La FIL, Feria Internacional del Libro, con sede en la siempre hermosa y seductora ciudad de Guadalajara (México), toca a su fin después de que la Comunidad Autónoma de Andalucía, como invitada de honor en su edición de 2006, haya dejado no sólo su brillante impronta de profesionalidad y buen hacer, sino ese otro tilde, entre universal y propio, que define todo lo andaluz.

Pero, como no hay luces sin sombras, ha habido algunos que, sin conocer el alcance de la que sin duda es la primera feria internacional del libro en lengua española, se han permitido criticar gratuitamente y con acritud la presencia de nuestra comunidad autónoma en la mencionada feria, con el rancio y consabido argumento del derroche económico que ha supuesto nuestra presencia allí.

Al final es lo de siempre, en lugar de criticar aspectos concretos del evento, cosa fácilmente entendible, sobre todo para quien está en la oposición, se juega a descalificar el todo, la presencia de Andalucía en la FIL, desoyendo la voz de editores y distribuidores andaluces, y lo que en términos económicos se conoce como retorno, que no es más que la devolución de los llamados intangibles que, a buen seguro, redundan en beneficio del inversor. Más aún tratándose de la comunidad, que ha tenido que hacer ímprobos esfuerzos para salir del subdesarrollo y de su secular irredentismo.

Pues bien, cuando Andalucía trata de levantar cabeza y situarse en el espacio de modernidad al que por derecho propio pertenece y que mucho tiene que ver con el esfuerzo y sacrificio del conjunto de su ciudadanía, vienen los amigos de siempre, los de la España cañí, a decirnos que ese dinero debería haberse invertido en cuestiones de mayor relevancia, en lugar de despilfarrarse entre amigotes y oropeles.

Presencia de Andalucía

A la vista de tamaño despropósito, uno se pregunta: ¿Cuándo se enterarán esos catetos orgánicos, con perdón para los que somos de pueblo, de que la presencia de Andalucía y la de sus empresarios, hoy en el mundo del libro y mañana en cualquier otro ámbito, siempre que se trate de espacios de alcance internacional reconocidos, no sólo es bueno para Andalucía, sino también para España y, por supuesto, para el conjunto de sus emprendedores? ¿A qué jugamos entonces? ¿Al oportunismo del todo vale, o al discurso demagógico, más propio de la izquierda que de la derecha, de que antes están los pobres que cualquier otra cosa...?

Sobre todo, cuando se trata, además, de una feria que sin la presencia de las editoriales españolas sería bastante menos de lo que es, y cuando digo editoriales no me refiero sólo a las grandes o medianas, sino también a las pequeñas; ésas que hacen un gran esfuerzo empresarial para llegar a fin de mes y subsistir en un mundo complejo y camaleónico.

Mundo aparte lo constituye el de las distribuidoras iberoamericanas, complemento absolutamente necesario para las medianas y pequeñas empresas editoras españolas, sin cuya presencia y trabajo poco podrían hacer estas últimas, máxime en un mundo cada vez más abocado, por mor de la globalización, a concentraciones empresariales que reducen el ámbito del mercado y estrechan sus márgenes de beneficios.

Lengua española

Con todo, el microcosmo editorial que hemos podido visualizar esta última semana de noviembre, en Guadalajara, nos reconcilia, una vez más, con nuestra lengua materna, el español, de cuya fortaleza hablan los cientos de editores allí presentes. Una lengua que, además de servir como vehículo de cultura, de civilización, hace que cualquier hispanohablante que triunfe en el mundo de la literatura, de la canción, o de la ciencia, sea considerado, al decir del ex presidente Felipe González, como uno de los nuestros, no obstante haber nacido en Argentina, México o Perú.

Y es que, de algún modo, el caleidoscopio editorial iberoamericano allí representado alcanza su genuina cota de representación en una España plural, que no plurinacional, y en una España que sin perder su singularidad e idiosincracia resulta cada vez más multiétnica: basta con darse un paseo por determinados barrios de Madrid para testar lo que digo.

Claro que siempre habrá quien vea la botella medio vacía y alimente el miedo de una más que previsible pérdida de nuestras señas de identidad como país, sin advertir que el mundo iberoamericano, sin excepción, es sencillamente el fiel heredero de esa identidad que reclamamos; al punto que, sin los hispanohablantes, sin su decisiva aportación cultural y económica, sin su contribución al enriquecimiento del gran acerbo cultural español, hace mucho tiempo que nuestra España, la madre patria –sin complejos–, seguiría aherrojada por el integrismo de sus peores demonios familiares y culturales: por eso, la nueva España democrática, abierta y tolerante, que abre sus puertas al viento fresco de la latinidad iberoamericana, y hasta le alcanza para hacer políticas de cooperación, siempre entre iguales, es la España, la Andalucía que hemos podido ver y disfrutar en Guadalajara. Gracias mil a sus organizadores.