La Coctelera

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5 Diciembre 2006

De Aznar a Zapatero, de Miguel Ángel Belloso en Expansión

Aunque mis amistades son elegidas, mis contactos personales reducidos y mis lecturas de la actualidad finitas, no creo equivocarme si digo que una de las singularidades del presidente Zapatero es su falta de apoyo entre la clase intelectual, mayoritariamente de izquierdas.

No es fácil encontrar a personas letradas que hablen bien del jefe de Gobierno, o que no tengan que improvisar aspavientos destinados a neutralizar la creciente riada en contra. Ésta es una realidad cruel, que merece una cierta explicación. Y ésta la ha dado uno de los incondicionales, que es el escritor Suso de Toro.

En un artículo escrito el pasado sábado en El País, esgrimía la causa: los intelectuales que se creían de izquierdas y que contribuyeron a construir el discurso para pasar del franquismo a la democracia, no son capaces de comprender un cambio político del calado del que está protagonizando Zapatero.

Están apegados al Estado nación como símbolo de identidad; por tanto, difícilmente entenderán el empeño de la España plural, que intenta el encaje definitivo de Cataluña y del resto de las autonomías con la misma ambición. Se desconfía del proceso de paz, esparciendo la sombra de sospecha sobre la decencia del propósito final: la paz.

Finalmente, esta dificultad de discernimiento, digamos que esta traición a los orígenes, ocupa todos los espacios, también el de la política exterior, de manera –concluye Suso de Toro– que “casi conduce a añorar la política interior y exterior del anterior presidente del Gobierno, que hacía todo lo contrario que el actual. Desde luego, la derrota electoral del 14-M afectó a más gente de lo que parecía”.

Como jamás he sido de izquierdas, difícilmente puedo ponerme en la piel de los que, primero despegándose del felipismo, acabaron sintiéndose cómodos con Aznar, o de los que, detestando al anterior presidente, están terriblemente decepcionados con Zapatero. Sí puedo decir, en cambio, que el 14-M ha tenido unas consecuencias para España, impredecibles en aquel momento, pero la mayoría nocivas.

Después de la ominosa dictadura en lo político, del paternalismo franquista en lo económico y de la hegemonía socialista posterior, los gobiernos de Aznar fueron una conmovedora bendición. Se abrió, por primera vez en nuestro país, la oportunidad de desplegar un poco de liberalismo. Se demostró que había políticas económicas alternativas, que pasaban por evitar el despilfarro del Estado, reducir los impuestos, aliviar la burocracia y fomentar el capitalismo popular privatizando por completo el sector público empresarial.

El empuje de este cambio de orientación ha sido tan intenso que a ello se debe el sostenimiento de la expansión económica, el músculo que demuestran nuestras empresas en el exterior y la integración en el acervo cultural socialista, ya sea a su manera, de buena parte de este legado político. Todo se hizo, sin embargo, con una cautela que a mí me ponía nervioso, pero, que visto lo que está ocurriendo con Zapatero, quizá era oportuna.

De hecho, se mantuvo una relación apacible con los sindicatos, que permitió avanzar, aunque de manera insuficiente, en asuntos como las pensiones y la reforma laboral, se acordó con el respaldo de los catalanes –y los demás, menos Andalucía– una nueva financiación autonómica e incluso, por la propensión al consenso –a pesar de tener mayoría absoluta–, sólo a última hora se intentó un cambio notorio en el sistema educativo, que finalmente abortó el 14-M.

El aspecto más controvertido de Aznar fue sin duda el de la política exterior, donde, ironías de la historia, se optó por el socialista Blair antes que por la Francia conservadora o la socialdemocracia alemana, se mantuvo una posición de fuerza contra la dictadura cubana y los sucedáneos como Chávez, y, sorprendentemente, estuvimos por primera vez del lado de los Estados Unidos en los momentos más duros de su historia. Ni que decir tiene que esto fue un acierto en todos los órdenes, principalmente en el de la reputación y el reposicionamiento internacional que se abrió para el país.

También que fue una apuesta que jamás, por desgracia y conocidos motivos, gozó del aprecio popular, que se hizo contra la opinión de la mayoría de los ciudadanos, en la que, evidentemente, no estoy incluido. En todo caso, y por abusar de las palabras de Suso de Toro, aquél, el del Gobierno de Aznar, fue el cambio de calado político más genuino puesto en marcha en este país desde siempre.

Salvando la política exterior, a paso lento pero en la buena dirección, el objetivo fue ir sembrando en España la semilla del liberalismo, que, habiendo derrotado al socialismo y las vías alternativas en todos los frentes, todavía está por ser ensayado, vivido y gozado en España.

Lamentablemente, no pudo ser. El 14-M y la llegada de Zapatero al poder ha supuesto un cambio brutal de las expectativas. A pesar de las circunstancias inéditas en que se produjo su acceso al poder, que deberían haber invitado a la prudencia, estamos ante una extraña alianza de intereses por la que tenemos otra vez socialismo, adobado de la apoteosis divisora del nacionalismo –o del regionalismo–, un relativismo moral e institucional que nos ha desprovisto de cualquier tipo de referencia o respeto por la ley, y una política exterior que nos ha situado en la más completa irrelevancia internacional.

La insistencia de Zapatero en buscar la legitimidad democrática en la Constitución republicana de 1931 dan buena cuenta de la fechoría que reivindica Suso de Toro.

Miguel Ángel Belloso. Vicepresidente del Consejo Editorial de EXPANSIÓN y ‘Actualidad Económica’.

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