Estados Unidos concentra a 22 de las 25 ciudades más desarrolladas del mundo. Sólo Londres (en el puesto número 14), París (en el 18), y Dublín (en el 23) se han logrado colar en la parte alta de la clasificación de las ochenta ciudades más importantes del mundo que elabora la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE).

Un lista en la que se encuentran fuertes desigualdades: la renta per capita media de un ciudadano de San Francisco, Washington o Boston (más de 60.000 dólares al año) equivale a la de seis ciudadanos de Ankara, capital de Turquía.

A mitad de tabla se encuentran tres ciudades españolas: Madrid, con un PIB per capita de 29.000 dólares al año, ocupa el puesto número 50; Barcelona, con tres mil dólares menos del PIB por habitante se sitúa en 58; y, por último Valencia, con una renta de 22.000 dólares, está en el puesto 64, dos más que la capital alemana, Berlín.

La OCDE establece esta clasificación de acuerdo a dos factores: el PIB per capita y la competitividad de sus economías, promediada en términos de actividad, empleo y productividad del trabajo. Las grandes capitales españolas destacan en los dos primeros elementos, pero cojean claramente en la productividad.

De hecho, Madrid y Valencia son dos primeras ciudades del mundo que más empleo han creado desde 1995, con tasas medias anuales del 6%m, según la OCDE. Y Barcelona se sitúa en el puesto número 13, superando a ciudades tan importantes como Milán, París, Oslo, Fráncfort o Tokio. Del mismo modo, el crecimiento medio anual de su PIB en los últimos diez años (entre el 2% y el 4%) supera al de la media de la OCDE (2%). En cambio, en el ratio de productividad se desvían ampliamente de la media: Madrid, un 18,5%; Barcelona, un 24,5%; y Valencia, un 33,2%.

La OCDE señala que la “llave” de la competitividad está en un sector productivo de “alto valor añadido” y en un mercado laboral con altas tasas de productividad. Y en este sentido, existe una característica común entre las principales capitales del mundo frente a las españolas: la especialización de su actividad económica.

Por ejemplo, Estocolmo y Helsinki han desarrollado industrias de alto valor añadido en campos como las telecomunicaciones, los laboratorios farmacéuticos o la logística. Otro caso es el de Milán, dónde el 45% de las personas trabajan en sectores relacionados con la innovación y el desarrollo. O el de otros núcleos más pequeños como el área metropolitana de Randstad, en Holanda, que se ha convertido en un centro financieros de referencia.

La especialización es la clave para competir con lo que la OCDE llama “ciudades mundiales”. Es decir las referencias económicas y financieras, como Londres, París, Nueva York, Tokio o Munich. Un grupo selecto de capitales que acaparan los centros de decisión de las principales empresas del mundo.

Frente a éstas han surgido otras de menor tamaño pero punteras en determinados ámbitos. Por ejemplo, Boston es la principal ciudad tecnológica y educativa del mundo; Los Ángeles es el referente del cine y la industria audiovisual; y Fráncfort, es la capital europea de las finanzas.