Vale más etarra en mano que ciento volando. Digamos detenciones donde decimos "salud y pesetas". Y lo demás son puñetas. La fabricación de la paz en los laboratorios de Moncloa y la ‘paciencia democrática’ de Zapatero decaen, desaparecen, se olvidan, pasan a segundo plano, se pierden en el barullo de nuestra democracia palabrera, cuando los ciudadanos toman nota, encantados, claro, de que seis terroristas de ETA han sido retirados de la circulación en muy pocos días.
Preferible en estas circunstancias el Rubalcaba que cumple como ministro del Interior al que habla de política en Burlada (Navarra). Así lo percibe la gente. No sólo por la desarticulación contante y sonante de dos comandos de ETA sino, sobre todo, porque las fuerzas policiales nos permiten comprobar que nunca bajaron la guardia y que no es precisamente la idea de "rendición", supuestamente inoculada por sus jefes, la que inspira el funcionamiento de la Policía Nacional y la Guardia Civil.
Y ahora que Zapatero se pone policial, Arnaldo Otegui se pone político. Con las seis detenciones de los últimos días, el Gobierno recupera la sintonía con los ciudadanos, mientras el portavoz de Batasuna, que le ve las orejas al lobo -¿cuatro años más sin pisar moqueta?-, recupera de pronto la sensatez -interesada, utilitaria, oportunista, por supuesto, pues la sensatez es incompatible con personajes de esta calaña-, y glosa las ventajas de olvidar el plomo y pasarse a la política.
"Queremos hacer política, como los demás, lo estamos deseando", dijo ayer en Oyarzun (Guipúzcoa) en claro llamamiento al nacionalismo conminatorio, también llamado izquierda abertzale, que nunca reparó en medios para imponer su ideario. Otegui pidió a su gente que reflexione en vez de embestir porque "hay mucho que ganar, incluida la independencia, y nada que perder" en el escenario pacificador de Zapatero.
No fue un discurso rutinario el de Otegui. Cuatro elementos lo convierten en muy significativo. Primero, sólo habló en euskera. Segundo, nula o muy escasa atención a las recientes operaciones policiales en suelo francés (apenas una leve referencia a las "agresiones constantes"). Tercero, ninguna alusión, tampoco, a la respuesta del terrorismo callejero del fin de semana.
Y cuarto, como dato fijo a no olvidar: el Gobierno siempre ha considerado a Arnaldo Otegui "interlocutor necesario".
Por tanto, discurso de consumo interno a instancias de Moncloa. Es evidente que Otegui ayer hizo "deberes" ante la "cada vez más grave situación" de un proceso que "no arranca" (Rubalcaba) por incompatibilidad manifiesta de las nociones "paz" y "violencia".
Mirando a Moncloa, Otegui se ratificó en su compromiso de "llevar el proceso hasta el final". Le tocaba, después de haber hecho lo mismo hace unos días, a pesar de los pesares, el presidente del Gobierno.

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