Cuando se habla de la política como espectáculo se está haciendo un flaco favor a la política. Se trata, dicen, de no confundir la política con el espectáculo, el cual a la postre se la zampa, si es que algo había que zamparse. La política como espectáculo suele asociarse con la grandilocuencia, con la palabras hueras, cuando no con la descalificación del adversario, sin que -ni en un caso ni en el otro- se llegue a debatir sobre la realidad, sobre lo que interesa y afecta a los ciudadanos. La política como espectáculo, la política espectáculo, tiene muy mala prensa. Pero no hay que confundir esa política, la mala política, con la buena, excelente política que pueda manifestarse, convertirse en un buen, excelente espectáculo.

A mí siempre me ha interesado la política y siempre me ha agradado el espectáculo, el buen espectáculo. Y creo que no están reñidos. Desgraciadamente, por razones generacionales, de edad, me he perdido muchos a los que me hubiese gustado asistir. Me hubiese gustado, por citar un ejemplo, asistir a un debate parlamentario protagonizado por el señor Manuel Azaña, pero a cambio tuve la suerte de poder presenciar, en la Asamblea francesa, otro, memorable, del señor Mendès France poco antes de firmar los acuerdos de Ginebra que supusieron el final de la guerra de Indochina. Para mí, un buen debate político tiene, necesariamente, un algo o un mucho de espectáculo. Escuchar un discurso del general De Gaulle en la televisión francesa, cuando el general era la máxima vedette de aquella televisión, era como asistir a un recital de la Piaf en el Olympia de París. Sólo que, al contrario de la Piaf, que hablaba de unos amantes, de un día, de una noche y de un amanecer que siempre, o casi siempre, acababa mal, muy mal, sin precisar el género -podían ser un hombre y una mujer, o dos hombres, o dos mujeres-, el general tenía la manía, tan extendida entre nuestros políticos, de empezar sus suculentos discursos televisivos dirigiéndose al pueblo francés con una, para mí, innecesaria y ridícula distinción entre sus ciudadanos. El general De Gaulle decía: "Français et françaises" del mismo modo que Montilla dice: "Catalans i catalanes", y cualquier saltataulells de la plaza Sant Jaume (banda mar) se apunta a decir: "Barcelonins i barcelonines". Como quien dice galls i gallines o granotes i gripaus, por aquello de que todos somos hijos (e hijas) del pueblo catalán.

Sí, lo confieso, busco el espectáculo en todas partes. También en la muerte (tal vez como resultado de la truculenta frecuentación, en mi adolescencia, de la cueva de Sant Ignasi en Manresa). Me hubiese gustado asistir a los funerales nacionales de Victor Hugo, en París; o a los de Durruti, en Barcelona. Mi madre me dijo que las floristas de la Rambla habían teñido sus claveles y rosas de negro. Y siempre he sentido una gran envidia porque mi padre, en 1902, con ocho años, logró zafarse de la estricta vigilancia de su señora madre y pudo asistir, en compañía de la Pepeta Serrat, su nodriza, al entierro -"un amuntegament neguitós de paraigües"- de su adorado mosén Cinto, desde la boca de la calle Portaferrissa. "Un dels moments d´efusió col · lectiva més forta i més sincera que ha viscut el nostre país", escribía mi padre en 1954, el año de la publicación de sus Memòries.

¿Y todo eso a qué viene?, se preguntarán ustedes. Pues viene a que después de una campaña catalana un tanto aburrida, en la que su parte más espectacular se ha reducido a los viajes del señor Mas al notario, al famoso DVD y a la sorpresa de Ciutadans con sus tres escaños, uno se halla ya en otro escenario. Estoy metido, como si fuese en una canción de la Piaf -o de Françoise Hardy, para no ser tan malo-, en la campaña de la señora Ségolène Royal, candidata a las elecciones para la presidencia de la República Francesa, candidata electa por el partido de los socialistas franceses.

Para mí, que soy francés de nacimiento y de adopción, la candidatura de la señora Royal es todo un espectáculo. Y podría acabar convirtiéndose, incluso, en un buen espectáculo. Si la candidatura del señor Montilla a la presidencia de la Generalitat era -y acabó triunfalmente, pese al silencio de sus paisanos- la de uno de "els altres catalans", como dijo el señor Maragall en su despedida, imagínense lo que supone la candidatura de la señora Ségolène Royal.

Es la primera vez en doscientos años que una mujer se presenta en Francia a las elecciones presidenciales con posibilidades de ganar.

Hace un año, si bien era conocida en el aparato del partido y poco más, nadie daba un duro por ella. La señora Ségolène Royal viene de Lorena, de la Francia profunda, de derechas y masculina, muy masculina, macho. Nieta de un general e hija de un coronel católico (preconciliar), petenista y más o menos sentimental, la señora Royal es fruto, uno de ellos (son ocho hermanos), de una familia rota. Con 19 años, la adolescente Marie-Ségolène (que pronto prescindiría de la Virgen María para quedarse sólo en Ségolène), le puso un proceso a su padre, el coronel, separado de su mujer, para que le pagase sus estudios. Y lo ganó. Ségolène Royal pasó por Ciencias Políticas y luego se metió en la Escuela Nacional de Administración (ENA) de la República Francesa, de donde salió, discretamente, formando parte de la promoción de 1978, la promoción Voltaire (ella había propuesto que se llamase Louise Michel, como la heroína de la Comunne).

Y ahí empieza su carrera en la Administración, que de hecho va pareja a la política. Entra en el Elíseo, aprende a escuchar, a hacer dossiers es mujer-, y aprende también a arriesgarse, a hacerse notar: manda un papel a Mitterrand en el que le informa de algo que en Francia todavía no ocupa los titulares de los periódicos: el sida (Ségolène lo ha descubierto durante el verano, que ha pasado en San Francisco). Mitterrand se fija en ella, la mima. El gran macho la protege. Se presenta como candidata a diputado, pierde y luego gana. Ocupa tres ministerios y, desde que empezó su carrera, es la pareja de François Hollande, su compañero de promoción, hoy secretario general del partido socialista francés, con el que tiene dos hijos.

La señora Royal se enfrenta a la derecha francesa -Sarkozy y Cia, y a la ultraderecha de Le Pen, siempre Le Pen, amenazante- prescindiendo del aparato de su partido. Las bases le han dado la victoria frente a los elefantes, y ellos, empezando por el taimado Fabius, se han retirado, democráticamente. Incluso un tipo tan mediático como Jack Lang se ha echado atrás, frenando la aparición de un libro pupa, de campaña, en el que no dejaba demasiado bien a la candidata electa, y se ha sumado (lo han sumado) al equipo de la señora Royal en condición de asesor para relaciones internacionales y actos (saraos, performances y puestas en escena) puntuales. Y es que la señora Royal, amén de contar con las bases de su partido -más del 60 por ciento de los votos-, encabeza todas las encuestas que se llevan a cabo en el país vecino sobre quién, dentro de cinco meses, se hará con la presidencia de la República Francesa.

La llaman la Zapatera (por el señor Zapatero), del mismo modo que algunos aquí a la señora Tura, que le arrancaron el Interior para darle la Justicia, la llaman la Ségolène catalana, como si la hija de la Lorena ya hubiese fracasado. Ni Zapatera, ni Tura, ni Tura i Mossos, ni Tur i Taxis, ni qué carajo. La señora Ségolène, vestida de blanco, la madonna de los mítines, como la llama un colega francés, es la pura encarnación de la incombustible Marianne republicana; una Marianne que, a pesar de Louise Michel, a mí me recuerda más a un híbrido de Juana de Arco y de la esfinge Mitterrand que al final (por algo es hija de militares) se transforma en una mariposa degaulliana y, mientras mueve delicadamente las alas, nos invita a una enésima comunión: La France et moi. O si ustedes prefieren, con la voz de Chevalier o de Gloria Lasso: La France c´est une femme.

Etcétera, etcétera. Hay quienes dicen que la Gauche, con mayúscula, y con la señora Ségolène Royal, se va a hacer puñetas. Por lo que a mí respecta, el espectáculo regresa, afortunadamente, a la política francesa. Confío en que sea una buena política y un buen espectáculo. Con los 74 años del presidente Chirac (los cumplió el miércoles), Ségolène Royal (Dakar, 1953) hace más viejos, mucho más viejos, a todos sus adversarios, y ojalá haga más joven, más republicana, más democrática, más femenina y más alegre a mi querida Francia. Continuará.