Speaker's corner

Desleal, progre, arrogante e histérico no parecen acusaciones políticas muy serias. Es lo primero que pensé cuando todos los periódicos empezaron a airear las supuestas desavenencias entre los dos barones del PP en Madrid, el alcalde Alberto Ruiz-Gallardón y la presidenta de la Comunidad Esperanza Aguirre, a raíz de la publicación de las memorias de ella, escritas por Virginia Drake. Es evidente que la editorial La Esfera se ha marcado un tanto importante, porque la repercusión mediática del libro ha sido espectacular a raíz del aireado conflicto entre los dos políticos. Tanto, que resulta francamente sospechosa.

Me ha recordado la teoría de Borges sobre el enfrentamiento entre Góngora y Quevedo, un tema muy recurrente en la España franquista. Decía que fue una representación que los dos hicieron de común acuerdo porque les interesaba a ambos. Fue la perfecta operación de marketing de dos poetas con poéticas muy diferentes, que se prestaban al juego del antagonismo.

Cuando escuché decir al presidente del PP Mariano Rajoy que el libro es «una injusta ayuda editorial de la providencia» para el presidente del Gobierno Zapatero, tuve la impresión de que estaba mintiendo, sobre todo cuando luego insistió en que «no es justo» que un libro de estas características «le eche una mano a Zapatero», en un momento en que ambos partidos, según la última encuesta del CIS, están a sólo un punto y medio de distancia.

Lejos de ayudar al PSOE, el gran montaje de las memorias de la Aguirre ha servido para vender, con la inexplicable complicidad de todos los periódicos, a estos «dos ases en la manga» que Rajoy tiene en Madrid. Por alguna razón todos los medios han decidido apoyar a estos dos políticos de probada ambición, quién sabe si para eclipsar al candidato del PSOE, Miguel Sebastián.

Se dice y se repite que tanto Alberto como Esperanza quieren ser presidentes del Gobierno. Por eso nunca me creí la rivalidad entre ellos. Está pactada. Es el juego que se traen para mantenerse en primera línea, como Góngora y Quevedo. Las acusaciones de Aguirre a Gallardón suenan ridículas. La frialdad entre ambos es falsa. El rollo de las disculpas es decimonónico. Y sacar unas memorias antes de tiempo es una vanidad que delata al personaje. Esta mujer es capaz de todo, incluso de adornarse con los oropeles de la Movida madrileña. Y Alberto es su aliado. Con la farsa de la rivalidad cabalgan juntos hacia el poder y lo raro es que cuentan con poderosos apoyos.

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