He estado en Toulouse dos semanas, dando un curso en su universidad de Le Mirail sobre el siglo XVIII español. Toulouse es una de esas ciudades europeas que parecen haber sido mestizadas por la cultura española a lo largo de los siglos. Vinculada al camino de Santiago desde tiempos medievales (con construcciones de arquitectura religiosa tan formidables como la basílica de Saint Sernin, verdadero prodigio románico de belleza y solidez de formas, realmente conmovedoras), la ciudad compartió capitalidad del reino visigodo con la española Toledo, y ya, más tarde, en la edad moderna acogió a aristócratas de nuestra indecisa Ilustración, como el conde de Peñaflorida, alma y pulso de la primera sociedad económica de Amigos del País Vasco, allá por 1764. Asimismo, la hermosa ciudad francesa, fue lugar de asilo, como lo fueron Burdeos, Bayona, Pau, Orthez o Perpignan, de las distintas generaciones de afrancesados y liberales, que tuvieron que salir de España por sus ideas republicanas o constitucionales -según los tiempos-, evitando la cárcel, el garrote o la horca, o más benignamente, el repudio público o el destierro oficial.

Ya en el siglo XX, después de la guerra civil española, Toulouse sirvió de inseguro alojamiento a más de veinte mil republicanos derrotados por las armas, en 1939. Digo inseguro, porque después de soportar unas durísimas condiciones en los primeros campos de refugiados (más bien, campos de concentración, diría quien conozca la dramática historia), los republicanos españoles se encontraron de bruces con las divisiones alemanas que habían invadido Francia, y la eficacísima Gestapo, a la que nada hacía más feliz que reenviar a España remesas de rojos para ser juzgados por su aliado Franco. Personas como Azaña se libraron por los pelos, pero otros como Companys no tuvieron tanta suerte.

Aquellos españoles lucharon, con la única fuerza que les daba su ideología antifascista, contra el invasor nazi, y aportaron su enorme experiencia bélica en el maquis de la región, contribuyendo decisivamente a la derrota de los bárbaros. En el Ariege y otras comarcas cercanas a Toulouse, se levantan monumentos a la memoria de aquellos combatientes españoles (muchos dejaron allí su vida, otros acabaron en los campos de exterminio alemanes, los menos pudieron, incluso, llegar hasta París, entrando con los tanques de Leclerq en la plaza del ayuntamiento de la capital). De ellos hay todavía supervivientes -el caso del comandante de guerrilleros Rafael Gandía- y entre ellos, a partir de los años cuarenta y cinco, liberada ya la totalidad del territorio galo, enhebraron una red de actividades culturales, sociales y humanitarias, que dejaron una huella profunda en la bella ciudad cruzada por el Garona.

MI QUERIDO Yván me llevó una tarde a la Casa de España, a ver a los viejos españoles del exilio (de los dos exilios: el político de los años cuarenta y el económico de los años cincuenta y sesenta). Nos invitaron a unos vinos de cariñena y hablaron de su vida partida por la vida. Cada año son menos, y las nuevas generaciones surgidas de su lucha se han integrado ya totalmente en la cultura francesa. Pero allí estaban, derechos como fusos, dignos e insobornables.

Y para rematar, una de las ilusiones de mi vida al fin cumplida: un viaje en coche por los míticos puertos del Tour (el Aspin, el Peyresourde, el Tourmalet, La Mongie). En fin, volveré a esa ciudad, volveré a Toulouse.

Álvaro Ruiz de la Peña. Profesor de Literatura.