El miedo y el móvil, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia
En Irlanda, hace un año, se detectaron algunos casos de personas que pedían ser enterradas con su teléfono móvil y con la batería de éste bien cargada, por si acaso. La Vanguardia informaba, hace pocos días, de la costumbre de las prostitutas que operan en las carreteras de Girona de avisarse de posibles peligros mediante mensajes enviados con el móvil, los populares SMS. En los vestuarios de muchos gimnasios y clubs deportivos se prohíbe el uso del móvil "para preservar la intimidad de los usuarios"; cualquier móvil es también - recordemos- un instrumento que captura imágenes, lo cual no lo hace recomendable en según que lugares.
Son tres ejemplos extraídos de la realidad cotidiana. En estos tres casos el móvil aparece vinculado al miedo, a viejos temores que son también nuevos temores. El terror ancestral a ser enterrados con vida ha descubierto en el móvil un instrumento para paliar la angustia sobre un más allá que pueda transformarse en la peor pesadilla. Un grupo situado en los márgenes del sistema y expuesto a los abusos de extraños, como son las prostitutas de carretera, ve en el móvil una forma de vínculo que crea sensación de seguridad, autodefensa y solidaridad, prescindiendo de los canales formales, verbigracia la policía. El miedo a ver expuesto a la luz pública lo más privado de cada uno surge de nuevas situaciones, aparentemente triviales como cambiarse en un vestuario, en las que la tecnología de uso fácil puede fulminar todas las separaciones habituales con el mundo exterior. El móvil frena miedos o acelera miedos, depende de los casos. Como ocurre con cualquier herramienta, el móvil no tiene carga moral por sí solo, al igual que un cuchillo. Un móvil y un cuchillo pueden salvar una vida o arruinarla, todo dependerá del uso que se haga de ambos objetos. Sin olvidar que el móvil puede ser tan adictivo como el tabaco. Sé de alguna alta personalidad catalana que no podría vivir sin su terminal, que usa a todas horas con un alarde virtuoso propio de los chavales de doce años.
Sólo observamos la tecnología por el lado en que nuestros temores quedan aminorados. Es una forma de sobrevivir. Los padres entregan móviles a los hijos preadolescentes para reducir los riesgos y mantener el vínculo familiar a todas horas. Pero la paradoja es que también a través del móvil pueden multiplicarse los riegos que conducen a situaciones erróneas, peligrosas o trágicas. La realidad es siempre mucho más importante que el atrezo, no nos confundamos. Es una obviedad que el móvil se ha convertido en una extensión del hombre, pero los botones que separan la luz de la oscuridad siguen estando escondidos dentro de cada cual.
