EL RUNRÚN
Desde que todos somos pitonisos el mundo se está volviendo un lugar bastante insoportable. Sabemos cuántos langostinos vamos a comer en Navidad, cuántos lechazos engulliremos (en concreto, 600.000 en Castilla y León). Sabemos que los peruanos consumirán esta Navidad 1,2 millones de pavos, y que por aquí compraremos 3,5 millones de móviles. La estadística es nuestro actual oráculo de Delfos, y los datos que nos llegan de los informes, interpretados por nuestros potentes medios de comunicación, se reinterpretan en forma de frases breves, contundentes, a menudo amenazadoras: Hace dos meses: "Alrededor de trescientas personas sufrirán este otoño algún tipo de intoxicación debido a las setas". Oído en Canal Sur: "Llega el 2007 y, un año más, sesenta mujeres morirán a manos de sus parejas". Leído antes de la inauguración de la Conferencia de la ONU sobre Armas Pequeñas y Ligeras: "Unas 12.000 personas serán asesinadas durante las dos semanas que durará la conferencia"... Uno se dice: "Coño, pues hagan algo, ¡o suspendan la conferencia!".
Se podría usar el presente, pero se prefiere el futuro: el futuro de indicativo es un tiempo mucho más mediático. Afirmamos que nos intoxicaremos, enfermaremos, moriremos de tal o cual cosa. Incluso sabemos en qué momento y en qué lugar: aún recuerdo la frase con que la Semana Santa pasada el director general de Tráfico anunció: "Si se mantienen las series históricas de los últimos años, algo más de cien personas morirán en las carreteras españolas en la próxima Semana Santa". La mayoría de los titulares, siempre cortos de espacio y tiempo, cortaron la oración condicional y fueron al grano: "Algo más de cien personas morirán en la carretera esta Semana Santa". "Algo más de cien" es la población entera de Moraleja de Coca (Segovia) o de Gallifa (Barcelona). Si se supiera que Moraleja de Coca iba a ser arrasada, ¿no se evacuaría a todos los moralejanos? ¿No harían lo mismo los gallifanos si supieran que van a perecer? Sin embargo, mientras oíamos esta información, seguíamos haciendo las maletas. Ni nos quedamos en casa, ni se instauró el toque de queda. Y los muertos fueron justamente algo más de cien: ciento cinco. Macabra precisión la de nuestros días. No sé cuántos hay anunciados para este próximo puente. Yo por si acaso me quedaré en casa.
Pero aun así, no me libraré de la persecución del futuro de indicativo. Porque noticias como "uno de cada tres europeos enfermará de cáncer antes de cumplir los 75 años", o "Una de cada doce mujeres sufrirá un cáncer de mama", aparecen cada dos por tres. Al escucharlas, nunca puedo evitar sentirme como al comienzo de Diez negritos antes de que muriera el primer negrito: visualizo en racimos de doce a las mujeres que conozco y pienso que tal vez ella, o tal vez yo, seremos la próxima víctima, mientras suena en mi cabeza la siniestra canción de cuna, ¿recuerdan? "Diez negritos salieron a cenar, uno se ahogó y quedaron nueeevee...".
Como en Diez negritos,el guión de nuestra época está escrito de antemano: y a diferencia de las antiguas pitonisas, el futuro se nos pronostica con una precisión que, de tan escalofriante, contrasta dolorosamente con nuestra incapacidad a la hora de hacer frente a los problemas que nos envenenan.

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