EL DÍA DE LA CONSTITUCIÓN: Las minivacaciones de los líderes políticos

Quedaba algún charco político por pisar? ¿Queda alguno libre para que Rodríguez Zapatero y su partido se puedan meter en él? Aparentemente, no. Ya se metieron en los amplios charcos del modelo territorial del Estado, las guerras del agua, el diálogo con terroristas, los matrimonios gays, la memoria histórica… No está mal para poco más de media legislatura. Es un balance tan abultado de reformas - y alguna pequeña revolución-, que mucha gente piensa que tampoco estaría mal serenar las aguas, dar un descanso a la imaginación, aunque sea creadora, y enfocar el año y medio que falta con la siempre sabia receta del sosiego.

Vana ilusión. Cuando estábamos más descuidados, preparando este puente de la holgazanería nacional y mirando cómo Puigcercós izaba y arriaba banderas en la Via Laietana, el Partido Socialista buscó y descubrió que había otro charco. Y no un charco menudo, sino de los que tienen filosofía, hacen historia y determinan orientaciones básicas del Estado: ¡el laicismo! ¡La laicidad! Aquí no se andan con chiquitas de concepciones menores o vulgares. Cuando la grandeur del pensamiento llama a la puerta de las cabezas pensantes, que en política también las hay, lo hace con carácter majestuoso, con aldabas de oro. Y así, el Partido Socialista se dispuso a celebrar los 28 años de la Constitución con un invento grandioso al que puso pluma el diputado Álvaro Cuesta: el "principio constitucional de laicidad, cuya vigencia es esencial".

Como invención, es magnífica. Y además, imaginativa. Ni los más expertos constitucionalistas habían visto hasta ahora en la Ley de Leyes esa proclamación de laicismo. Nadie ha encontrado nada que vaya más allá de la proclamación del Estado como no confesional. Caben, por lo tanto, estas posibilidades: que don Álvaro Cuesta se haya confundido de Constitución, y esté hablando de la de 1931, de tanto como la quieren; que los socialistas quieran abrir ese frente y por eso José Blanco celebró en Onda Cero que "hayamos abierto ese debate"; o que traten de responder a los obispos, cuyo último documento arremete precisamente contra esa "invasión de laicismo" que maltrata a la familia, deshace el matrimonio, desenfoca la educación y aparta a los corderos del rebaño del Señor.

Sea cual sea la interpretación más ajustada, ahí tenemos el esbozo de la nueva y última discrepancia nacional: la España de la sotana, a la que sólo falta decir que está descristianizando el país, como se dijo en tiempos de Felipe González, y la España que hace y vota esa política. La una está quejosa, dolida ante el avance laico, y lo dijo en un documento solemne de la Conferencia Episcopal. La otra presume de sus pasos, pues no obedecen, según el escrito socialista, "a ningún credo o jerarquía religiosa".

Pero que nadie se alarme, que esta vez no llegará la sangre al río. Si los obispos y el PSOE, cada uno por su lado, quieren abrir ese debate, por el momento no han encontrado seguidores: resulta demasiado elitista y filosofal. Y, si ambas partes se pelean en los papeles, después se entienden bastante bien en sus despachos. Mientras los mitrados empezaban a redactar su condenatorio escrito, sus delegados le arrancaban al gobierno una excelente financiación. Y mientras don Álvaro Cuesta se convertía en propagandista del laicismo como orientación de la vida pública, su gobierno redactaba un aceptable decreto de enseñanza religiosa. Ni Dios abandona al buen socialista, ni Zapatero es tan torpe como para abrir ahora una guerra de religión.