La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

5 Diciembre 2006

Esperando a Harry Potter, de Plàcid García-Planas en La Vanguardia

VII GUERRAS EN LA MEMORIA DE LA VANGUARDIA

En busca de energías positivas por el paisaje que un día llenaban los judíos

Henryk Urbaniski camina concentrado en su péndulo por la vacía sinagoga de Barczewo.

- Aquí hay energía positiva - asegura deteniéndose en un rincón de la sala-.

Una asociación bastante local, Grupo Natura, ha convocado un aquelarre para detectar si las fuerzas invisibles que corren por la vieja sinagoga son positivas o negativas. Y como la terapeuta de energías que debe presidir la ceremonia no llega, los brujos menores empiezan a darle a sus péndulos. Hay que protegerse de las malas vibraciones, dicen, y todo estalla como una Operación Triunfo de magia blanca en plena provincia polaca: en cualquier momento aparece por aquí Harry Potter.

La sinagoga de Barczewo, que los alemanes llamaban Wartenburg, dejó de serlo - como tantas cosas- en los años treinta. La cerveza salvó el edificio: los nazis encargados de pegarle fuego cogieron tal cogorza que se quedaron dormidos. Con la resaca de la mañana, al ver que la sinagoga estaba pegada a otras casas, los nazis pasaron de quemarla y se largaron.

También se fueron los judíos, a puñetazo limpio, y la sinagoga quedó vacía, vaciada de judíos, como el congelado paisaje de Prusia Oriental y la Rusia polaca que el corresponsal de La Vanguardia en el frente alemán había descrito dos décadas antes tan llena de judíos.

Entre cañones, los judíos cocían bueno el pan, "tan blanco y tan rico que excita el apetito", escribía Enrique Domínguez Rodiño en febrero de 1915. El reportero los veía pasar en trineos, entre prisioneros rusos hambrientos, apostados en sus tiendas.

"Los judíos - escribe desde la Rusia polaca- no entregan nada sin recibir el dinero antes". Y se recrea en el tópico:

"Una vieja judía, sentada bajo el quinqué, recibía el dinero y devolvía el cambio a un viejo de barbas blancas y nariz de buitre que se hallaba de pie junto a ella. Ambos miraban con avidez el montón de dinero (...) Querían vender, venderlo todo y pronto".

Pasaron los años - pasan siempre- y en los setenta la vacía sinagoga de Barczewo - no pasa siempre- abrió de nuevo como galería de arte, bar y puesto de kayaks en el canal que roza su muro trasero, llenando el edificio de toneladas de buen rollo. Tan buen rollo que desde hace dos años se celebra un encuentro ecuménico entre católicos, evangelistas y ortodoxos... ¿y los judíos?

- Es que hemos tenido problemas para encontrar un rabino - afirma Leontyna Sawicka, que junto a su marido llevan la galería-.

No hay rabinos porque Europa - buen rollo- ha jugado siempre por eliminación. Los alemanes exterminaron a los judíos de Prusia Oriental y, siete años después, la historia expulsó a los alemanes de Prusia Oriental.

La última judía de Prusia Oriental se llamaba frau Gruczinski. Quizá el reportero de La Vanguardia se la cruzó en su camino por el frente: ejerció de enfermera en la Gran Guerra, y por su valor en favor de la causa alemana le concedieron la Cruz de Hierro. Demostró su valor en la Primera Guerra Mundial y lo volvió a demostrar en la Segunda: saltó del tren que la llevaba al campo de exterminio - tenía 60 años- y escapó.

Los judíos alemanes eran fieles a Alemania, y nuestro reportero contaba en 1915 cómo los soldados judíos de Rusia eran los primeros en rendirse, masivamente. "¿Qué cariño pueden tener esos hombres por la causa rusa cuando su raza no ha sufrido más que vejaciones por parte de los rusos?".

En una de sus crónicas describe a una mujer judía de misteriosa belleza. "Viste con elegancia un abrigo de los más modernos, un sombrero a la moda, y usa un velillo que hace más negros y profundos sus ojos".

- Es usted judío. Ya me lo imaginaba yo - le dice la mujer judía al periodista-.

"Mis brillantes melenas negras me pierden - escribe el reportero andaluz-. Y es que por aquí es casi regla: pelo negro, judío".

El corresponsal del sur relata "el atroz" frío del norte. "Echo mano a la botella de coñac y la empino durante largo rato. La ofrezco a mi colega. Éste le atiza a su vez un buen metido. Lo que no han podido las pieles, la lana y el abrigo de piel de camello juntos, lo puede el coñac". Alcohol y melancolía... "¡Qué triste es este amanecer!", escribe una madrugada: el reportero avanza por los páramos rusos y tiene la sensación de ir penetrando en el fin del mundo.

"Encontramos caballos muertos y trineos abandonados, volcados. De vez en cuando, a derecha e izquierda del camino, tumbas. Algunas son verdaderos montículos, fosas comunes en las que están enterrados muchos soldados juntos. La noche se cierra y encendemos el foco de nuestros automóviles".

En esto, en las tumbas, yace una de las diferencias esenciales entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial: en la Primera hay tumbas de soldados judíos que lucharon y murieron por Alemania, con la estrella de David tallada en estelas de piedra.

Tumbas, amor y trineos rotos en las heladas crónicas del frente oriental.

"Encuentro a una hebrea que habla perfectamente alemán, y su hija es de lo más hermoso que mis ojos han visto - escribe el reportero de La Vanguardia desde la Rusia polaca-. No tendrá más de quince años, pero parece una mujer. Tiene el rostro blanco y sonrosado. Su encanto subyuga.

- ¡Qué bonita eres! - le he dicho.

" El periodista italiano me riñe, ella me mira ingenuamente y se ruboriza. Antes de marcharme le doy un marco de propina. No quiere tomarlo. Sólo a ruegos de su madre, que mira con ojos ansiosos la moneda, la mete en su bolsillo.

- Cómprate con esto un vestido el día en que te cases - le digo. En la puerta le pregunto su nombre. Sonríe y se niega a decirlo.

- No, no lo digas - le aconseja el italiano-. Este señor es español, mala gente.

- ¿Cómo te llamas? - vuelvo a preguntar. Y entonces ella responde.

- Libi.

" Al doblar la calle he vuelto la cabeza. Libi estaba en la puerta de su casa todavía. Le hago adiós con la mano.

- ¡Adiós, tataranieta de Abraham! - le digo-. Ahí se queda mi corazón... ¡Tal vez venga a buscarlo algún día!".

" Un chauffeur nos busca. Los automóviles rugen impacientes. Montamos. Al ir a cerrar la puerta me cojo el dedo meñique de mi mano izquierda y me lo machaco horriblemente. Mana sangre en abundancia y se me pone morado en el acto. La diabólica Libi ha tenido la culpa. ¡Ya me mandarás tu corazón por correo si quieres, que no he de ser yo quien venga a buscarlo!.

" Reniego de mi estrella. Nuestro chauffeur me aconseja morder fuerte el dedo para que no salga sangre. He empapado dos pañuelos con mi precioso líquido vital. El temor a una infección me pone los pelos de punta. Toda la mano me duele de un modo horrible.

- Es la guerra - me dicen todos para consolarme-.

- No - dice el italiano-. Ha sido Libi".

Un siglo después, por aquí no quedan ni los nietos de los tataranietos de Abraham. "Lo más hermoso que mis ojos han visto" murió de un hachazo llamado Auschwitz. Por aquí ya no hay nada: sólo péndulos en el vacío.

- Los judíos se fueron, pero dejaron una buena energía (sic) - concluye Henryk guardándose el artefacto en el bolsillo-.

La bruja blanca no aparece, las marujas consumen la energía en chismorrear tomando el té y el reportero empieza a sospechar que ni siquiera Harry Potter es real.

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