Aunque en estos momentos la industria editorial en Asturias tiene una muy notable importancia, como lo demuestra su presencia en el Salón del Libro de Barcelona (LA NUEVA ESPAÑA, 21-XI-2006), sus comienzos fueron inciertos y tardíos.
Como ocurriría en otros muchos lugares, el más temprano editor fue la Iglesia, pero sus escasas publicaciones se imprimieron lejos de nuestras fronteras. El primer libro editado e impreso aquí se tituló Constituciones sygnodales del Obispado de Oviedo (1556). Fue obra del impresor ambulante Agustín de Paz y lo promovió el Obispo.
A lo largo del siglo XVII, la situación cambió con parsimonia. Tanta, que habrían de transcurrir 230 años desde el invento de Gutemberg para encontrarnos con el primer taller permanente. Alentó su instalación el regente Jerónimo de Altamirano, que se trajo de Valladolid al impresor Francisco Plaza (1680). El siglo XVIII aportó las primeras librerías estables. De modo que, a las puertas del siglo XIX, tres de los cuatro pilares sobre los que se sustentaba la industria del libro (la edición, la impresión y la venta) ya estaban en pie. Sólo faltaba el cuarto: los compradores.
El nacimiento de la prensa periódica durante la Guerra de la Independencia fue, en este aspecto, un paso adelante. Con ella, llegó la opinión pública, «la reina del mundo», como la denominaría Flórez Estrada. Era el comienzo del proceso de conversión de los súbditos en ciudadanos. La democratización de la cultura y la alfabetización serán los agentes más poderosos de esta mutación, que daría lugar a un nuevo público. Desde el punto de vista organizativo, la edición decimonónica puede dividirse en artesanal e industrial. La primera modalidad ocupó la mayor parte del siglo, pero la pobreza de medios no impidió obras de mérito. Son notables, por ejemplo, los libros y periódicos editados por Benito González, que adoptó los ideales estéticos de la era romántica. Un aspecto curioso de este período es la edición en Gijón (1843) de Los trabayos de Chinticu, de Juan Junquera Huergo. Tan sólo era un folleto toscamente compuesto por el gallego Pedro López de Sotomayor, pero tendrá el honor de ser el primer texto impreso íntegramente en asturiano. La edición por entregas también tuvo sus inicios en Gijón. La idea se le ocurrió a Juan Junquera Huergo, que se propuso publicar en dosis semanales los documentos más importantes del Archivo del Ayuntamiento (1851). Aunque su éxito fue escaso, la iniciativa no cayó en saco roto, dando lugar a nuevos proyectos. Por su ambición y audacia, fue notable el de la Biblioteca de Filósofos Ibéricos (1859). La edición iba a correr a cargo del impresor ovetense Antonio María Pruneda. Sin embargo, El Espiritualismo, de Nicomedes Martín Mateos, que abrirá la colección, nunca llegó a ver la luz en Asturias. Más suerte tuvieron la Biblioteca Histórica Asturiana, impulsada por Matías Sangrador y Vitores, y la obra Hijos ilustres de Asturias, de Manuel González Llana, cuyo editor fue el impresor Benito González. El primero logró publicar cuatro títulos (1862-1866), todos de gran valor dentro de la modesta historiografía asturiana. El segundo, antes de darse el batacazo, hizo llegar al público (1867-1868) nueve entregas de su obra. Mientras tanto, en Gijón, el impresor Cástor Ladreda anunciaba en 1866 la edición de El año cristiano español, obra que se presentaría en entregas semanales de 48 páginas hasta completar una colección de doce tomos. Los años que siguieron al período revolucionario no tienen mayor relieve, pero cuando nos acercamos al fin de siglo, comienza a dar sus frutos la generación de 1868. Los trabajos de Canella, Somoza, Jove y Bravo, Aramburu, Vigón, Fuertes Acevedo y otros son editados con pulcritud por los impresores Benito González, Brid y Regadera y Torre, este último en Gijón. Es un esfuerzo intelectual que culminará con la publicación, por Octavio Bellmunt, de la obra titulada Asturias (1894-1901), el gran hito de la edición asturiano del siglo XIX y que supuso, además, el paso definitivo de la edición artesanal a la industrial.
Ya en el siglo XX, cabe resaltar la Sociedad Editorial Asturiana (Gijón, 1903), responsable de la Biblioteca Popular de Escritores Asturianos. Una idea similar se plasmó en la llamada Publicación nueva de novela corta. Editada en Oviedo con periodicidad mensual, permaneció en el mercado desde septiembre 1930 a abril de 1931. La publicación de algunas revistas y de diversas guías turísticas e industriales, profusamente ilustradas, mostraba por su parte el avance de la industria gráfica regional. El negocio, que se había iniciado ya en el siglo anterior, también tenía que ver con la mejora de las comunicaciones y el auge del turismo. Otra cuestión interesante de este período es la entrada en la edición de grupos ideológicos. Los jesuitas de Gijón lo hacen en el negocio de los libros de texto. El socialismo, partiendo de experiencias anteriores, funda la Editorial Obrera Asturiana (1932), con la pretensión de editar tanto prensa como libros.
La posguerra, con su plaga de censores, no fue el mejor tiempo para la industria editorial. Pero, como en otros muchos aspectos, los años sesenta alumbrarán cambios profundos. Incluso la esforzada edición clandestina podrá sacar cabeza. En la legalidad, el editor Richard Grandío fue el avanzado de esta época de cambios. Propietario de la Librería Universal de Oviedo, dio aliento al premio que llevó el nombre de la ciudad y su proyecto editorial, dirigido al mercado nacional, incluyó la publicación de numerosos escritores locales, como Roberto Velázquez Riera, Ricardo Vázquez Prada, Víctor Alperi, José Luis Martín Vigil, etcétera. La creación de una editorial en cuyo consejo pudiera reunirse toda la oposición democrática fue también un proyecto interesante aunque muy distinto. Pero Amigos de Asturias (1967), que ése fue su nombre, sólo llegó a publicar un título.
Sería precisamente en 1967, cuando, con la publicación del premio «Ateneo Jovellanos», hizo su presentación el más importante editor asturiano de todos los tiempos: Silverio Cañada. Fue un estreno modesto. El paso a la edición en gran escala no lo daría hasta 1970 con el lanzamiento en fascículos semanales de la Gran Enciclopedia Asturiana, que contó con el apoyo financiero de su padre, Víctor Cañada, persona discreta, pero de gran generosidad y crédito económico. La empresa fue de tal envergadura que ninguna imprenta de Asturias pudo asumir su impresión. Pero Cañada, cuya labor como editor asturianista, con 401 registros en el ISBN, fue colosal, no se detuvo en el ámbito regional, sino que se lanzó a la conquista del mercado nacional, para cuya aventura creó Ediciones Júcar. Aunque los 1.247 títulos que publicó con este sello hablan por sí solos, la lectura de su catálogo asombra por la selección de autores y la novedad de sus propuestas. Su esfuerzo aún no ha sido debidamente reconocido.
El camino abierto por Silverio Cañada pronto será seguido por otras editoriales. Naranco, Ayalga y Mases fueron las más sobresalientes. En las dos primeras, y a través de las familias Rubio Sañudo y Sitges, tuvo participación relevante el capitalismo regional. Pocos años después, irrumpirían en el mercado del fascículo las empresas periodísticas. La Voz de Asturias, El Comercio y LA NUEVA ESPAÑA se propusieron abastecer a sus lectores de forma gratuita con diversas obras históricas, geográficas, económicas y culturales relacionadas con Asturias. De todos ellos, LA NUEVA ESPAÑA fue quien trazó la línea editorial más coherente. Su plan, iniciado en 1990, ha puesto al alcance de miles de lectores una biblioteca asturiana de gran amplitud temática y enorme calidad científica y estética.
También es digno de señalar el nacimiento en estos años de diversos proyectos empeñados tanto en recuperar algunas joyas de la edición en Asturias, como en publicar manuscritos antiguos. Bibliófilos Asturianos (1981) y la Biblioteca Histórica Asturiana (1974) fueron los más notables en este campo.
Los años finales del pasado siglo y los primeros de éste serán los del desarrollo definitivo de la industria editorial en Asturias, tanto en castellano como en asturiano. El número de editoriales creció como nunca, lo mismo que los títulos y la variedad temática. Trea, con 472 títulos registrados en el ISBN; KRK, con 485; Azucel, con 125; Madú, con 78; Nobel, con 336; Septem, con 134; Trabe, con 269, y Ámbitu, con 140, son quizás las más inquietas, aunque no las únicas. Sin duda han sido muchos años de esfuerzos, de éxitos y de fracasos. Pero, gracias a ellos y al ímpetu innovador de algunos pioneros, hoy podemos decir que en Asturias existe, por fin, una muy digna industria editorial, que se sitúa sin complejos a la altura de las del resto del país.

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