VII GUERRAS EN LA MEMORIA DE LA VANGUARDIA

Lluvia de pólvora y pétalos sobre la ciudad más fría de Polonia

Santo! ¡Santo! ¡Santo!... ¡Dios de los Ejércitos Celestiales!...". Parece un ritual de vestales romanas: las niñas abren la procesión de Corpus gritando tres veces ¡Santo! mientras agarran flores trituradas de sus cestos y bombardean el suelo con ritmo y pétalos al grito final de ¡Ejércitos Celestiales!

No siempre han llovido pétalos de rosa sobre la plaza mayor de Suwalki.

No, en todo caso, el 10 de febrero de 1915. Ese día, un aviador alemán, rubio y muy joven despegó con su biplano del aeródromo de Goldap, en Prusia Oriental. Volaba hacia Suwalki, en la Rusia polaca, a escasos kilómetros de distancia.

Era primera hora de la tarde, el cielo estaba encapotado y desde las alturas - volaba a mil metros de altitud- contempló enormes bosques y lagos enterrados en la nieve.

Al llegar a la vertical de Suwalki, el piloto alemán maniobró para situar su biplano sobre el centro urbano. Y, en la vertical de la plaza mayor, arrojó tres bombas.

El aviador regresó a Goldap, y por la noche relató su vuelo al enviado especial de La Vanguardia en el frente oriental. Lo hizo cenando, y hablando en español con Enrique Domínguez Rodiño: la guerra pilló al joven aviador trabajando para un banco alemán en Buenos Aires.

Difícilmente esas tres bombas, lanzadas a plomo del cielo a la tierra, provocaron ninguna masacre en la enorme plaza de Suwalki. Y si hubieran matado a alguien, tampoco ya nadie se acordaría de ello. Pero era la primera vez - y quizá también la última- que un aviador explicaba en primera persona a La Vanguardia su bombardeo aéreo indiscriminado sobre población civil.

Pocos días después, las tropas alemanas entraron en Suwalki, y con las tropas entró nuestro enviado especial. Era el último tramo de su agotadora expedición al frente ruso, y esta ciudad agudizó en el reportero la punzante sensación de haber penetrado en el fin del mundo.

"Hace un frío atroz - relata-. El cielo es de un gris oscurísimo, tétrico".

Casi toda la población polaca y rusa de Suwalki había huido ante el avance alemán: quedaban las mujeres y los judíos.

Andando por las calles, Rodiño conversa con un soldado alemán herido.

- A mí me han metido una bala en el vientre - le comenta el soldado-, pero me la sacarán y me quedaré tranquilo. He matado a más de catorce rusos, y a éstos, aunque les extraigan todas las balas que yo les he metido en el cuerpo, de poco va a servirles.

El reportero pasa frente a una casa llena de prisioneros rusos y pregunta a los guardias alemanes si dentro hay cosacos.

- A los cosacos no se les hace prisioneros - le responden-. Se les fusila inmediatamente. Los rusos tampoco hacen prisioneros a nuestros ulanos. Cuando cogen a alguno lo ahorcan en el acto colgándolo de un árbol.

Delante del edificio, escribe Domínguez Rodiño, "unos hombres y unas mujeres del pueblo reparten pan, cigarrillos, chocolate y otras cosas entre los prisioneros que se asoman a la puerta. Ninguno de los prisioneros es de Suwalki ni tiene familia aquí, de ahí que el acto de aquellos paisanos desprenda una conmovedora ternura".

Pasa un batallón de infantería cantando viejos lieds sin dejar de caminar con sus botas sobre la nieve. Más allá, una compañía de ingenieros rompe filas...

- No olvidéis que sois soldados alemanes. Que sois seres civilizados - advierte el oficial antes de que la tropa se disperse por las calles de Suwalki-. Las personas, sean del sexo y la edad que sean, deben merecer todo vuestro respeto. Confío en que no habrá ningún salvaje entre vosotros.

Nieva intensamente, y Rodiño llega finalmente a la plaza mayor. Frente a la iglesia de Santa Alejandra se encuentra con una nueva masa de prisioneros rusos. "Unas mujeres reparten pan entre ellos - explica-. Se lanzan sobre él dando alaridos. Se lo disputan unos a otros. Lo devoran con avidez de fieras".

El reportero entra en la iglesia y queda impactado por la devoción de los polacos. "Las mujeres - relata- pasan todas unos grandes rosarios, enormes rosarios. Rezan a media voz, de rodillas, con los ojos fijos en la imagen ante la cual se han postrado. Para ir de un altar a otro, de una a otra imagen, lo hacen de rodillas, sin levantarse del suelo. He visto a un viejo que ha dado la vuelta así a toda la iglesia. Impresiona el fervor que ponen todos en la oración".

Pasan los siglos y las oraciones, pasan los imperios y los prisioneros. El hospital de ladrillo rojo que el reportero vio al entrar en Suwalki es hoy un cuartel de la OTAN, y los rosarios siguen ahí, en la plaza bombardeada, más enormes que nunca. El de Radio Maryja, presente en la procesión de Corpus y sostenido por varios niños, tiene las cuentas del tamaño de una pelota de tenis.

Radio Maryja, en el 107,7 de la FM, es la emisora nacional católica de mensajes antieuropeos y antisemitas. Ya no hay judíos en Suwalki - a ellos sí les llegó el fin del mundo-, pero el antisemitismo es así de extraño: no necesita judíos para palpitar.

Pasan monaguillos con incienso y campanitas frente a las columnas de Santa Alejandra, que Juan Pablo II elevó en 1992 a catedral. Totus Tuus Poloniae Populus,reza el frontal. Pasa el cuerpo de bomberos, con su estandarte de los tiempos del zar.

Pasa el diácono que dirige el rosario colectivo, con dos elevados altavoces colgados como una mochila sobre su espalda: el diácono parece una alarma antiaérea.

Mientras, la otra Polonia se esconde. La policía llama severamente la atención a tres adolescentes que chutan un balón por las cercanías. Dos mujeres fuman discretamente en un portal, y miran de reojo la procesión. Junto a Santa Alejandra hay una tienda de tallas de Jesucristo y junto a la tienda de Jesucristos hay una librería que vende tímidamente El Código da Vinci.

"Hace un frío atroz", insistía aturdido el reportero de La Vanguardia.Y Suwalki - dicen- sigue siendo hoy la ciudad más fría de una Polonia que en 1915 no existía.

Soldados alemanes robando en las tiendas judías y oficiales bailando entre ellos un tango con placas girando sobre un gramófono espesaban el perfume de fin del mundo.

"¿Qué pienso de todo lo que he visto? - se preguntaba Enrique Domínguez Rodiño-. Que es horrible, que Alemania es muy fuerte, que... cuando sea viejo, antes de morir, reuniré mis recuerdos y escribiré un libro inútil sobre la guerra...".

Mientras, hay que abrigarse.

"Cae la nieve con tal intensidad que el suelo y el cielo se confunden casi sin formar horizonte - escribía al salir de Suwalki para regresar exhausto a Berlín-. Nos cruzamos con una columna de soldados: llevan grandes abrigos de pieles y parecen osos blancos, monstruosos osos blancos. Sobre la estepa graznan miles y miles de cuervos. Un perro escarba furiosamente la tierra. Al pasar nuestro automóvil, sin sacar las patas del hoyo que está abriendo, el perro echa su cuerpo hacia atrás y nos mira hoscamente, erizando el lomo y mostrándonos los dientes...".

Un siglo después, el joven aviador se ha desintegrado en las nubes del tiempo y las vestales de Radio Maryja bombardean con flores trituradas la plaza mayor de Suwalki.

"... ¡Dios de los Ejércitos Celestiales!...".

La masa de fieles avanza compacta y deja detrás un gran vacío en el asfalto: sólo queda una línea de pétalos. Como la estela de un biplano. Como diciéndole al viejo reportero que Suwalki no es el fin del mundo porque el mundo no tiene fin.