La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

5 Diciembre 2006

¿Por qué no nos dejan en paz?, de Javier Lorenzo en El Mundo de Madrid

AQUI NO HAY PLAYA

Treinta chavales de un colegio madrileño hicieron contrapeso en el interior de un autobús para que éste no volcara. Ésta es la noticia, y ésta que viene, la reflexión: ¿les habría dado tiempo de hacerlo, y por tanto de salvarse, si todos hubieran llevado inconvenientemente puesto el obligatorio cinturón de seguridad? Valga este ejemplo para ilustrar un fenómeno que, aunque común en muchas partes del mundo occidental, está prendiendo con ahínco en nuestra milenaria ciudad: el hartazgo y el desafío hacia muchas de las nuevas normas que se nos imponen. Resumiéndolo, el mensaje sería el siguiente: ¿por qué los políticos no nos dejan en paz?

Madrid, tantas veces refugio y hasta bastión de tiranos y canallas, reconoce de inmediato la injusticia, la arbitrariedad, la trapacería o el dislate. La mayoría de las veces soporta estas inconveniencias con estoicismo y, con el tiempo, o las maquilla o las ignora. Durante la Guerra Civil, se cuenta que un miliciano preguntó a otro bajo una pancarta que decía 'No pasarán': «Oye, ¿y si pasan?». A lo que su compañero contestó: «Pues nada, no hablarles». Ése sería un silencio digno y no el que hoy padecemos, porque el humor y las leyendas se nos están acabando, y tanto la vida como la sociedad se están convirtiendo ante nuestros ojos en masas amorfas y sin brillo. No teníamos bastante con los que nos mandan en casa como para que vengan a ayudarlos los de fuera.

Desactivada la amenaza terrorista de las ensaimadas, ahora resulta que embarcar en Barajas es lo más parecido que hay a una visita al proctólogo y que un perfume puede ser más nocivo que el polonio. Adquirir una botella de vino blanco es, al parecer, un acto antisocial; y además tan complicado como ver la Casa de Campo desde el Viaducto sin mamparas de por medio. Engullir unos tiernos boquerones es sinónimo de amenaza mortal por culpa de un gusano empeñado en extinguir a la humanidad, lo que implica tener que congelar previamente todo pescado fresco. Fumarse un cigarro en un bar o en un taxi es casi un crimen. Despreciar el cinturón de seguridad en mitad de la calle de Arenal no sólo es un delito, sino que supone un riesgo para la estabilidad del Estado. Y así podríamos seguir hasta el final del artículo.

¿A qué ese afán por controlarlo todo, por protegernos de nosotros mismos? ¿Cuál es el sentido de estas medidas, cuya aplicación no sólo es imposible, sino que además acarrea un desembolso colosal para nuestras finanzas? ¿Habrá menos atentados, menos borrachos, menos intoxicados? ¿O sólo los habrá de otro tipo? Estamos metidos en un autobús que, nos dicen, va recto y seguro por la carretera, pero no hay que creérselo. Estamos al borde de un precipicio, debajo hay una caudalosa cloaca y es el momento de empezar a empujar si no queremos caernos y ahogarnos en la mugre pestilente, previsible y gris en la que se está convirtiendo Europa.

© Mundinteractivos, S.A.

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Lector de artículos de opinión, sobre política y economía, que cree que este mundo podría tener arreglo si dialogásemos más

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