La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

2 Diciembre 2006

La gresca, de Anton M. Espalder en La Vanguardia

En el mismo canal televisivo y en el mismo día en que se hablaba del pintor Gino Rubert (y uno se preguntaba dónde caramba se generó este linaje, pues no ignoran ustedes que el voluntarioso locutor se refería al hijo del filósofo Xavier Rubert de Ventós), servidor pudo oír claro y distinto al molt honorable president de la Generalitat de Catalunya, don José Montilla y Aguilera, dirigirse a los miembros de su gobierno diciendo: "Us engresco…" Confieso que me sorprendí, porque (abandonada toda pretensión gramatical) no supe, ni todavía sé, si el molt honorable dio un brinco o el diccionario sufrió un bajón. Engrescar es uno de esos vocablos de genuino sabor indígena, que uno aplicaría a Kim Basinger o a un encantador de serpientes, pero al ex alcalde Cornellà, ustedes perdonen, nunca se me hubiese ocurrido. Engrescar es un verbo de etimología afortunadamente clara, pues no hay duda de que deriva del sustantivo gresca. Pero si hasta ahí vamos bien, con la gresca empezaron los males, porque la gresca latina significó cosa propia de griegos,y ya se sabe que de antiguo los griegos tuvieron fama de alborotadores, disolutos y pendencieros. Dice Coromines que es probable que la palabra experimentara un cierto impulso como resultado de las desventuras de los almogávares en Bizancio. Pudiera ser, pero sospecho que de haber sido así aparecería en la crónica de Ramon Muntaner a troche y moche, y ahora mismo no recuerdo siquiera habérsela leído.

Su primera documentación en el Blanquerna de Ramon Llull nos acaba de poner en la buena pista. La vieja graecisca se había convertido entonces en graesca,y designaba un excitante juego de azar, al que se jugaba con dados. De los anatemas eclesiásticos se deduce que constituía la distracción predilecta de tahúres y gentes de la mala vida, y que en las tabernas y otros sitios de relajación esas partidas acababan con frecuencia de forma tumultuosa, causando escándalos y desórdenes en los locales y la vía pública. La gresca también supuso la perdición para algún escritor, como el gran Rutebeuf, contemporáneo de Llull, el primer poeta maldito de las letras francesas, quien atribuye su ruina a su afición por las apuestas con los dados de la griesche.Lo rima en los Poemas del infortunio,que anuncian los tonos ásperos y desengañados, sólo atemperados por una ironía nacida de la fatalidad, que tendrá un siglo y medio más tarde la lírica de François Villon, y que a sólo cincuenta años de distancia, hacia 1340, se podrán leer en nuestro Capellà de Bolquera.

Son dos los poemas que Rutebeuf dedica al juego de la gresca, según sea de invierno o de verano. Y si en la veraniega lamenta haberse dejado arrastrar por una pasión tan poderosa que en pleno julio los dientes le castañeteaban como en febrero, en la de invierno describe sus consecuencias muy gráficamente al decir que su pobreza es tal que siente froit au cul quant bise vente la bise-es el viento del norte, no precisa traducción). Rutebeuf afirma que el juego venía de Grecia, con lo que parece reunir en una sola las dos vías del vocablo: el juego y el alboroto propio de los helenos. Mejor así, porque de este modo se neutraliza la idea de Pla que de los griegos sólo hemos heredado el desorden político. A estas alturas de la partida, por más que el president nos engresqui,creo que ni a él mismo le parecería la opción más recomendable.

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