El duelo entre Rusia y Occidente, palabra metafórica que ilustra de manera simbólica y concreta la relación que han mantenido estas dos partes del mundo, sigue vigente. Lo demuestran los sucesos diarios - desde asesinatos particulares hasta las reuniones de Putin- y las noticias que posteriormente informan sobre ello. "Un espía ruso,un hombre de negocios ruso,un político ruso"llevan consigo connotación de algo exótico y peligroso de modo diferente.
Europa occidental sigue mirando a Rusia con prepotencia y desdén, tras de los que se oculta una falta de conocimiento considerable del país eslavo.
Rusia, por su parte, a la que a lo largo de su historia pocos temas han preocupado tanto como la relación que ha mantenido con Occidente, sigue adoptando la actitud de un adolescente que necesita afirmarse frente al adulto que le juzga pero no se propone entenderle, midiendo todo sólo con sus propios parámetros (Europa).
Cierto dogmatismo propio del espíritu ruso, difícilmente digerible desde la perspectiva cartesiana europea, es seguramente una de las causas. Luego el poder político, que desde el zarismo, el comunismo y hasta la denominada democracia siempre se ha caracterizado por un absolutismo radical. Los condicionamientos geográficos son otra de las causas de la visión mitologizada del país eslavo. Ya la Historia de Herodoto lo anuncia: "Este país no tiene ninguna particularidad, excepto los ríos, que son los más grandes y los más numerosos del mundo". La extensión actual, de más de 17 millones de kilómetros cuadrados, realmente induce a la inicial particularidad de Rusia. Cuando a todo ello se añade un desconocimiento considerable de la cultura rusa y su historia, se llega a la conclusión que bien resumió Dostoyevsky hace más de un siglo: "Hasta la Luna está mucho más explorada que Rusia; al menos se sabe positivamente que allí no habita nadie, mientras que de Rusia se conoce que está poblada y que sus habitantes se llaman rusos, aunque se ignora qué gente son". "Rasgad al ruso y encontraréis a un tártaro", escribía el historiador francés Michelet en el siglo XIX.
Tampoco se puede decir que Rusia se haya esforzado para que se produzca una aproximación auténtica con Occidente. Se ha considerado a sí misma más como entidad cultural-histórica que geográfica. Al adoptar el cristianismo ortodoxo en el siglo X, heredó de Bizancio todo rechazo a lo que proviniera del Occidente latino. La expresión: "Vete con lo latino" alcanzó el significado del "Vete con el diablo". Entre muchos rusos permanece la visión de una Rusia mesiánica frente a un Occidente decadente.
El desarrollo de Rusia nunca ha sido simultáneo al del resto de Europa. Allí la época medieval continúa en cierto aspecto hasta el siglo XVII. Pedro el Grande fue el primero que quiso abrir las ventanas hacia el resto del mundo. Hizo construir una capital nueva según los modelos europeos, San Petersburgo, y resituó su país en el tiempo: el 1 de enero de 1700 se celebraron mil setecientos años desde el nacimiento de Cristo.Hasta entonces, Rusia había utilizado el calendario bizantino, que contaba los días "desde la creación del mundo", comenzando el año el 1 de septiembre. Pero la incorporación rusa a la corriente de la vida occidental que duró hasta los siglos XVII-XVIII tuvo la mala suerte de que esto fue cuando el mundo occidental estaba dividido entre conflictos religiosos, sociales y políticos, sin llegar a gozar previamente de la influencia renacentista que había desarrollado el culto a la belleza y a la armonía, poniendo al hombre en el centro del universo. La aproximación entre Rusia y Europa continuó con Catalina la Grande, emperatriz de origen alemán, que teóricamente deseaba una reforma ilustrada, aunque en la práctica mantenía el absolutismo de poder. La idea rusa sobre el propio papel mesiánico en la historia universal, aún presente como bien demuestran los discursos de Putin, se vio justificada cuando los rusos fueron los primeros en derrotar a Napoleón, en 1812. Pero el siglo XX, con la Revolución Rusa de 1917, por sus consecuencias nacionales y mundiales probablemente el acontecimiento político y económico-social más importante del siglo XX, convirtió la brecha existente entre Rusia y Occidente en abismo. Asimismo, desde el mirador actual, el fracaso de la utopía social en la URSS y otros países ex comunistas ha supuesto unas consecuencias trascendentales para el mundo entero.
Teniendo en cuenta la importancia que el pulso de Rusia tiene para el escenario universal, sería oportuno que se superase su querella con el mundo occidental. Para esto hay que intentar comprenderla y conocerla más allá de la superficie. Existe un territorio privilegiado que proporciona una mirada profunda, seductora y comprensible del universo ruso: su gran literatura. La lectura de Tolstoi, Chejov, Bulgakov, Dostoyevsky, Pasternak - para citar sólo algunos nombres- lleva por los laberintos de la realidad material y espiritual rusa, donde el individuo siempre se ha visto sometido a la irracionalidad del poder a gran escala, pero donde la palabra escrita (un ejemplo reciente es Anna Politkovskaya) ha tenido una fuerza incomparable. Bien resumía el escritor Yevtushenko: "Rusia ha sido siempre país de una gran cultura elitista y de una incultura política cuyo rasgo principal es la intolerancia".
TAMARA DJERMANOVICH, profesora en la facultad de Humanidades de la UPF .

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