LA primera medida de Joan Puigcercós, tras tomar posesión como conseller de Governació del nuevo Ejecutivo catalán fue retirar de su mástil la bandera española que ondeaba en la fachada de la sede del departament en la Vía Laietana de Barcelona. Así, como resultaba previsible, nada más estrenarse el Govern se mostró la verdadera cara de ERC, cuyo apoyo a José Montilla no será leal ni gratuito. El sucesor de Pasqual Maragall en la Generalitat no tardó ayer en rectificar la orden del miembro de su gobierno y ordenó izar de nuevo la bandera española, pero la medida de Puigcercós -aspirante a «embajador» de Barcelona en Madrid- anuncia una legislatura ajetreada, llena de desafíos y rectificaciones.

Sería cómico de no resultar dramático. En un momento singular y trascendente de nuestra Historia, unos se pierden en los matices que van del sustantivo laicismo al adjetivo laicidad y otros izan y arrían banderas. ¡Qué lástima! Del mismo modo que la democracia necesita demócratas para su factura, el Gobierno -los gobiernos- precisa talento para su ejercicio y, como se ve, ni lo uno ni lo otro. Ni tan siquiera la más mínima observancia del Gran Precepto, que hoy celebramos en su vigésimo octavo aniversario. No es que no se cumpla el Título VIII. Ni tan siquiera se respeta el Preliminar.

Dice el artículo 4, apartado 2, de la Constitución del 78 -la del 31 era aún más exigente- que «los estatutos podrán reconocer banderas y enseñas propias de las Comunidades Autónomas. Éstas se utilizarán junto a la bandera de España en sus edificios públicos y en sus actos oficiales». Puigcercós no es libre para quitar ni poner banderas. Sólo la rápida y sorprendente reacción del president Montilla salvó por una vez la dignidad de nuestra maltrecha Norma Fundamental.

La irresponsabilidad se ha instalado entre nosotros y eso se termina pagando muy caro. Es legítimo que un grupo político aspire a la independencia o a la república, pero es intolerable que utilice como herramienta para su consecución la burla de la Ley en la que se sustenta su derecho. El PSC es responsable de que un grupo separatista forme parte del Govern y el PSOE lo es, al mismo tiempo, de que no se cumplan, y con manifiesta ostentación, los preceptos en que se sustenta el Estado. Los turnos de poder tienen su gloria, pero sin renunciar a sus obligaciones y, si se quiere, a sus miserias. La bandera que Puigcercós guardó durante un ratito en un cajón es un símbolo y un anticipo del entierro que muchos perpetran de la realidad nacional que avala más del 80 por ciento de los ciudadanos españoles. Lo singular no es que el líder separatista lo pretenda, sino que pueda conseguirlo con cargo al Presupuesto y ante la mirada de quienes, aunque cansados, seguimos creyendo en la Nación Española.