Tres iconos para la esperanza, de Manuel Nin en El Periódico
EL VIAJE DEL PAPA A TURQUÍA
El peregrinaje apostólico a Turquía ha sido un viaje deseado y de algún modo querido desde el inicio del pontificado de Benedicto XVI y, al mismo tiempo, temido y casi desaconsejado teniendo en cuenta la fragilidad de las relaciones, no solamente por parte de la Iglesia de Roma sino de todo Occidente, con el mundo islámico. Desde la primera entrevista de Benedicto XVI con los periodistas en el avión que lo llevaba a Turquía, hasta su discurso de despedida, improvisado en una de las salas del aeropuerto mientras tomaba el té, gesto con que el pueblo turco despide al huésped, ha podido verse como la actitud fraternal, disponible pero a la vez firme, con que Benedicto XVI se ha presentado a las iglesias cristianas católicas y ortodoxas presentes en Turquía, y al pueblo turco tanto laico como musulmán, ha sido la clave de interpretación de todo el viaje.
"Mi corazón permanece en Estambul...", la frase que Roncalli (Juan XXIII) repetía para recordar sus años pasados en el Bósforo, es la frase que Benedicto XVI ha hecho suya al final del viaje.
EL PAPA ha visitado a los cristianos católicos que viven en Turquía, minorías de tradición latina, siriaca y armenia. Este ha sido el primer icono del viaje: el obispo de Roma que confirma en la fe a sus hermanos cristianos. Iglesias con pocos fieles, algunas de ellas reducidas a un nivel de simple supervivencia, pero que la visita del obispo de Roma ha alentado en su fidelidad a Cristo y a su Evangelio; iglesias que han sido perseguidas, que han derramado la sangre por la propia fe --recordemos al sacerdote italiano Andrea Santoro, asesinado hace tan sólo unos meses.
La dimensión ecuménica era uno de los aspectos más importantes de este viaje: el encuentro con el patriarca de Constantinopla. Bartolomé I, con el patriarca armenio, Mesrop II, y con el metropolita sirio ortodoxo, Filoxenos. Con Bartolomé I el Papa ha compartido tres momentos de plegaria --dos en el Fanar, sede del patriarcado ortodoxo, y uno en a la catedral latina del Espíritu Santo--; ambos han rezado juntos, han recitado la profesión de fe común, Benedicto XVI ha recitado el padrenuestro en griego...
Han firmado una declaración común, quizás sin grandes novedades, pero que confirma la voluntad de Roma y de Constantinopla de continuar el diálogo fraterno y teológico entre las dos iglesias hermanas. Se reconoce, no sin cierto valor, el estancamiento que en los últimos años ha sufrido el diálogo, pero se insiste en su necesaria continuación. En los distintos momentos de la plegaria conjunta, y en el propio texto de la declaración, parecía como que se quisiera no sólo recordar sino retomar el coraje y la visión profética de las dos grandes figuras de Pablo VI y Atenágoras I.
A LA SALIDA del Fanar y de la catedral latina, el pueblo fiel rodeó a los dos pastores como si quisiera evitar que ese icono de comunión --el segundo del viaje-- corriera el peligro de acabar, pudiera no tener continuidad.
La visita a la catedral armenia ortodoxa y el encuentro con el metropolitano sirio ortodoxo han tenido un doble valor; por una parte confirmar también con estas otras iglesias cristianas la voluntad por parte de la Iglesia de Roma de mantener un diálogo fraterno y ecuménico; por otra, Benedicto XVI ha querido dar testimonio, sobre todo respecto a la Iglesia armenia, de la solidaridad, la memoria y la comunión de todos los cristianos en la historia martirial de ese pueblo. La homilía del Papa en la catedral armenia --no transmitida ni publicada por los medios de comunicación oficiales-- sin usar la palabra genocidio, hacía referencia a "las circunstancias trágicas vividas en el siglo pasado..."
El Papa ha hablado de amistad y fraternidad con el pueblo turco, con el islam, pero insistiendo en la necesidad de una respuesta clara con respecto a la libertad religiosa y el ejercicio de la vida pública de las iglesias cristianas en Turquía. La visita al museo de Santa Sofía y a la Mezquita Azul fueron, con toda probabilidad, los momentos de más riesgo, puesto que podían prestarse a manipulaciones o a interpretaciones encontradas.
En el primero de los monumentos --la antigua gran basílica cristiana de Santa Sofía de Constantinopla, que todavía conserva ocultos, casi podríamos decir que en silencio, los maravillosos mosaicos del siglo VI--, el Papa se limitó a una visita silenciosa pero no por ello vacía de significado.
EL MICRÓFONO conectado del guía que mostraba al Papa el monumento nos dejó sentir los comentarios de Benedicto XVI al contemplar el único mosaico de Cristo y la Virgen María que permanece descubierto, recordando los concilios ecuménicos celebrados en ese lugar. La visita a la Mezquita Azul, que Benedicto XVI realizó descalzo, constituyó el tercer icono del viaje. ¿Tal vez fue realmente esta la respuesta firme y a la vez humilde de Benedicto XVI a la actitud prepotente y agresiva con que fue manipulada su lección magistral en Ratisbona?
Siguiendo las huellas de Roncalli, Montini, Wojtyla, y con su convincente dulzura, Ratzinger ha indicado claramente un camino; para los cristianos que viven en esa tierra probada y que su visita realmente ha reforzado, y también para todos nosotros.
Manuel Nin. Monje de Montserrat. Rector del Pontificio Collegio Greco di Roma.
