Saber aprovecharse de la situación, que es algo bien diferente de que resulte provechosa, parece ser la máxima suprema que distinguiría a los desconsiderados, para quienes no hay oportunidades, sino sólo ocasiones propicias para enriquecerse.

A veces, no entregamos nuestra vida al vivir, simplemente la quemamos. Y no me refiero al necesario coraje, aventura y riesgo de la existencia. Todo parece empeñado en una tarea beneficiosa de combustión, mediante un ejercicio de piromanía que confundiría el éxito con un incendio de los valores y el tenerlo con el último fin de la vida. Sería cuestión de servirnos de ella y de los otros.

Si hay grupos o individuos cuyo único objetivo es este enriquecimiento a cualquier precio, ello obedece a que, sin detenernos en otros aspectos éticos, hemos aceptado en general con demasiada naturalidad que lo razonable es vivir para lograr con celeridad resultados que vinculen la existencia a la acumulación. Se trata de aprovechar la ocasión; basta de ingenuidades, se insiste, mientras se mira a los demás con superioridad.

Ciertamente, nos escandalizamos, y con razón, de quienes llevan estos asuntos hasta extremos inaceptables. La corrupción es siempre detestable, decimos, pero su caldo de cultivo también merece atención. Tal parecería que el objetivo de la vida fuera vivir mejor y a cualquier precio, por encima de todo y de todos, si se dejan, o si no pueden impedirlo. Los demás nos sirven para ese fin. Incluso observamos con admiración a quienes son capaces de medrar sin miramientos; son operaciones, se piensa, son negocios, son tareas y empresas y se considera razonable, hasta fruto de la inteligencia, saber obtener el mayor beneficio de toda acción. Casi lamentamos no poder hacerlo también nosotros. No nos gusta que se sea excesivo, pero no se ve mal que se linden y bordeen los extremos, que se coquetee con lo ilegal, que se olvide uno de los otros, a fin de lograr buenos resultados, buena cuenta de resultados. Los honores, los poderes y las riquezas, en su clásica acepción, siguen siendo objetivos primordiales y valores prácticamente absolutos. Y quienes los obtienen u ostentan son los ejemplares, los admirables.

Quemar así la vida y sus valores, entregándose al puro acumular y dilapidar, es algo bien parecido a desecharla, mientras tantos consideran que es ganarla, dado que la única finalidad de cualquier actividad profesional consiste a su juicio en el enriquecimiento. Si no es posible, al menos, dicen, parecería deseable y conveniente. Pero también hay quien piensa de modo diferente. Dar la vida no es destinarla a hacer caja. Los excesos muestran bien cuál es el corazón en el que hemos puesto nuestros empeños. Aislamos y denunciamos a los exagerados, pero no cuestionamos sus objetivos. Y habríamos de hacerlo, frente a quienes consideran que la única reconversión es la del sueldo, la de los intereses, la de las cuentas, y no en cambio la transformación de nosotros mismos.

No deja de ser razonable trabajar por el bienestar propio y ajeno, por lograr una buena rentabilidad de nuestras acciones, por buscar y procurar riqueza, por impulsar la creación, la producción, la transferencia, por ser innovador. Todo ello construye, fomenta y establece caminos para la constitución de la ciudad, de un pueblo, de un país, pero agostar y esquilmar la existencia mediante la entronización de los mal llamados listos e interesados en valerse de los demás, no sólo nos deja quemados, quema a su vez las posibilidades de vida.

El asunto llega al extremo de que los que han sido sorprendidos o descubiertos en esas acumulaciones, y públicamente denunciados, son mal vistos por muchos más por su falta de habilidad para la ocultación o el disimulo, que por sus acciones. O por carecer de las suficientes argucias o competencias para proceder sin riesgos, adecuada y correctamente. Quien no piensa así es considerado iluso frente a estos ilusionistas. Son éstos los únicos capaces de ilusionar con buenas ganancias e intereses. No faltan quienes consideran que, si de lo que se trata es de entregar la vida para hacer acopio de bienes, en realidad no merece la pena vivirla. No sería ganarla, sino gastarla de mala forma, quemarla. Pero esta audaz posición de resistencia a ceder a los encantos de la acumulación, mostrándose bellamente al margen, puede ser utilizada para que, a su amparo y a su costa, encuentren menos dificultades y obstáculos quienes carecen de escrúpulos para incrementar sus haberes.

El problema es, decimos, el de la construcción, liberándonos de cualquier implicación. Pero la honradez no es patrimonio de ninguna profesión. De hecho, para ser un sinvergüenza no se requieren ni unos estudios ni un oficio determinados. Convendría, por tanto, no demonizar precipitadamente determinadas ocupaciones, tantas veces desempeñadas por gentes de bien. Efectivamente, cabría esperar en principio una mayor honradez, por ejemplo, en un maestro, pero convendría no ir demasiado lejos en estos caminos, hasta el punto ridículo de establecer una tabla de profesiones como tabla de equivalencias con índices de honradez. No estamos ante una historia de perversos frente a almas cándidas, sino ante aquello que en nosotros brinda por el oportunismo, que no la oportunidad, y desestima el trabajo cuidado y rentable socialmente. Entre todos abrigamos los espacios donde anidan los desalmados. Ahora bien, de forma desigual.

A. GABILONDO , rector de la Universidad Autónoma de Madrid.