Imediatamente después de que en Begoña, al pie de la capilla de la Virgen, alumbrara la fuente mágica del capital a interés compuesto, y el compuesto levantara la Fábrica de Vidrios, aparecieron en la villa, como las setas aparecieron en este buen otoño, infinidad de otras industrias del hierro, la loza, la imprenta, la alimentación... Fundición La Begoñesa, de Julio Kessler y Cía.; La Fábrica de Fundición y Construcción de Maquinaria, de Anselmo Cifuentes, donde hoy la plaza del Sur, de cuyas gradas salió, tirado por 32 parejas de bueyes, el 27 de julio de 1882, el casco de hierro de un vapor construido bajo la dirección del ingeniero señor Stoldtz. Era el primer buque de hierro construido en España. «¡Go head! -exclamó don Calisto-, ¡Gijón da una prueba más de su vitalidad!».
Creciente la actividad. La llegada a las pequeñas dársenas locales del carbón transportado por el ferrocarril de Langreo supuso un gigantesco progreso, tanto para las minas de aquella zona como para la vida toda, industrial, comercial, social y económica, de Gijón, e impone la necesidad de ampliar las líneas de atraque y el calado mismo de los muelles... La limpieza de las dársenas, grave anuncio, ya había provocado la terrible epidemia de tifus de 1854, que diezmó la población de la villa.
Aquella necesidad imperiosamente sentida por todos los sectores de la villa fue la bandera de unión de todas las fuerzas vivas del Gijón creciente, que, para conseguir el propósito, crearon la Junta de Mejora y Ensanche del Puerto, presidida por el marqués de San Esteban y compuesta por José M.ª López, Sandalio Junquera, Tomás Velasco, Casimiro D. Gil, Vicente Menéndez Morán, Anselmo Cifuentes, Ladislao Zulaibar, Anacleto Alvargonzález, Lorenzo Valdés Hevia, Zoilo García Sala, Eustoquio García y Bernardo Escudero, actuando de secretario el ingeniero del ferrocarril José Elduayen, que pronto sería diputado conservador, luego ministro, después millonario y, al fin, noble con el «pomposo» título de marqués del Pazo de la Merced. Aquella Unión o Unidad Gijonesa, que quebró en mil pedazos cuando llegó la guerra de los puertos, renació a final del siglo XIX, bajo el mando del joven Luis Belaunde y Costa, capitán del Crédito Industrial Gijonés, y tuvo su último amanecer con la Unidad Gijonesa del finado José Manuel Palacio, cuyo primer aniversario celebramos hace unas fechas.
Por eso, cuando en agosto de 1858 llega a Gijón la corte -no la celestial, sino la española: reina, rey, infanta y príncipe de siete meses, que no sietemesino, con su servicio de ayas y amas; de ministros, obispos, confesores, caballerizos, cocineros, doncellas y generales-, no hay más voz, no hay más deseo, no hay más petición a la Señora, que la de «las obras de ampliación y mejora del puerto».
La reina, al fin, accede. Y de su «sí, quiero» se levantó el paredón de Liquerique, que ahí sigue, protegiendo dársenas y calles de los embates de la mar salada y bravía. Años de trabajo, cinco; millones de reales, cinco...; por cincuenta se multiplicó la actividad del puerto, las entradas y salidas, las cargas de carbones, las descargas de toda clase de mercancías..., y los derechos de Aduana; y por mil, la riqueza del comercio, industria y navegación de la villa. «Sí» de la reina, «Bendición de Dios». Fue la corona de aquellos difíciles tiempos.
En 1857, primera sidra champanada, la de don Tomás Zarracina; en 1860, primera fábrica de chocolate, La Primitiva Indiana, de Narciso Rodríguez Estrada... después, ¡tantas y tantas industrias! La Litografía artística de Moré; la Fábrica de Loza La Asturiana; Aglomerados del Carbón, de Pola y Guilhou; la gran serrería de Demetrio Fernández Castrillón; la de Tomás Zarracina; la gran fábrica de hierros, alambres y puntas de París, Fábricas de Moreda y Gijón, y mil más... Que el puerto es puerta de aquel emporio, imperio.
Y con las industrias se multiplican los obreros que las sirven, que pronto van a formar la más numerosa «cuerda» de voces de la coral urbana, que pronto comienza, cuando ya va un poco crecida, a demandar a sus «principales» y empleadores la mejora de su papel: limitación de las jornadas, que iban de sol a sol, o de la noche al día; habitaciones donde instalarse, que en la villa no hay suficiente caserío para albergar cómodamente y con baratura a la tan creciente población obrera; y, como remate, mejores salarios, que los ocho o diez reales diarios no sirven ni para atender lo más elemental de la subsistencia, la comida diaria...
Al contrario de lo que les piden los esforzados «bajos», los patrones, divos-tenores del coro, mantienen la jornada inacabable; y proporcionan, cuando la proporcionan, habitaciones húmedas, faltas de luz, reducidas, de no más de 33 metros cuadrados de promedio, formando grupos en las llamados ciudadelas, huertas o patios, con, a lo más, dos o tres retretes comunes para veinte o treinta cuchitriles...
Las viviendas de alquiler a que las familias obreras tienen acceso fuera de huertas y patios son peores que regulares. Pronto van formándose barriadas «obreras» a base de pésimas construcciones, Rueda, Carmen, Humedal, Retén, Almacenes, Padilla, Perseguida o Gracilazo. Por aquellas habitaciones ruines, los obreros que quieren vivir en el centro, o próximos a su lugar de trabajo, pagan una renta mensual que no baja de las 20 o 25 pesetas, cantidad astronómica hasta para dos familias, por lo que, en muchos casos, madres e hijos «pequeños» han de buscar trabajo. Y cuando la tropa llega, en aquellas míseras viviendas se aloja, ocupando el, muchas veces, único colchón de la familia...
Peor es la situación de las habitaciones obreras en los barrios periféricos que van creciendo sin higiene, orden ni concierto; en El Natahoyo, casas baratas, terreras, en alineaciones, que no calles, sin luz de gas, ni vigilancia, estrechas, fangosas, malolientes; Llano, de Abajo y del Medio, aglomeración de gentes humildísimas, que tienen que sumar dos o tres familias para poder pagar un alquiler ínfimo, calles sin pavimentar, fango por doquier, invadidos aquellos lugares de pozos negros, y aguas estancas; el Tejedor, todo industrial, las «semiviviendas», al principio «chozas» obreras, suelen tener una huerta en el patio posterior, y hasta un cubil para criar el cerdo. Las casas tienen retretes, cuando al fin llegan, en garitas situadas en las calles, que los vecinos usan en común... Los niños mueren de días, de meses, de pocos años...
Tardarán en llegar las construcciones que las fábricas ofrecen, primeramente, a los trabajadores especializados que traen de lejanas tierras. Casas francesas de la Fábrica de Vidrios, de Loza, etcétera.
Como «consuelo» a tanto mal, a tanto trabajo, a tanta «hambre» familiar, doce reales de salario al día los peones, y veinte, los maestros y privilegiados; 3.000 pesetas al año, ¡doce mil reales, fijos!... los obreros que son algo artistas y se ocupan del decorado del vidrio y de la loza... y el Hospital de Caridad, para el enfermo, cuando es apestado o está moribundo; el carro de caridad y la fosa común, para el muerto; la mendicidad y el asilo de las Hermanitas de los Pobres, para los pocos que llegan a la ancianidad, y la consulta oftalmológica gratuita que don Silverio Suárez Infiesta «da» a los pobres determinados días al mes...
Luego vendrán el Ateneo Obrero, el Círculo de Instrucción y Recreo, la Cocina Económica, el Círculo Católico... Manos que tienden los capitanes a los fogoneros, los «forzados» que, noche y día, paletean el carbón horno para mantener la presión de la caldera del «Gijón», mientras la burguesía pasea y juega en cubierta, y el capitalista maneja el timón y fija el rumbo en el puente de mando...
La fuerza está en la máquina; el gozo, en la cubierta; el poder, en el puente. Y la nave «Gijón» va...

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