de la inmigración es casi ciertamente incorrecta. La lógica es la siguiente. La ayuda exterior que fluye de los países europeos a los países africanos promueve el desarrollo económico en estos últimos. El desarrollo económico y la reducción de la pobreza, a su vez, disuaden a emigrantes potenciales de partir. Las pruebas para ambas partes de esta historia son débiles.
En primer lugar, no hay relación automática entre la ayuda y el crecimiento económico, especialmente para los países más pobres.
Desarrollo económico
En segundo lugar, el impacto del desarrollo económico sobre la migración es aún menos seguro. De hecho, hay muchos ejemplos donde mayor ingreso está ligado a más migración, por lo menos en el corto a mediano plazo. Esto tiene sentido: los emigrantes potenciales de países pobres pueden no disponer de los recursos necesarios para emprender un viaje costoso a otro país, pero cuando sus ingresos aumentan, sus oportunidades de emigrar se amplían a la par. Desde otro punto de vista, utilizar la ayuda como dispositivo para conseguir la cooperación de los países en vías de desarrollo en el control de la migración irregular, como se sugiere a veces, estaría plagado de dificultades. El control de la frontera de la emigración es por lo menos tan difícil como el control de la frontera de la inmigración, especialmente para países con recursos limitados. Por otra parte, el objetivo principal de la ayuda al desarrollo debe seguir siendo la reducción de la pobreza, y los países más pobres no son actores importantes en la migración a los países de la OCDE: entre las fuentes más grandes de la emigración a la OCDE figuran países relativamente más prósperos de América Latina, Europa y la región mediterránea. Desviar más ayuda hacia estos países relativamente más ricos para influenciar sus patrones de migración implicaría reducir la ayuda para otros países más pobres. Lo que sí hace falta –más que ayuda– es una gestión más eficiente del fenómeno de la migración.
Países africanos
El punto de partida es un acuerdo explícito de asociación para la migración entre los países implicados. Por su parte, los países africanos tendrán que integrar la migración dentro de sus estrategias de crecimiento y de desarrollo. Por ejemplo, los gobiernos africanos deben abordar las dimensiones de la migración y de las remesas en las Estrategias de Reducción de la Pobreza que preparan como parte de sus relaciones con el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. En este esfuerzo, la ayuda será útil. De hecho, la ayuda se podría movilizar para disminuir los efectos nefastos de la llamada fuga de cerebros –el éxodo a los países ricos de doctores, de enfermeras y de profesores tan necesarios en sus países de origen. El reforzamiento de la capacidad en los sectores de la salud y de la educación ayudaría a países africanos a conservar trabajadores cualificados, facilitaría su movimiento circular (entre Europa y África) en vez de la emigración definitiva, y fortalecería la oferta de tales trabajadores.
¿Además de ayuda, qué traerían los países europeos a un tal acuerdo?
Una palanca para Europa son las políticas de admisiones de inmigrantes. Aunque no pueden controlar totalmente la cantidad ni la composición de los flujos migratorios –lejos de ello– las reglas sobre la entrada legal, la residencia y el acceso al trabajo son instrumentos de gran alcance para maximizar los beneficios de la migración para los países europeos y africanos. Son especialmente relevantes las medidas, como visados de entrada múltiple, que favorecen la migración circular. Las oportunidades crecientes para la migración estacional o repetida podrían reducir los incentivos para la inmigración ilegal. Y hay ventajas adicionales para los países africanos. Los emigrantes estacionales y temporales suelen ahorrar más y envían una mayor parte de sus ganancias a sus familias que los emigrantes permanentes. Los emigrantes que regresan a su país traen consigo nuevas habilidades al mercado de trabajo. Por otra parte, la migración circular crea probablemente menos tensiones para los países receptores más ricos.
Más que procurar retardar o parar la inmigración, nuestros esfuerzos deberían estar centrados en gestionarla eficazmente para aumentar los beneficios y reducir los riesgos asociados a la migración de hoy. Y la ayuda europea ayudará a consolidar las ventajas para todos los actores. Pero proponer más ayuda para impedir estos flujos cada vez mayores es una solución incompleta, que creará expectativas que no puede satisfacer.

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