El documento del Grupo de Estudios de Irak deja claro que la implicación de las tropas estadounidenses en Irak no debe ser indefinida, pero elude tanto una reducción inmediata, como un calendario concreto de retirada, que tampoco se contempla como completa, consideraciones explícitamente rechazadas por el presidente Bush.

El Grupo de Estudios opta por la fórmula «menos combatientes, más asesores», lo que pudiera parecer una inversión de la estrategia seguida en Vietnam. Sin embargo, de manera inmediata abre la puerta a un recrudecimiento de la Guerra en Irak, como de hecho está ocurriendo ya sobre el terreno.

El mensaje encubierto del informe del Grupo, antes que al presidente Bush, va destinado al primer ministro iraquí Al Maliki, sobre el que se hace recaer la tarea de poner en pie unas fuerzas de seguridad y militares que puedan eficazmente asumir la seguridad en Irak. Los más pesimistas creen que Irak tardará unos 10 años en contar con una policía y un ejército eficaces en la lucha contraguerrillera, o que puedan tener un barniz democrático.

El informe incluye la recomendación de que la Administración Bush inicie conversaciones con Siria e Irán para la llamada estabilización de Irak, lo que ha apoyado Blair. En el caso del Gobierno de Siria, EEUU tendría que procurar que Damasco blinde su frontera con Irak y limite los movimientos de la resistencia iraquí en el país, a cambio de que la Administración Bush anime a Israel para que inicie negociaciones sobre los Altos del Golán y alivie la presión sobre el régimen de Asad, acusado de estar implicado en los asesinatos de Hariri y Gemayel.

Respecto a Irán, se ve posible la apertura de un diálogo con EEUU que, pivotado sobre la situación en Irak, permita abordar otros temas -incluido el programa nuclear iraquí- y la normalización de relaciones bilaterales, algo que ambas partes ya habían aceptado matizadamente con anterioridad.

EEUU no puede eludir que, a los tres años y medio del inicio de la ocupación de Irak, su continuidad en este país (o su salida honrosa de él) depende, junto con la derrota de la resistencia nacionalista, de que Irán adopte una actitud positiva a través del Gobierno iraquí y de los partidos y milicias confesionales chiíes que lo integran, todos con fuertes vínculos con Teherán.

Muy significativas son la renovación del respaldo dado por Bush al primer ministro iraquí y el encuentro con Al Hakim, el dirigente iraquí con vínculos en Irán que puede ofrecer a Washington las garantías precisa para que ese largo proceso que dibuja el informe pueda llevarse a cabo, a cambio, quizá, de la normalización de relaciones con Washington. Después de todo el proceso, los beneficiarios de la instalación en Bagdad de un nuevo régimen no serán quiénes derribaron mediante una guerra de invasión al anterior, sino los vecinos de Irak.

Carlos Varea es profesor de la Universidad Autónoma de Madrid y coordinador de la Campaña Estatal contra la ocupación y por la Soberanía de Irak.

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