Max Cahner, que nació en Alemania el 3 de diciembre de 1936, cumplió ayer 70 años. Para celebrarlo un grupo de amigos y colaboradores le han ofrecido una miscelánea con los más diversos testimonios de homenaje y reconocimiento. Y es que Cahner, hoy tan poco visible en nuestra inflacionista actualidad cultural, ha sido un agente de primer orden en la configuración de la cultura catalana de la segunda mitad del siglo XX.

Entre muchas otras aportaciones importantes, como la fundación del hoy tendente a monopolístico Grup 62, el independiente Cahner fue conseller de Cultura i Mitjans de Comunicació - como felizmente vuelve a plantearse ahora- en el primer gobierno ya estatutario de la Generalitat, entre 1980 y 1984. Pujol le llamó del mismo modo que unos 75 años atrás Prat de la Riba había llamado a Pijoan o a Campalans, sin mirar colores, sino capacidad de trabajo y eficacia. Que son las mismas razones que llevaron a Cahner a rodearse de colaboradores al servicio de la cultura como, entre otros, Xavier Fábregas en teatro o los jefes de los servicios territoriales Modest Prats en Girona y Carod en Tarragona.

Pero Cahner, que empezó casi de cero en la construcción de una estructura institucional para la cultura de la Catalunya autónoma, que no disponía ni de sedes para sus organismos de autogobierno, vio pronto cómo su actuación era cuestionada sistemáticamente por una oposición frontal que hasta llegó a plantear en el Parlament su recusación como conseller.

Salíamos de una época en que había sido tanta la pasión destructiva, tanto el peligro de ver diezmado el patrimonio cultural acumulado por generaciones, que Cahner se dedicó antes que a cualquier otra cosa a preservar y a promover que a fomentar la creación, que quedó inevitablemente en segundo plano.

Pero hoy es en la creación, y en la creación de un clima de libertad creativa, donde hay que poner el acento. Se nos habla hoy del "acceso" a la cultura sin contar con que, del mismo modo que nada se enseña sino que todo se aprende, nadie accede a nada que previamente no desee. Sólo con la redistribución del capital cultural existente, pero sin incremento de la creación, no iremos a ninguna parte.

Desde una política cada vez más sometida a la economía se nos habla ahora de la cultura como "factor estratégico" del desarrollo material de nuestra sociedad. Y es que se nos habla de la cultura - o de la educación- no como un factor de desarrollo del espíritu de superación necesario para crecer también interiormente, sino de la cultura entendida en buena parte como consumo del ocio o como industria del entretenimiento.

Cahner, como conseller, representó la ambición cultural puesta bajo el paraguas de la política. Y perdió, por falta de suficiente apoyo de la cultura. Baroja escribió: "Políticos de todas clases juegan una partida. La ganan: ahí tienen el premio. La pierden: sufren la derrota. Pero nosotros los escritores, que no jugamos ninguna partida, ¿por qué hemos de tener que perderla?".

Ya desde los tiempos de Cahner las fuerzas de la cultura se han plegado a los intereses cortoplacistas de la política. Pronto se verá si son la generosidad y la altura de miras o el sectarismo y las listas negras lo que marque la política cultural del nuevo tripartito. A los culturalistas lo que más nos tendría que interesar es un pacto para que la cultura, y lo que representa, pueda sobrevivir al abrazo del oso de la política.