DECADENCIAS

A Juan Ramón Jiménez le dieron el Premio Nobel el 25 de octubre de 1956. Su mujer, Zenobia Camprubí, falleció tres días después. A partir de ahí el poeta no abandonó diversos hospitales hasta su muerte, en Puerto Rico, el 29 de mayo de 1958. Hace poco más de un mes hemos comenzado lo que será más de año y medio de conmemoraciones juanrramonianas, por ese doble cincuentenario. El inicio es espléndido: el gran tomo de la correspondencia de Zenobia (lleno de datos, de anécdotas) y el primer volumen (1898-1916) de lo que aspira a ser la mayor compilación de cartas de Juan Ramón editada hasta la fecha. Ambos en las Publicaciones de la Residencia de Estudiantes.

Es el caso que Juan Ramón (el poeta y el hombre) sigue estando muy vivo y genera debates. Más suavemente, igual ocurre con Zenobia. Ramón Pérez de Ayala -al enterarse de su muerte- le dijo a Walter Starkie: «Santa Zenobia, virgen y mártir». ¿Qué le debe un gran hombre a una gran mujer, muy inteligente, pero que -como era más uso entonces que ahora- prácticamente le hace donación de su vida? Zenobia fue la secretaria, la ayudante, la enfermera, la musa y la madre de Juan Ramón. Éste murió gritando: «¡Madre, madre!». ¿A cuál de las dos llamaba?

JRJ fue el gran poeta del siglo XX español, si no el mejor (en buena literatura no hay carreras de caballos, aunque algunos trotones lo lamenten) al menos el más inquieto, el más plural, el que jamás cejó en la búsqueda de caminos nuevos, algo que le hace falta a la actual poesía española, desde el ángulo que sea: búsquedas, movimiento, romper esquemas. Insisto, desde cualquier barrera. Claro que en obra tan vasta -aún sin edición crítica, ímproba tarea- hay libros cimeros y apuntes líricos (no confundir con los a menudo espléndidos «borradores silvestres») que algunos nunca han dejado de tachar de cursis. La extremada y fertilísima sensibilidad de Juan Ramón alguna vez perdió camino o no distinguió del todo. Nada grave.

Para muchos -aunque ya queden pocos que lo conocieran bien- colea también el tema del Juan Ramón persona. Ese Jeckyll y Hyde de que habló Cernuda. Excelso poeta, JRJ fue a menudo generoso y luego cicatero con sus mejores contemporáneos, incluso con quienes le admiraban. Él mismo admiró hondamente a Antonio Machado, del que no dejó de hacer pullas: desde el «poetón aportuguesado» hasta aquello de atribuir una ocasional cojera del poeta de Soledades a que no se cortara las uñas de los pies. Todo está publicado.

¿Un poeta extremo de luz y refinamiento será siempre un hombre igual? Por múltiples ejemplos (lejanos y muy cercanos) sabemos hoy que raramente es así. El artista, en cuanto individuo, no suele estar libre, sino todo lo contrario, de mezquindades, clientelismos y rencores. Es interesante saberlo, porque ello -a la postre- no abaja su obra, sino que la eleva. Vemos cómo el barro (que tanto nos conforma) puede volverse ala. Juan Ramón vivo: del mal genio a la belleza astral. El doble cincuentenario promete abundancias.

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