AQUI NO HAY PLAYA

El Rastro es una arqueología paciente que cada semana desentierra un fémur sin cabeza, una lucerna falsa y dos enchufes al precio de uno, que al cambio siempre salen aún más caros. En el Rastro hay una mundanidad de cosas huérfanas, un par de sandalias viejas y una familia de libros maleados con torpe tipografía y las páginas marcadas con ribetes de grasa. En el Rastro se impone una burla de lo nuevo. Algunas mañanas he visto hasta un búho disecado puesto ahí, con majestad pajaroide, fiscalizando el agua de la gente con perfil de virgen quieta. Diríamos que está aquí el último gran zoco de Madrid, bajo este musgo de elegía, sobre esta ceniza de trastos inútiles que alfombra Cascorro y hace del Centro el suburbio feliz del manoseo en hora de misa.

Los políticos, que suelen tener unas dioptrías de más para ver dónde está el hervidero del voto, no hacen campaña en el Rastro. Es una torpeza, porque allí se acumula la sístole del domingo, en esa canana de calles cuesta abajo (según yo las veo). El personal que hay que convencer no está en los velódromos del mitin (esos van entregados), sino en las aceras hirvientes donde las tías se agarran el bolso con un candado de brazos. Sin embargo, nuestros políticos prefieren hacer pasarela y campaña en ese invento rancio del rastrillo, donde ondea un lujo ridículo de aristocracias para ayudar a los pobres, que lo que necesitan son más recursos y menos marquesas. El Rastro de verdad es un mapamundi de cachivaches donde se arracima el alma del domingo, el alma de latón del menudeo, el alma de Madrid, la mano de Gómez de la Serna, que es un alma sobre el folio... Y se regatea igual por una pierna de ortopedia, por un falso cristo repintado y por unas medias de nylon.

Es difícil conquistar políticamente Madrid si antes no se ha ganado el referéndum pobre del Rastro. Allí se acumula un futuro de cosas fallecidas. Y ese, en definitiva, es el futuro: un excedente de vida que se permite coleccionar muertos: cadáveres de tinteros, cadáveres de cometas, cadáveres de pipas cansadas de hacer humo. De esto no se dan cuenta ninguno de los políticos, porque miran al lado opuesto al que está la gente. El personal sólo cree en el IPC del Rastro, donde las cosas parecen más baratas porque parecen más desnudas. Pero es la dulce mentira del mercado, como un candidato es la dulce mentira del poder de un voto. La única democracia municipal está en el Rastro, allí se concentra Madrid con sus costados raciales y castizos. Es el único foro que importa en la pereza del domingo, cuando los cachivaches despliegan su lentísima oleada de nostalgias por aquellas traseras de la plaza de los gitanos, que son los únicos que ahora, después del advenimiento a pobre de Esperanza Aguirre, llegan a fin de mes. Viva el Candela.

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