ANÁLISIS
El nuncio de la Santa Sede en España está en todo. Monseñor Manuel Monteiro de Castro está muy al tanto de todas las cosas importantes que ocurren en el país y con ello hace honor a la leyenda de la diplomacia vaticana, que tan altas cotas de sagacidad alcanzó, allá en la segunda mitad de los años ochenta, con el afilado perfil del nuncio Tagliaferri. Está en todo monseñor Monteiro: en los actos de mayor relieve que tienen lugar en Madrid; en la inauguración de la feria Arco, curioseando entre los pliegues más indescifrables de la Babilonia del siglo XXI, o de visita de fin de semana al monasterio de Montserrat para informarse de lo que de verdad ocurre en Catalunya mientras en la Cope leen la fatua.
Hombre menudo y robusto, monseñor Monteiro tiene una mirada sagaz y habla un castellano que cabalga, sinuoso, entre el portugués y el italiano. Además de bello, el italiano es el idioma intrínseco de la diplomacia: sólo quien piensa en italiano puede pertenecer a tres bandos a la vez y no acabar loco. Yel portugués es dulce. De manera que el nuncio Monteiro le dijo ayer a José Montilla que muy bien lo de las banderas, sin ese sesgo racial y admirativo que suelen adoptar los españoles cuando un hombre encarna, sin tapujos ni manías, la legislación vigente. A tenor del tamtan de los corrillos, la observación del legado pontificio fue fina y muy conceptual: "Lo máis importante es que se note que hay una autoridad; sí, señor presidente, lo máis importante es la autoridad".
Al presidente de la Generalitat no le hizo falta asentir, puesto que los almohades la silenciosa noción de autoridad la llevan impresa en los genes. El señor Montilla es un almohade. Nada de charnego de izquierdas, como dijo el otro día el presidente de Extremadura (qué horror, ese hombre, Rodríguez Ibarra, siempre amarrado al resentimiento), nada de eso; almohade. Un almohade perfectamente catalanizado, con o sin ese sonora.
Así como hay una severidad catalana de origen románico, un morro fort carolingio, digamos, la variante más seria y seca del carácter cordobés podríamos aventurar que se remonta a la corriente rigorista que a finales del siglo
XII puso fin a la laxitud y a las deficiencias administrativas de los almorávides, que empezaron muy fuertes en el plano ideológico, pero no acabaron de acertar en las complejas artes del tripartito. El señor José Rodríguez de la Borbolla quizá no estará de acuerdo con esta especulación, puesto que el ex presidente de la Junta de Andalucía sostiene que todo lo importante que ha cuajado en su tierra lleva la marca del imperio romano. De ser cierta su tesis, la seriedad cordobesa estaría más emparentada con el estoicismo de Séneca que con la túnica de seda de Abu Yaqub Yusuf, caudillo almohade que hizo hincar la rodilla a los castellanos y mandó construir la Giralda de Sevilla.
Estoico y sin turbante, el president Montilla llegó al Congreso de los Diputados envuelto en una nube de silencios. Cruzó muy serio el umbral de la expectación y optó por administrar el runrún desde un rincón discreto. Cobró la zikat en forma de parabienes, ya que después de leer la portada de ayer de La Vanguardia,había en el PSOE unos suspiros hondos y provisionales: "A ver si llegamos a Navidad sin más sobresaltos en Catalunya". Incluso en los corrillos del PP, donde la psicología castellana observa la cuestión andalusí con comprensible suspicacia, hubo gestos de reconocimiento. Y el nuncio de Su Santidad, que está en todo, lo certificó: "Sí, señor presidente, lo máis importante es la autoridad".
Cristaliza en Madrid la idea de que en Catalunya está asomando un cierto rigorismo, después de la fase posmoderna y almorávide de Pasqual Maragall. El presidente del Gobierno, que llegó al Congreso con un optimismo tenso y saltarín, seguramente lo habrá agradecido, ya que le esperan unas Navidades estratégicas y muy reflexivas en la Moncloa. Mariano Rajoy, poseído por una ironía cada vez mejor escrita, anotó que el cumplimiento de la ley es lo mínimo que se puede exigir a un gobernante. Los demás presidentes autonómicos - con la única excepción del señor Marcelino Iglesias- no pudieron ser consultados por hallarse ausentes en tan señalado acto.

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