Andaba yo este día en Ribadeo, paseando por sus calles, entrando de vez en cuando en el Café Cantón a tomar un café y leer la prensa, o yendo hacia ese balcón sobre la ría desde el que se ve, hermosa y misteriosa, la villa de Castropol, cuando de repente caí en la razón de ser de uno de esos enigmas, la luz, que sólo se desvela en ciertas tardes, resolviéndose en historias y tal vez, si tuviésemos aunque tan sólo fuese unas décimas de segundo la perspectiva de la eternidad, en la consistencia de un alma. Galicia -sobre todo aquí, en este lugar de la frontera, desde donde se divisan allá al fondo, ría y rasa costera por medio, los montes moros de Tineo- tiene sus ojos llenos de misterio y todo lo posible, por imposible que parezca, acaba con el tiempo y una caña sucediendo. Leo en 'El Progreso' de Lugo, maravillado, que siguen las pesquisas judiciales para determinar la culpa de un carpintero de ribera, allá en las lejanas Rías Baixas, que bajándose los planos de internet y con la ayuda de muchos meses de unos cómplices, se construyó un submarino. Escuco tras los cristales del Cantón, veo a una señora con un paraguas increíble que atraviesa la plaza de España, pasa sin saludar junto a la estatua de Gamallo Fierros y se dirige por una esquina, que será la calle Villafranca del Bierzo, hacia no sé dónde; tras de sí, inundándolo todo queda una luz fría, gris, clarísima, y un viento contundente, áspero y sabio, sacude las palmeras que canta en sus poemas Xavier Rodríguez Baixeras; unas palmeras que no están aquí transterradas sino que han encontrado, en el territorio de la saudade, una vista magnífica -Asturias y sus magias al fondo- y un suelo donde echar raíces buscando los tesoros de la luz oculta, íntima y primordial. Junto a mí, en la mesa de al lado, un parroquiano bebe, y son horas tempranas, lentos sorbos de orujo.
Pregunta:

-¿Qué estás a ler, o do submarino dos contrabandistas?

Digo que sí, aunque la noticia nada dice de sospechas de contrabando ilegal, sorprendido entre dos luces: la que brota y rebota en cada esquina de la plaza, iluminando una sombra confortable y última, y la que juguetea traviesa y antigua en la mirada de quien habla. Prosigue:

-Non sei eu, pero un submarino na ria de Arousa para algo ten que valir. ¿Mais difícil era pasa-lo tabaco en barca, que te vian os guardias a kilómetros e tiñas que andar á noitiña de roubado papando unhas friaxes 'de la virgen'!

Más o menos, cuenta mientras se sienta en mi mesa, y pide para mi café unas gotas, que no se puede beber café desnudo, es lo que le pasó a él. Hacia 1940, con diecisiete años, se dedicaba al estraperlo. Salían unos kilómetros mar adentro, unas veces hacia Asturias, otras hacia un punto indeterminado hacia el nordeste que él me señala cerrando imperceptiblemente un ojo, y cuando ya no se veía el rochel de la costa se encontraban con barcos (alemanes o ingleses, daba igual) a los que les compraban mercancía: tabaco, harina de trigo, que de maíz ya había aquí 'd'abondo', telas, mistos o lo que fuese. Una vez se agenciaron una remesa de bicicletas alemanas, cien contadas, que metieron de matute en la playa de Barayo, burlando la aduana, y que acabó comprando un señor de L.luarca que veraneaba en Puertu Veiga.

-Chamábase don Xosé e tiña pinta fidalga. Ti, que és asturiano pola fala, ¿sabes que fixo cas bicicletas?- pregunta inquieto, como alguien que esperó muchos años, la nonada de sesenta y pico, para resolver un misterio.

Y no, no sé, ¿cómo podría saberlo? A lo mejor puso una tienda de deportes en L.luarca o se las vendió a alguien y él pagó el primer plazo de su casa en Uvieo. Era, digo por hipótesis, el tal don Xosé abogado y acabó siendo uno de los promotores de la Vuelta a Asturies. Yo que sé.

-Todo é posible -dice- menos o que me pasou aquel dia.

Ramiro, mi nuevo compañero se llama Ramiro, salió una mañana como ;esta, pero mucho más temprano, hacia alta mar a ver si encontraban algún barco con el que mercadear. Se les metió por medio la galerna y naufragaron. Días después encontraron los vecinos de Ribadeo y de A Veiga asturiana el cuerpo de Remigio de Ove, uno de sus compañeros. Se les dio a todos por muertos cuando llegó, traída por la marea, la quilla de su barca: y muertos estuvieron para todos, más de cincuenta años, hasta que hacia 1970 Ramiro desembarcó en Ribadeo, deshizo el petate, y ante la incredulidad inicial de todo demostró que él era Ramiro Fontes Fierros, hijo de Manuel y Estrella, y que volvía a su casa tras treinta años.

-Naufragamos, xa nos estabamos afogando, y rescatóunos un submarino alemán que nos deixou en Lisboa. Eu, sempre pensando en volver a Ribadeo, embarquei de mariñeiro de segunda e estive moito tempo en Capetón. Os outros fixeron o que eu: sabe Deus ónde andarán.

-¿Capetón?- pregunto yo.

-Unha cidade moi grandísima de Sudáfrica, ¿non a coñeces, ho?

No, nunca he estado en Cape Town ni en ninguna otra ciudad grandísima, que las hay, del África Austral.

Ya en aquel tiempo, me cuenta Ramiro, pensó en las ventajas del submarino para el estraperlo. Pero es lo que pasa: a uno se le ocurren las ideas y otro las dispone.

Le pregunto si tiene familia.

-Duas sobriñas e o retiro- arguye.

Se bebe su orujo, se despide dándome la mano y se va. Me pregunto por sus compañeros, dónde estarán: palmeras extrañas y serenas buscando esta luz de Ribadeo que hoy a mí me pone en mi mirada de siempre una mirada distinta. Más o menos, digo yo, aquella que debían de tener los contrabandistas que lo veían todo. Todo, menos la frontera.