Hacía mucho que lo tenía olvidado. Pero la cita con que José Montilla ilustró su toma de posesión como presidente de nuestro país fue un pretexto suficiente para releerlo. Volví, pues, sobre las palabras de Salvador Espriu, sobre los cincuenta y cuatro poemas de La pell de brau,sobre esa voz que, entre destellos aquí proféticos allí apocalípticos, quiere imaginar un horizonte de futuro para los pueblos ibéricos.
La pell de brau se publicó en 1960. Espriu fecha el libro entre junio de 1957 y julio de 1958, dos décadas después del golpe de estado que instauró la dictadura del general Franco. Habla de una oscura Sepharad, topónimo hebreo de la Península, sometida a una situación de violencia, para la que reclama la esperanza de paz y plenitud. Este libro más que ningún otro convirtió a Espriu durante el franquismo en un nombre de referencia en Catalunya, pero también en España. En nuestro poeta civil por excelencia. Y le valió a su muerte en 1985 el título de poeta nacional.
Leer ahora los versos de La pell de brau,a setenta años de la Guerra Civil, cerca de cincuenta tras la publicación del libro, treinta después de la recuperación de las instituciones democráticas, cuando ya hace veinte de la muerte del poeta, puede resultar una experiencia agridulce. Tras aquella gloria, hoy Espriu es un poeta poco leído y citado sólo muy de vez en cuando. Evocarlo incluso puede resultar añejo, puesto que remite a una etapa que creemos y queremos superada, la de la resistencia a la dictadura. Aunque, poco o mucho, todavía resuenen en nuestra memoria colectiva los versos más populares de aquel libro: "Diversos són els homes i diverses les parles, i han convingut molts noms a un sol amor", dice el poema XXX. "Escolta, Sepharad: els homes no poden ser si no són lliures", invoca el XXXVIII. "A vegades és necessari i forçós que un home mori per un poble, però mai no ha de morir tot un poble per un home sol", remacha el XLVI.
Si somos capaces de volver sobre esas palabras sin nostalgia se nos impondrá su fuerza renovada. No sólo por cómo es aún reticente esa España única mayoritaria, a pesar de todo lo andado, a la propia diversidad de pueblos y culturas. No sólo porque la tensión entre el perro y el hombre recurrente en el libro, superada al menos en lo más visible tras la muerte del tirano, parezca todavía agazapada y latente - y quizá lo estará siempre, siendo como debe ser fatal condición humana que el hombre se asemeje al lobo para el hombre-. Hoy, tal vez lo que resulta más sugerente en La pell de brau es la tensión entre el sueño y la pesadilla, ese "difícil somni" que atraviesa el libro de parte a parte. El sueño de un futuro de concordia y humanidad contra la pesadilla de la sangre, la violencia, el sometimiento, la sumisión. Una tensión que no es sólo propia de una dictadura, sino un riesgo inherente a la necesidad que todo pueblo tiene de ser gobernado.
Es aquí donde cobra sentido la cita de José Montilla, y de un modo muy especial el poema XXIV, el escogido para su alocución. El poeta reclama que el dirigente obre sin interés ( "aparta l´or, la son i el nom"), sin miedo ( "imposaràs la veritat fins a la mort"), con humildad ( "no esperis mai deixar record, car ets tan sols el més humil dels servidors").
Compromete mucho escoger tal divisa, pronunciada con severidad por Espriu en uno de los escasos momentos en que se nos muestra sin ironía. El president y su Gobierno se ponen, pues, el listón muy alto. Veremos si los hechos son dignos de tales palabras.

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