LOS RETOS DE LA EDUCACIÓN

El nuevo conseller de Educació, el incansable Ernest Maragall, ha declarado que su prioridad en educación es alcanzar la excelencia. Este concepto está en el origen de la socialdemocracia europea y del liberalismo democrático. Se entiende por excelencia la superior calidad o bondad que hace digna de aprecio una persona, cosa o institución. El sistema educativo deberá cambiar mucho para llegar a ser una institución pública de excelencia. Una transformación sin duda llena de problemas.

El primero radica en el clasismo del sistema educativo actual. Clasista de forma distinta a la vieja exclusión prematura. Hoy se clasifica al alumnado en función de dos variables: el nivel de estudios de los padres y la localización territorial de la escuela. Titulación y ubicación de la escuela son factores que, por supuesto, no determinan fatalmente el éxito o el fracaso escolar, pero sí tienen un gran peso en su configuración. ¿La idea de excelencia puede asumir y corregir esta cruda realidad?

EL SEGUNDO problema repercute en la médula del mismo ideal democrático del sistema educativo: la igualdad de oportunidades. La igualdad de oportunidades al entrar en el sistema educativo es un bello espejismo. Las oportunidades ni son iguales ni se aprovechan igualmente. El impúdico 30/35% actual de fracaso escolar expresa las insuficiencias institucionales y la desigualdad efectiva a la salida del sistema educativo. Cada persona tiene su ritmo, su particular proceso de evolución, y la educación debe adaptarse a él. La excelencia, guste o no, obliga a introducir los repudiados itinerarios escolares diferenciados y levanta la alfombra del igualitarismo ingenuo que oculta la desigualdad en el núcleo del mismo proceso educativo. Una tendencia corregible: hay experiencias admirables de centros que afrontan esas desigualdades, modificando al límite los criterios organizativos de espacio y tiempo de la escuela, tratando de adaptar los ritmos educativos generales a cada alumno.

Y el tercer y más conflictivo problema: el concepto mismo de excelencia implica la calificación de los mejores alumnos, profesores y centros; su necesaria clasificación y recompensa. Excelencia es el extremo opuesto de la mediocridad. Excelencia equivale a calidad demostrada públicamente a través de una evaluación rigurosa y de su clasificación por resultados. Naturalmente, evaluación y clasificación que, para ser objetiva, debe de ser independiente, externa y pública. Y la legítima autonomía de los centros debe equilibrarse con este proceso de evaluación exterior. En Europa el concepto de excelencia ha chocado con las inercias corporativas y conservadoras de algunos centros y profesionales de la educación. No hay duda de que la idea de excelencia introduce una alta dosis de competitividad y comparación entre el mismo alumnado, los profesores y los centros. Una clasificación que debiera ser corregida con una especial dedicación a los centros de resultados bajos y a las zonas con mayores necesidades educativas.

EL CONCEPTO de excelencia precisa de una cuidadosa reflexión porque, como hemos visto, cuestiona con fuerza algunas rutinas e ideales de la escuela pública actual, de su organización y criterios de calidad. El conseller Maragall sabe que la excelencia es el eje de un sistema educativo necesariamente competitivo que incentiva a los mejores estudiantes y centros, los buenos resultados y el esfuerzo y la constancia en aprender y convivir. Unas ideas que suelen evitarse atribuyéndolas a la derecha conservadora o a la maldad del mercado.

¿Cómo aplicar ese complejo concepto a la actual escuela pública? ¿Puede haber una excelencia para todos? ¿Por dónde comenzar? Una sugerencia sencilla: empezar la excelencia por abajo. Guarderías públicas gratuitas, una educación infantil de excelencia, hecha de tiempo y afecto, en la que se incluya educación obligatoria y práctica para los padres que la precisen, que no somos pocos Es en el ámbito de la educación de la infancia donde pueden, al menos, prevenirse, en origen, las fuertes desigualdades sociales. Unas desigualdades ligadas primero al ambiente familiar, y después a la dinámica económica de la sociedad capitalista y de su creciente codicia financiera que llevan al malestar psicológico, a la precariedad y el mileurismo. Recursos económicos los hay. Los datos de beneficios de las mayores empresas, del nivel de ingresos y de pobreza de la población, hablan por sí mismo. Acumulación de dinero no falta. Y señala la desigual distribución de recursos económicos y dónde está el auténtico caladero de mayores recursos públicos.

¿PERO QUIÉN le pone el cascabel a ese gatazo? ¿ Quién es el excelente Robin Hood que recortará esos beneficios y los distribuirá a los "más necesitados", eufemismo de pobres? ¿Se atreverá a incomodar a los llamados poderes fácticos el Govern progresista y de izquierdas? Lejos de la retórica esencialista la única diferencia cualitativa entre la derecha y la izquierda estriba en que ésta defiende una redistribución justa, eficaz y transparente del dinero público. Y para una educación de la excelencia, sin clasismo ni desigualdad, es necesario mucho dinero y muy buenos profesionales. Si la excelencia es su prioridad le espera mucho y muy duro trabajo. Buena suerte, don Ernest.

Fabricio Caivano. Periodista.